Tarea pendiente

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La construcción de un orden democrático —ahora lo sabemos— es una tarea en esencia interminable. No parecía serlo hace dos décadas. No luchábamos contra un Leviatán sino contra el "ogro filantrópico", ese extraño animal político creado por los mexicanos, tan parecido a sí mismo y tan distinto de todos los partidos de Estado inventados por los hombres en el pavoroso siglo XX.
No era, después de todo, un engendro totalitario similar al Partido Comunista en la URSS o en China, porque no ejercía el terror ideológico. Y a despecho de su carácter corporativista, tampoco era propiamente fascista, entre otras cosas por su distancia de la casta militar. Octavio Paz intentó escudriñar su naturaleza histórica y nos dejó páginas memorables al respecto. Quienes lo acompañábamos en esa trinchera de la libertad que fue la revista Vuelta optamos por un enfoque complementario: buscar vías inmediatas, asequibles, prácticas para terminar con el reinado del sistema político mexicano y proponer una vuelta —en el doble sentido del término: cambio y regreso— al ideal maderista. Se veía posible pero también remoto en aquellos años. Obreros, campesinos, sectores populares, diputados, senadores, ministros de la Corte, gobernadores, presidentes municipales, militares, obispos, intelectuales, profesionistas, empresarios, universitarios, periodistas, comunicadores, casi todos —en mayor o menor medida— seguían obediente y provechosamente supeditados a la presidencia imperial. Pero los descalabros económicos hacían ver la necesidad de poner diques inmediatos al poder casi omnímodo de los presidentes. La prédica liberal de Cosío Villegas en los años sesenta y setenta comenzaba a florecer en el desierto: el poder absoluto —repitió una y otra vez— corrompe absolutamente. El país reclamaba un cambio en el ejercicio de ese poder: limitarlo, redistribuirlo, verificarlo, vigilarlo, criticarlo. Ese cambio era la democracia. Llegará tal vez el día en que se escriba la historia de nuestra construcción democrática. Ahora sería prematura porque a despecho de los pasos tangibles que hemos dado aún falta un trecho largo, muy largo por recorrer. Aquella futura historia referirá seguramente la incidencia de múltiples factores y actores, internos y externos. Dará cuenta, por ejemplo, de la ceguera, la pasividad y la soberbia de la clase en el poder, atrincherada en un legado que no supo reformar, asida a sus privilegios y ciega a las transformaciones políticas que con toda claridad ocurrían en el mundo. Mostrará el efecto que los reflectores internacionales tuvieron sobre la tenebra mexicana, exhibiéndola como lo que era: una madeja de complicidades, una edición local de la cosa nostra, una transferencia de la esfera familiar a la vida pública. Ponderará la larga trayectoria democrática del pan y realzará la maduración histórica de una izquierda que se atrevió a renunciar a sus antiguos mitos y dogmas revolucionarios para buscar el poder por la vía de las urnas. Hablará, en fin, de la contribución de varias organizaciones cívicas y algunos individuos con coraje cívico. Contendrá eso y más, pero en este momento de la vida de México no necesitamos una historia de la democracia: necesitamos la democracia. Si la jornada del próximo 2 de julio adolece de cualquiera de los vicios que manchaban las elecciones típicas en los tiempos dorados del sistema, la democracia mexicana sufrirá un descalabro mayúsculo que nos alineará en esa zona gris de riesgo histórico en la que están ahora Perú, Venezuela y Ecuador. Parece difícil que ocurra. Las elecciones en este sexenio han sido notablemente limpias. El Instituto Federal Electoral se ha ganado, en pocos años, la confianza de los ciudadanos. Ha habido escasos conflictos postelectorales y los triunfos legítimos de la oposición en los ámbitos ejecutivos y legislativos se han respetado a lo largo y ancho del territorio. Pero aun suponiendo que las