Tekelili

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(El 7 de octubre de 1849, en el Washington Hospital de Baltimore, Maryland,
EE.UU., Edgar Allan Poe recita un monólogo terminal)
Mi capote, mi bastón, mis guantes, mi sombrero… ¿Cómo llegué aquí? La segunda copa siempre me fue fatal, y me la invitaron, y luego otra y… Alma mía profética: ahora que cabalgamos en el hipogrifo violento, corriendo parejas con el viento, razonemos, es decir deliremos. Escucha el ululato de las grandes aves espectrales sobre el infinito mar blanco: ¡Tekelili! Esas cuatro sílabas son mi último y definitivo poema… Cuando nos servimos de las palabras para descubrir lo que pensamos —decía San Agustín—, sólo expresamos una cosa a la vez; pero si yo pudiera expresarme de otro modo, pondría en una sola palabra todos mis pensamientos. Y yo encontré la palabra: Tekelili, y váyanse al infierno los médicos y los enfermeros, esos filisteos de batas blancas, que me reprochan la borrachera de mi vida. Sepan, perros filantrópicos, que la poesía es una calculada embriaguez, y yo soy arquitecto de soberbias torres de Babel. Soy Poe the Poet, aun si no sé a dónde carajo se fue la T que merece mi apellido… No fastidien registrándome como vagabundo borrachín. A final de cuentas, la poesía es una profesión. Qué digo una profesión, es un honrado comercio. Honorablemente viví de vender y revender, pedazo a pedazo, palabra a palabra, mi intangible dominio de Arnheim y mi etérea Isla del Hada y mis castillos en España; viví de cantar mi Cuervo y mis Campanas y mi Annabel Lee y mi Ulalume y mi ElDorado. Una y otra vez, a cambio de copas, los recité en bares, cantinas, saloons, mientras, agarrado al mostrador, luchaba heroicamente para no naufragar en las niqueladas y hondas escupideras junto a la barra, usando del poder de concebirme otro u otros, que es la mayor de las licencias poéticas si las hay. Pero ante todo, soy un caballero, y Oinos es mi cabalgadura… ¡Over the Mountains of the Moon, down the Valley of the Shadow, ride, boldly ride, if you seek for ElDorado!… Cabalguemos, Oinos, mi alado corcel. Cuánto cabalgar, cuánto heroísmo el mío, soy el primer escritor americano que se arriesgó a ser un héroe y un mito, dejé la vida en ello, y todo para que finalmente un dizque filósofo se atreva a apodarme the jingleman, el hombre del tintineo. ¡Me dicen que lo dice ese Emerson, son of a bitch, que versifica como un asno, y que daría su alma por tintinear como yo, o siquiera por morir cascabeleando, como mi emparedado Fortunato!… ¿Cómo he llegado aquí? Finalmente caí en sus manos, en las manos de los representantes de la canalla, que para engordar la gran farsa democrática me emborracharon más allá de mis posibilidades, y tal vez hasta me dieron opio y me arrastraron por todas las casillas electorales del siniestro Baltimore, haciéndome votar una y otra vez con mi nombre y mis otros nombres: Roderick Usher y Montresor y Fortunato y el caballero Dupin y mister Valdemar y Arthur Gordon Pym y William Wilson, mi semejante, mi hermano, mi enemigo. Etc, etc. Pues he sido todos ellos y aún más: he sido el hombre de la multitud interior: lo contrario de lo que será Whitman, el hombre de las muchedumbres exteriores, puf, el hombre que avanza repartiendo besos a toda la ciudadanía, ¡el rapsoda de la democracia!… ¡Ay, las ratas y los falsos enfermos se llevan mi sombrero, mis guantes, mi bastón, mi capote!