¿Qué fue de esos muchachos idealistas?

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Parece como si, al convertirlos en ficción, Bolaño hubiese sentenciado a muerte a los grupos de poetas que privilegian la comunidad de los preceptos estéticos. Ahora ya ningún grupúsculo, por más ingenuo que parezca, defiende la existencia de una identidad arraigada en auténticos principios literarios, en una idea compartida de lo que es o debería ser la poesía. Incluso aquellos que hasta hace dos meses agitaban furibundos manifiestos y se declaraban irremediablemente marginales, hoy reconocen sin rubor su estrategia de marketing y se integran dócilmente a las filas de la premiocracia.

Lejos de todo romanticismo, los nuevos círculos de poetas se consolidan con el objetivo común de perpetuar su medianía: si un individuo se siente incapaz de escalar por sí solo el insignificante montículo del submundo literario, se alía a otros cinco y abre un blog de miscelánea sentimental. Si además tiene la pretensión de hacerse pasar por crítico, dispensa elogios o insultos midiendo el color de sus palabras con un fino termómetro de oportunismo.

De ahí que sólo generen polémica los libros que ganan premios –siendo la polémica directamente proporcional al monto– y que se suponga que una reunión más o menos accidental de poetas, como es un jurado, esconde en realidad a otro grupo, potencialmente enemigo, cuya única misión en la vida es maquinar en contra de los intereses de uno. ~

 

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