elecciones sean limpias, pacíficas, equitativas e irrefutables, las tareas democráticas pendientes son muchas y abrumadoras. La primera corresponde a los contendientes y partidos que resulten derrotados, aunque sea por un voto: el difícil arte de saber perder. Sin él, no habrá concordia posible. El pan y el pri han aprendido la elemental lección en niveles estatales, y se han percatado de que la democracia es un plebiscito cotidiano cuyos vaivenes son sinónimo de vitalidad pública. Ahora falta ver si esos partidos y el prd admiten en buena lid la derrota y asumen con generosidad la victoria del otro. El siguiente escollo será el interregno de julio a diciembre, esa tierra política de nadie que en los viejos tiempos del sis-tema representaba el riesgo de una compleja diarquía. Los caprichos del rey viejo llegaron a desquiciar de mil formas al monarca nuevo, que en un ritual previsible debía sacrificar a aquél en el momento mismo de la unción. Toda esa para-fernalia azteca debe quedar atrás. En el último semestre del sexenio, Zedillo, en el ámbito del Ejecutivo, debe cuidar al periodo completo de su sucesor, evitando los golpes bruscos de timón. Pero es sobre todo el Poder Legislativo, que entrará en funciones el 1 de septiembre, el que deberá marcar la pauta de responsabilidad. Aunque la actual legislatura ha distado mucho de aquellas somnolientas Cámaras en las que los diputados o senadores calentaban la banca en espera de un puesto en el ejecutivo, levantaban sus índices aprobatorios o, en el mejor de los casos, se probaban en los artilugios de la más gastada oratoria, lo cierto es que su desempeño, a los ojos de la opinión pública, ha dejado mucho que desear. En una democracia normal, los representantes viven la tensión cotidiana entre dos lealtades y compromisos no por fuerza compatibles: su partido y sus electores o, en algunos casos, su partido y su conciencia. Se trata de un equilibrio difícil e inestable, pero necesario. Por desgracia, a pesar de empeños meritorios (poco publicitados quizá, debido a una prensa perezosa o a una deficiente política de comunicación) los diputados y senadores mexicanos no han mostrado tener voz y voto propios. Tampoco han probado mayormente su inteligencia, iniciativa y creatividad. Los representantes han perdido horas, meses y años en querellas inútiles o frívolas, deliberando sobre sus diferencias ideológicas o saldando cuentas personales y dejando a un lado problemas urgentísimos —reformas laborales, cambios en el sector energético, temas de seguridad, cimientos al estado de derecho— que afectan la vida de cien millones de mexicanos. La reelección puede y debe ser la norma en la próxima legislatura, el premio al trabajo bien hecho, pero los legisladores tienen que ganarla ante la opinión pública, probar que no son meros apéndices del Ejecutivo o de su partido sino auténticos representantes de sus electores. Entre las tareas pendientes ninguna más urgente que la reforma del Poder Judicial. Al margen de algunos avances, la triste verdad es que ese poder no ha levantado cabeza desde hace casi siglo y medio, cuando los liberales de la Reforma lo ejercieron con la fuerza y la independencia que el porfirismo y la Revolución le arrebató. Curiosamente, en tiempos porfirianos los jueces de niveles menores a los de la Suprema Corte eran más eficaces, independientes y respetados que ahora. Con la Revolución —que en tantos sentidos fue un embate contra la herencia liberal— ocurrió un cambio cultural profundo: la justicia "emigró" de su ámbito propio al del Poder Ejecutivo, se adjetivó volviéndose "justicia social", concepto que para todos los efectos prácticos implicaba una disminución del carácter original y conmutativo de la justicia —castigo al ofensor, reparación al ofendido— en favor de su carácter distributivo. ¿Y quién era la instancia decisoria de esa distribución de los panes? El Estado revolucionario, es decir, el gobierno, es decir, el pri, es decir, el señor presidente. Esta