Amelia Castilla: Ocho entierros para retratar un país

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El nombre de Amelia Castilla está ligado a la sección de cultura de El País, también al suplemento Babelia y más tarde al dominical del mismo periódico. La editorial Demipage acaba de publicar un libro que reúne las ocho crónicas de los ocho entierros que la periodista cubrió a lo largo de su carrera. Carmen Polo, Camarón de La Isla, Lola Flores, Antonio Flores, Paco Rabal, Rocío Jurado, Antonio Vega y Enrique Morente son los personajes a cuyas despedidas acudió. Los entierros ofrecen estampas del país que era en cada momento y el libro tiene algo de novela de aventuras y de épica periodística. Hay una visión crítica del periodismo y de la manera en que trata la cultura.

Mis entierros de gente importante reúne las crónicas de ocho funerales que cubrió para El País, aunque ampliadas y reescritas. ¿Cuándo se dio cuenta de que tenía un libro ahí?

La idea venía de lejos, de mis años como redactora jefa de El País Semanal. Fue una amiga, Andrea Aguilar, una máquina de pensar temas, la que me animó a publicar esas crónicas que resumían mi paso por las secciones de Cultura y Babelia, pero en esos momentos ni siquiera me lo planteaba. Tras la pandemia con millones de muertos, comprendo cómo los ritos de despedida nos ayudan a sobrellevar el trance de la muerte. ¡Y qué mejor homenaje que unos entierros a lo grande! Desde el principio tuve claro que quería contar cómo se cocinan las noticias, desde que llegan a nuestras manos, con las prisas, los cambios de planes, las fuentes y los viajes, todo el preámbulo a su publicación, en la que pasan a manos de los lectores. Al recabar la información que había publicado (arranca en 1988 con Carmen Polo de Franco y se cierra en 2010 con la capilla ardiente de Enrique Morente) me doy cuenta de que tengo ocho entierros que representan ocho maneras de vivir. Lo que los separa, además de la época, es la gente que los despide.

No hubo selección porque no cubrió más entierros. De Carmen Polo a Enrique Morente, los entierros que aparecen aquí son de personas populares. ¿Cuál fue el que más le impresionó?

Seguramente el de Camarón porque marcó mi carrera. No he conocido a un divo más humilde. Lo había entrevistado y había alucinado en alguno de sus conciertos, con ese público que lo adoraba como un Dios: “Camarón, hijo, ya puedo morirme.” Pero el día de su entierro, entre aquella multitud dolida que gritaba su nombre, me doy cuenta de que el flamenco, además de una música, representa una forma de vida. Una vida que yo, que no sabía dónde poner un olé, podía narrar.

Por casualidades, en el libro hay muchos cantantes y muchos flamencos, también algunos ecos: Camarón y Morente; Lola Flores y Rocío Jurado; Antonio Flores y Antonio Vega. La muerte es lo que más consagra.

Si la muerte les alcanza cuando aún son jóvenes, como sucedió con Camarón, Antonio Vega o Antonio Flores, puede ayudar a construir el mito para las nuevas generaciones pero no fue definitivo. Lola Flores, Enrique Morente, Paco Rabal o Rocío Jurado forjaron una identidad, poseían un talento salvaje, revelado a fuerza de hambre. Ya estaban consagrados cuando murieron, se habían convertido en fenómeno de masas. Todos disfrutaron del éxito y lo vivieron intensamente. Si hubiera que ponerles un epitafio podría ser: Confieso que he vivido.

Parte del secreto del periodismo es que el tema nunca es solo el tema: el entierro de Lola Flores no es solo el entierro de Lola Flores, le sirve además como termómetro social, para tomar una foto del país en cada momento. ¿Es deliberado o se cuela sin más?

