Ya ves

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Ojalá no hiciera falta, si es que la hace. Ojalá la sociedad considerara indiferente su condición, y ellos mismos también. Por desgracia no es así, y prueba de ello es cómo algunos políticos (el más reciente y notable, el conservador británico Portillo) se adelantan a "confesar" alguna remota experiencia homosexual antes de que otros se la puedan airear con mala intención o falseando o agrandando el hecho. Pese a las comillas utilizadas, me temo que en efecto se trata de eso, de confesar, verbo que en religión suele implicar el reconocimiento y el arrepentimiento de un pecado, y, en contextos laicos, los de un delito, una falta, una culpa, un desliz. El señor Portillo ha confesado para curarse en salud, pero exactamente de la misma manera que otros admiten haber tomado drogas en su juventud, o haber sido alcohólicos, o adúlteros; o cualquiera de las infinitas prácticas o inclinaciones que, no se sabe en realidad bien por qué, la sociedad ve como "lacras". Todos esos confiesan para "hacerse perdonar".
     Lo peor del asunto es, a mi modo de ver, que algunos homosexuales, ocasionales o no, asuman ese punto de vista, lo hagan suyo, se sientan en la obligación de dar explicaciones privadas o públicas sobre sus conductas y preferencias. Lo inadmisible, en verdad, es que nadie, hombre o mujer, homosexual o heterosexual, religioso o ateo, tenga que dar explicaciones sobre cualquier aspecto que no afecte directamente a sus responsabilidades laborales, sean éstas políticas, artísticas, bancarias, médicas, zapateras o fontaneriles. No es que ya la sexualidad del zapatero resulte indiferente a la hora de comprarle el calzado; es que lo es asimismo que el empleado de banca consuma drogas si sus aficiones no van en perjuicio de su tarea; o que al maestro le chiflen las revistas porno si no hace de ello proselitismo ni pretende ampliar su colección con fotos de sus alumnas; no digamos que el Presidente del Gobierno tenga seis amantes, o que el director de cine le dé a la botella (muchos lo han hecho, como el gran Sam Peckinpah) si no retrasa los rodajes por ello y le salen obras maestras, o que al fontanero lo pierdan las timbas en sus ratos libres, o que el arquitecto inhale pegamento por un tubo (nunca mejor dicho). Y además, al paso que vamos en cuanto a demonizaciones, pronto habrían de confesar ustedes que les gusta el café, o fumar, o las tragaperras, o las telenovelas, o el futbolín. O que están enganchados a la paella, santo Dios.
     Los homosexuales han sido perseguidos, insultados, escarnecidos, quemados, torturados durante siglos, y aún hay muchos países en que serlo es un delito. No es fácil para ellos, por tanto, imponer o hacer valer su propia naturalidad ante quienes todavía los ven: a) como antinaturales; b) como viciosos; c) como degenerados; d) como enfermos; e) como un peligro; f) como fenómenos de feria; g) como contagiosos. Es así comprensible que también exista el llamado "orgullo gay", y que, entre quienes se prestan a hablar de sus cuestiones íntimas, haya quienes no "confiesan", sino más bien "proclaman", como si a su afirmación añadieran: "Y a mucha honra". Sin duda son sujetos valerosos, pero con su actitud desafiante no dejan de asumir, igualmente, el carácter "anómalo" o "especial" que la sociedad les atribuye.
     Hace ya mucho que en los Estados Unidos se efectuaron campañas de outing o "exteriorización", para desenmascarar, por las buenas o por las malas, la homosexualidad de personajes famosos. Aparecían en las calles carteles con fotos de actrices, cantantes, políticos o escritores, junto a un rótulo que rezaba: Gay. Lo irrespetuoso y chusco de la iniciativa quedó patente en que el rótulo no era ese a veces, sino Bald ("Calvo"), para indicar que Burt Reynolds o Heston gastaban peluquín. Nadie debe ser señalado contra su voluntad. Hace poco vi en la televisión cómo un bailarín reconocía —el verbo es humillante, aunque él se condujo con dignidad— su homosexualidad. No quería hacer bandera de ello, dijo, ni convertirse en adalid de "causa" alguna. Creía tan sólo que su gesto podía ayudar a que otras personas, con entornos más agresivos e intolerantes que el suyo, pudieran dejar de ocultarse o de avergonzarse, no sentirse como apestados. Excelentes intenciones, justas, irreprochables. Lo malo está en el origen: en que ese bailarín se haya visto moralmente obligado a ir a una televisión, soportar a un entrevistador mucho menos digno que él y ver cómo alrededor de sus declaraciones se montaban debates, votaciones de los espectadores, un "caso". Lo deseable sería que nunca hubiera "caso" por la conducta privada de nadie, y que nadie tuviera que defender la propia para añadir: "Y a mucha honra". Sino, a lo sumo —y ya es mucho—: "Ya ves". –