… Pero ¡tekelili, tekelili!, y abran el ventanal que da al Polo. Soy Poe the Poet, gentleman del Sur, y me orino desde una altura considerable en todos mis conciudadanos correctos… ¿Lo oyen? Oigan el ¡Tekelili!, mi réquiem triunfal, oigan cómo cantan esos grandes pájaros blancos, volando en lo blanco, sobrevolando los blancos icebergs hacia la solar blancura polar… Pero el cegador sol blanco es un espectral dólar de plata cuyo reverso es el negro sol de la Melancolía y cuya realidad es el escupitajo. Y mi pobre alma dolorida, insalvable, tristemente olorosa desde mis axilas fermentadas en alcohol, desea y teme perderse en esa blancura tan deseada, tan temida, la blancura que me robará Melville para su ballena, su grande y necia masa marina, la bestia Moby Dick. Fíjense: en Moby hay mob: turba, populacho, canalla, chusma, el egregor estúpidamente maléfico, la bestial gran masa tonta que embiste frontalmente: ese Leviatán será tu Dios, Melville, plagiario de mi Gordon Pym, pero no te envanezcas: ¡todos me plagian!, y luego me tiran al arroyo de cualquier callejuela… ¿Y también el blanco sol del Polo será un dólar de plata resuelto en un escupitajo?… ¡Ay mi sombrero, mis guantes, mi bastón, mi capote de West Point! Cuídenlos, se los ruego, que todavía me faltan siete minutos y treinta y cinco segundos para estirar la pata… ¿O acaso en el premortem yo, hijo de actorzuelos recitadores de un destartalado Shakespeare y de melodramas qui font pleurer Margot, estaré representando el número espectacular, circense y poético del delirium tremens y de la entrega de la pelleja?… ¡Dejadme con mi tekelili!… Tekelili, o el tequilili o el tequila, el nepente de los hombres morenos a los que, con todo el derecho que nos da nuestro vulgar pero acaso inevitable e imprescindible Destino Manifiesto, les hemos quitado medio país (y tengan ustedes en cuenta que Lincoln y yo nacimos en el mismo año; así de promiscuamente democrática es esta dizque puritana América)… Pero desengáñense, nada de mis bienes será para ustedes, cancerberos uniformados de blanco, todo lo dejaré a los vagabundos que un día creen haber hallado el dólar del azar brillando fascinante en la sucia acera, ese dólar traidor que de pronto, cuando usted se inclina a tomarlo, se vuelve un escupitajo deshaciéndose entre sus dedos. No, ni un solo dólar en el bolsillo, ni un centavo que dejar en herencia a ¿quién?… A los pobres les legaré mi polvoriento sombrero de tubo y de dandy norteamericano número uno, de héroe de las letras que Norteamérica no merece, pues ya se merece al tal Whitman, the crowd's lover, el reverso de Poe the Poet, the crow's lover… Y a los vagabundos y los borrachines les dejaré mis guantes gastados de caballero sureño nacido en Boston por equivocación del destino, mis parchados, amarillentos guantes que en el insomnio cobraban prestigio de manos muertas soñadoras de un piano igualmente difunto. Les dejaré mi bastón que es mi cetro de príncipe de Aquitania de la heredad abolida, ah, y mi corbata mustia con la que he vivido como ahorcado viviente y con la que me han tomado esa foto final, ese retrato en que estoy con la mirada perdida, vacía, hundiéndose en un infinito que es sólo un gris y arrugado telón de teatro de peor es nada… Sí, mal photofinish mi foto última, mal mutis de pobre actor de la legua, de la lengua… ¡Ay, Edgar Allan Poe, eres un irremediable tragicomediante! Ya lo escribí por ahí: El mundo entero es el escenario que requiere el histrión de la literatura. Soy hijo de faranduleros, del animal de dos espaldas formado por un alcohólico y una tísica, que, tocados con coronas de papel estaño, vestidos de terciopelo de pelo de gato, tambaleantes en los tablados rechinantes, fueron reyes de pacotilla, más grandiosos cuanto más irrisorios, a final de cuentas… Yo mismo soy el mejor actor de mi neurastenia, y mi magna performance es el papel del Byron norteamericano, ¿o es el del Cagliostro norteamericano? Ah, le théâtre, le théâtre, toujours recommencé!… Odio a Daguerre, inventor de esa blasfemia: el daguerrotipo. Qué cabronada, qué patético photofinish, qué fusilamiento es la foto esa que me hicieron a mansalva, fusilándome con la luz de magnesio entre dos tandas de brebajes baratos, turbios, demoníacos, para convertirme en votante numeroso, ¡a mí, el mayor enemigo de la profusa, la estúpida, la ballenácea democracia! ¿Acaso se es Poe por triunfo electoral?