Vidas de Santa Anna

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Cuando me documentaba para escribir El seductor de la patria, encontré una noticia insólita sobre la fama internacional de Santa Anna: según el historiador Oakah L. Jones (Santa Anna, Twayne Publishers, 1968), antes de enseñar el cobre como dictador, Santa Anna deslumbró a los analistas políticos europeos, entre ellos al propio Karl Marx, quien declaró en un artículo periodístico: "Nunca los españoles produjeron un genio como Santa Anna". Como Jones mencionaba de pasada la insólita frase, sin explicar las circunstancias que la motivaron, supuse que el joven Marx había elogiado a Santa Anna por su victoria sobre los españoles en la barra de Tampico. Tomando en cuenta la hispanofobia de Marx y la buena fama del historiador que proporcionaba el dato, creí que su autenticidad estaba fuera de duda y decidí utilizar esa perla de humor negro como epígrafe de mi novela.
     Por fortuna, antes de entregar el texto a la editorial, quise cerciorarme de que Marx había suscrito el atinado elogio y consulté la obra de donde Jones lo sacó: la monumental biografía política de Ralph Roeder Juarez and his México (Viking Press, Nueva York, 1947). En un apéndice del segundo volumen, Roeder reproduce los artículos sobre la guerra entre México y los Estados Unidos que Marx escribió para el New York Tribune. Al leer el artículo donde se refiere a Santa Anna, descubrí que Jones interpretó literalmente una frase irónica. Para Marx, la guerra del 47 era un conflicto entre dos naciones desigualmente marcadas por su herencia histórica y racial. Mientras que los yanquis habían llevado a su expresión más alta los sentimientos de independencia y valor de los anglosajones, los mexicanos se comportaban como españoles degenerados:

Todos los vicios de los españoles: grandilocuencia, fanfarronería, quijotismo, aparecen llevados en ellos a la n potencia, sin la solidez del carácter español. La guerra de guerrillas en México es una parodia de la española, y hasta las tropas regulares que abandonan el campo de batalla parecen infinitamente sobrepasadas. Uno debe reconocer, por otra parte, que los españoles nunca produjeron un genio como Santa Anna.
Al parecer, Marx tenía ideas bastante absurdas sobre la composición racial del pueblo mexicano, pues confundía el temperamento criollo con la mexicanidad, pero el artículo revela que no andaba nada errado en su opinión sobre los cuadros superiores del ejército, ni desconocía la torpeza militar de Santa Anna, cuyas absurdas estrategias para defender el país deben haberle causado un cruel regocijo. El error interpretativo de Jones es un ejemplo de los múltiples ornamentos ficticios deslizados en la biografía de Santa Anna, un camaleón de la política que en vida trató de confundir a los historiadores y lo sigue haciendo después de muerto. La personalidad de Santa Anna es tan novelesca que José Emilio Pacheco lo ha considerado un precursor del realismo mágico. Sin embargo, en toda la historia de nuestras letras sólo hay una novela donde el héroe de Tampico desempeña el papel protagónico: Su Alteza Serenísima de Ireneo Paz, publicada hace más de cien años. El caudillo jalapeño ha sido una tentación para muchos novelistas mexicanos del siglo xx, pero nadie había intentado reinventarlo como personaje de ficción, tal vez porque los propios historiadores se han encargado de hacerlo.
     La vida novelada de Santa Anna se empezó a gestar en las inflamadas crónicas de Carlos María de Bustamante, el más prolífico historiador del México independiente, que consideraba a Santa Anna "un monstruo destacado por el infierno" y en momentos de patriótica indignación escribía monólogos donde el tirano ponía en evidencia su podredumbre moral (misteriosamente, los colerones de Bustamante cesaban cuando pescaba un hueso en el gobierno). Los historiadores modernos han comprendido mejor la amoralidad de Santa Anna, pero siguen utilizando recursos del teatro guiñol cuando los documentos no les permiten esclarecer sus móviles. Hasta William Hardy Callcott, un biógrafo más escrupuloso y mejor documentado que Jones, sucumbió a la tentación de dramatizar las tribulaciones de Santa Anna en un monólogo cómico donde el Serenísimo, tras haber ofrecido apoyo a Maximiliano desde el exilio, se pregunta qué le conviene más: ser nombrado duque de Tampico o duque de Veracruz.
     Pero, sin duda, quien más licencias se tomó al narrar la vida de Santa Anna fue Rafael F. Muñoz en su deliciosa biografía El dictador resplandeciente (f.c.e., Lecturas Mexicanas, 1987). Muñoz no sólo lee los pensamientos de Santa Anna, sino que lo coloca en situaciones ficticias, pero sus invenciones redondean el perfil psicológico del personaje como nunca lo hubieran hecho los datos históricos. Según Muñoz, cuando Santa Anna ya era un viejo chiflado sin la menor injerencia en la política nacional, su esposa Dolores Tosta contrataba vagabundos en las calles para que lo visitaran haciéndose pasar por embajadores. Ningún testimonio sobre la vejez de Santa Anna confirma esta leyenda, pero el episodio acentúa con tal brillantez el patetismo de sus últimos años que si no es verdadero, merecería serlo. Para traducir la vida de Santa Anna al lenguaje de la novela moderna es preciso tomarse libertades mayores que las de Rafael F. Muñoz. Pero hasta yo, que pensaba alejarme lo más posible del método historiográfico, me vi obligado a deslindar la ficción de la realidad en biografías, memorias y testimonios viciados de origen, para no plagiar a los novelistas embozados que me antecedieron. –


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