distorsión antidemocrática de la justicia arraigó profundamente porque a su vez correspondía a una antigua mentalidad tanto prehispánica como virreinal, pero hay que señalar que aun en tiempos coloniales había instituciones, entre ellas la Audiencia o el Juicio de Residencia —para no hablar de poderes paralelos, como la Iglesia—, que imponían límites y contrapesos al poder, delegado y temporal, de los virreyes. En el México de hoy, la ciudadanía reclama antes que nada, antes que el pan mismo, el respeto a la vida y éste no puede esperar al éxito eventual de un programa económico, cualquiera que sea, que supuestamente disuada a los agresores de su práctica delictiva y los encarrile por la senda del trabajo honrado. Con el creciente imperio de las drogas y el terrible ejemplo de Colombia ante nuestros ojos, necesitamos dignificar y fortalecer a nuestro Poder Judicial. Otras sociedades lo han logrado. En Italia, el Poder Ejecutivo ha sido con frecuencia inestable, corrupto e ineficaz, pero la sociedad y la economía avanzan gracias a la solidez de un sistema judicial que cuenta con el apoyo y el crédito de la población. Cuando en México tengamos un juez convertido en un héroe público —como Garzón en España— entonces comenzaremos a saber lo que es tener —volver a tener— un Poder Judicial digno de ese nombre. La libertad de expresión que ahora se ejerce en los diarios y revistas, en la radio y aun la televisión, es absolutamente incomparable con la muy tenue y medrosa que se practicaba hace apenas una década. El Poder Ejecutivo ha dejado de ser, en buena medida, el cliente al que todos buscan e invocan, y por cuyo favor son capaces de matar o morir. El nuevo cliente, la nueva fuente de autoridad y legitimidad no está arriba, en la cúspide de la pirámide, sino abajo, en la plaza: es el público ciudadano, radioescucha, televidente, lector y elector. No obstante, estamos lejos aún de contar con medios de comunicación verdade-ramente modernos. Un sector de la prensa sigue siendo meramente comercial: un vehículo de sus dueños para atraer anuncios. No resistirá la prueba del tiempo. Otro grupo de periódicos y revistas tiene un carácter doctrinario y atiende a un público ideológicamente cautivo: no le dan la verdad sino su verdad, la "verdad" parcial y denunciatoria que quieren oír. Resistirá mejor la prueba del tiempo, pero ya acusa una limitación: el público, por más prejuiciado que esté, o por más golpeado que se sienta, prefiere la verdad al maquillaje, así sea el más piadoso. Otra zona del periodismo es más moderna y profesional, pero le falta imaginación en la búsqueda de la noticia, horizonte intelectual y calidad literaria. Por lo demás, México enfrenta un problema crónico: hay muchos periódicos pero pocos lectores. La radio ha hecho bien su papel. Por muchos años pareció el patito feo de los medios, un aparato relegado por el auge de la revolución audiovisual. Pero su portabilidad, flexibilidad y precio lo mantuvieron a flote. En términos políticos, la radio vio su nicho y lo ocupó: fue y sigue siendo un ágora del ama de casa, el taxista, el tendero o la empleada. Su densidad noticiosa y crítica ha sido mayor que la de la televisión, lo mismo que su apoyo a las deliberaciones libres y a los debates interactivos con el público. Cuando la televisión despertó a la necesidad de una programación democrática era tarde: había perdido décadas sirviendo al celoso patrón de Los Pinos pero no al público. La cobertura internacional era francamente buena, lo mismo que la factura profesional de los programas, pero en lo relativo a la vida política nacional se toleraba la censura, se incurría en la autocensura y, a veces, en la simple y llana mentira. Aquel proteccionismo informativo convivía difícilmente con la apertura general de los medios en el mundo. Tenía que topar con sus límites. Hoy la televisión lucha con programaciones variadas por conquistar esa frágil y preciada esencia: la credibilidad. Y debe hacerlo