… Y al francés genial que me está descubriendo, mi semejante, mi hermano, mi vaso comunicante allá en el inalcanzable París, Baudelaire le Bordelier (tan pobretón que debe contentarse con una amante puta, negra y coja, ¡desventurado!), le lego mi capote, que me ha acompañado ya quién sabe cuántos años desde que fui cadete… Yo fui joven y cadete aunque ustedes lo duden, fui dandy floreciente, y ahora soy dandy andrajoso, pero aún soy dandy, ¡carajo!, porque donde hubo sigue habiendo, y fui galán, fui el primer bello tenebroso de este país, fui solicitado por las bellas en los salones. Sobre todo por aquellas mujeres que, amorosas, gustosas, fueron muriéndoseme para que yo las pusiera en métrica y en rimas, porque, ¿saben ustedes?, todo el secreto para producir un poema de buen éxito está en tomar una bella muerta, doncellita si es posible, y, mejor aún: una niña (¡ay mi dulce Virginia Clemm de catorce invernizos abriles, la virgen tuberculosilla de Poe the Poet!), y embalsamarla en versos, en rimas, sublimarla como el asunto poético por excelencia. Sólo amé, si bien platónicamente, a aquellas en quienes la Muerte aliaba su aliento al de la belleza, y mi próximo tratado, que complementará y mejorará mi Filosofía de la composición, se titulará De la poesía como vampirismo (les aseguro que será un bestseller: ¡quinientos mil ejemplares por lo menos!). No podrán quejarse las bellas que murieron ansiosas de resucitar en mis versos: yo les cumplí poetizándolas a lo Poe, y si malos ratos les di, las glorifiqué poniéndolas en letras negras sobre páginas blancas. En fin, descansen en paz, cadáveres exquisitos, ángeles de marfileño camafeo, mis muertitas pálidas, y tú, Virginia, animula vagula blandula, acuérdate de interceder por mis pecados ante el presidente del Cielo… Todas las amadas muertas… Pero todavía debe haber en los vastos Estados Unidos, en alguna coqueta casita de madera con huertecillo delantero y valla florida, alguna rancia solterona, alguna no enteramente ajada viuda que cortejar, una compasiva bas bleu del mundo de los literati dispuesta a aportarme casa para toda la vida, y suministrarme, en las mañanas friolentas, la cálida leche de la ternura humana, y crujientes y dorados cornflakes… Debo vestirme, déjenme vestirme, debo ponerme guapo, tengo cita con Leonore y Annabel Lee y Ulalume y Moreia y Virginia y Frances y Elmira, viuda de Shelton… ¿Borrachín? ¿Borrachón? Le diré, doctor: como mi primera cruda fue fatal, he intentado estar borracho todo el tiempo, evitándome así esa penitencia, de modo que ahora estoy chupándome la gran cruda de todas mis borracheras, es decir: mamando las heces avinagradas de las tetas de Oinos, que es hermafrodita, y es el nombre propio del vino, por si no lo sabían, conciudadanos ignaros… ¡Ea!, ¡mi capote, mi sombrero, mis guantes, mi bastón! Es que ninguna otra cosa me queda en este mundo, ahora que la pluma de cuervo la perdí (licencia poética: en realidad la empeñé y vendí la boleta). Perdí esa negra pluma con la que escribía tras los ventanales de los periódicos a los que vendí mi cerebro, mi erudición, mi hambre y algunas buenas y doradas mentiras, mis cuentos, mis trucos, con los que traté de ponerle un poco de misterio a este inmisterioso y antiPoe y antipoético país de alambre de púas, de chimeneas, de daguerrotipos, de gobierno del populacho por el populacho y escupideras de latón… ¡Pronto, mayordomo: mis guantes, mi sombrero, mi bastón, mi capote!… ¡Tomaremos el iceberg de las 11.45 pm al magnético Polo en el que todos los tekelilis confluyen!… ¡Anda, Virginia, virgencilla de mi amor helado, anda, vámonos al Polo, o al diablo!…
     (¿Cómo? ¿El iceberg de las 11.45 pm viene atrasado? Tanto como mis dizque compatriotas me han cantado el progreso, y ya ven el pésimo servicio público de icebergs que tenemos.) –

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Es escritor, cinéfilo y periodista. Fue secretario de redacción de la revista Vuelta.


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