El periodismo, en parte, supone mirar y contar. A algunos los conocía bien porque los había entrevistado y seguido su carrera, lo que me aportó mayor conocimiento sobre el ambiente que los rodeaba en ese momento de la despedida, pero nunca quise emitir juicios de valor. Al verlo con la perspectiva del tiempo transcurrido y sumarle cómo vivíamos en las redacciones y los cambios que experimentaba el periodismo en esos años, me doy cuenta de que con ellos se apaga una época, quizás el siglo XX.

Es un libro también sobre periodismo, no solo porque reúne reportajes, sino porque hay una reflexión sobre el oficio, sobre el papel de la cultura en la prensa y sobre el género del obituario.

La necrológica es un género que requiere especialización y una buena agenda para preparar los textos con antelación. Técnicamente funcionan mucho mejor que cuando se recurre a la improvisación. Se trata de textos muy leídos pero ingratos para los periodistas que, en ocasiones, nos movemos con muchas prisas a la hora de redactarlos, especialmente ahora en tiempos de internet. La prensa anglosajona dispone de secciones específicas muy sobrias y documentadas. Nosotros tendemos más al sentimentalismo y al derroche mortuorio.

En ese sentido, se cuenta también la aparición del sensacionalismo, muy ligada a la llegada de las televisiones privadas…

Tras el monopolio de Televisión Española, las nuevas cadenas privadas empezaron a competir por lo escabroso, especialmente, en los programas dedicados al corazón. Se ve en el entierro de Antonio Flores y después con el de Rocío Jurado, convertido en un circo mediático que aún no ha concluido. El atractivo que generan las desgracias ajenas suma cuotas de pantalla desconocidas, lo vemos cada vez que se produce una tragedia, ya sea el asesinato de un niño o un entierro. Convertimos en espectáculos las despedidas íntimas, priorizando amoríos y escándalos económicos en busca de mayores audiencias. Las web de los medios con su seguimiento de las agonías minuto a minuto también contribuyen a que campeen los tópicos.

El libro tiene algo de novela de aventuras, con la épica del periodismo y la cocina de las noticias. También tiene algo de trágico: de retrato de un mundo que ya ha cambiado con la interrupción de internet y las redes sociales que han impuesto la inmediatez como casi el único criterio.

La inmediatez siempre ha formado parte de la profesión pero disponíamos de tiempo para investigar las noticias y acudir al lugar de los hechos. En poco más de dos décadas han desaparecido algunas bases del periodismo. Los medios de comunicación se encuentran inmersos en una revolución sin precedentes. La crisis económica, la caída de la publicidad, la práctica desaparición del papel e internet nos han encerrado frente a las pantallas, más pendientes de los like que generan las noticias que de hacernos una buena agenda. Las plantillas de los medios se encuentran bajo mínimos y los colaboradores, cada vez más habituales y más pobres, se llevan la peor parte. ¿Cuántos de los periodistas que se encuentran cubriendo la guerra en Ucrania han tenido que costearse el viaje y hasta sus propios chalecos? ¿A cuánto se paga una crónica?

¿El entierro de quién le habría gustado cubrir y no pudo?

El de Enrique Tierno Galván, que murió siendo alcalde de Madrid. Lo conocí cuando escribía sobre información municipal en el diario El País y viví alocadamente los años de “la movida”, pero su muerte me pilló en La Habana, disfrutando de mi luna de miel. Los madrileños le dieron un buen adiós a su alcalde.

La parte más amarga del libro no es la muerte de genios, sino esa sensación de que el periodismo ha empeorado y que la consideración de la cultura dentro de la prensa siempre ha sido un poco pobre.

A todos, bueno a casi todos, nos gustan los libros, el cine y la música, pero frente a las guerras o las pandemias, las noticias de cultura suelen dejarse para el final, como el broche que aporta glamour a los medios. Diría que hace falta un premio gordo, un escándalo o una muerte para que una noticia de cultura alcance la portada. Y cuando eso sucede ahí estamos los periodistas para embellecer las tumbas. ~

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