pronto, porque una revolución libertaria sin precedentes está en marcha: la conversación de todos con todos por Internet. La tarea, en suma, es larga todavía, pero ha habido avances políticos notables. Las instituciones, la legislación y las prácticas electorales logran una creciente respetabilidad. Hay progresos reales también en la distribución espacial y funcional del poder. El Poder Ejecutivo está más acotado y vigilado que antes. Las libertades cívicas se han mantenido y aun enriquecido. Sólo en tiempo de los liberales de la Reforma o de Madero habíamos gozado de un clima similar de libertad de expresión. Un extranjero perspicaz que haya visitado México en los años setenta no reconocería al país actual. Es algo que los mexicanos, tan propensos al lamento apocalíptico, olvidamos a menudo. La masa crítica crece en todos los ámbitos, aun en los más conservadores. Si bien nuestra transición a los primeros estadios de la democracia no ha sido de terciopelo, tampoco ha sido especialmente cruenta. Pero hay un cambio más arduo: el de la cultura política, esa matriz de ideas y creencias, a menudo inconscientes, que permean y norman nuestra vida cotidiana de manera más profunda que las leyes, las prácticas o las instituciones. Y allí falta mucho por hacer. ¿Cómo se enseña el hábito ético de escuchar? Sin ese tiempo de atención que damos al interlocutor para fundamentar sus ideas no podemos confrontar nuestra verdad con la suya y nos condenamos al solipsismo. ¿Cómo prohijar el valor de la tolerancia? Sin ella propendemos a descalificar, anatematizar y hasta suprimir al adversario, en lugar de ver nuestra diferencia con él como un enriquecimiento de lo diverso y lo plural. ¿Cómo introducir un mínimo de civilidad en nuestra vida diaria? Sin ella tomarán carta de naturalización los múltiples mecanismos de coacción y violencia que amparados en las libertades cívicas se ejercen ahora mismo en las calles, las plazas, las instituciones de nuestro país. ¿Cómo inducir en los lectores, sobre todo en los jóvenes, el sentido crítico elemental que les permita detectar a tiempo las distorsiones ideológicas? Sin ese sentido de la realidad los atraerá como un imán el fanatismo. ¿Cómo purificar, en fin, esa noble palabra, democracia, para que signifique lo que ha sido desde los griegos y no se adultere con fines bastardos por demagogos o guerrilleros? Nada de esto es fácil, menos aún cuando comienzan a cundir entre nosotros conceptos "alternativos" de democracia que en el fondo no son más que una tardía reedición de la "voluntad general" rousseauneana: somos una minoría numérica pero representamos a la verdadera mayoría (aunque la mayoría se exprese en contra nuestra). "Tenemos un tiempo limitado —pensé en 1983—, el de nuestras vidas." Parecía infinito entonces. No lo era, por supuesto. ¿Cuánto tiempo pasará en verdad para que los mexicanos podamos estar seguros de haber consolidado un orden democrático? Las violencias cotidianas, el desgarramiento del tejido social, la desmoralización, la condición inadmisible de las mayorías empobrecidas nos abruman a veces y nos precipitan en la desesperanza. Pero si la Historia enseña algo es el poder de recuperación de los pueblos. México debe recobrar la concordia, no una paz monocorde ni una quimérica coalición entre las fuerzas políticas sino ese contrato tácito de respeto que alguna vez nos vinculó y que se perdió entre escándalos de corrupción, estallidos guerrilleros y asesinatos políticos. Y algo más: un acto colectivo de prudencia, un acuerdo mínimo, definitivo y realista sobre nuestro lugar y papel en el mundo. No habrá golpes de la fortuna, mutaciones globales ni hombres providenciales que puedan devolvernos aquella mutua consideración y esta claridad de propósito —aunque un liderazgo firme, claro y responsable ayudaría. El camino es largo y, sí, se hace al andar. Pero una cosa es segura: la democracia es el único modo de recorrerlo. –

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