Caminata al país del silencio

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Apathy is a tragedy and boredom is a crime.
Anything and everything all of the time.

“Welcome to the internet”, Bo Burnham

No pocas personas me han dicho que comparten mi cansancio provocado por las pantallas. ¿Cómo no sentirse abrumado por esos cristales fosforescentes que siempre tienen algo que escupir? / Inundaciones y desbordamientos por lluvias torrenciales / ¿Tienes menos de 35 años? Congela tus óvulos / 16 peores vecinos que podrías tener / Hace erupción volcán de La Palma / ¿Qué película de Disney eres? / Notificaciones a todas horas, rabia cifrada en 280 caracteres, publicidad continua. Desorden.

En esta insaciable competencia por nuestra atención parece imposible encontrar un momento de silencio. Todo alrededor es ruido. Ni siquiera nuestros hogares pueden recluirnos del bullicio externo. Basta con tomar el teléfono móvil para entrar en contacto con ese torrente de palabrería y colores. Tener de sobra tan diversas opciones de entretenimiento rápido, fácil y rebajado explica por qué nuestra época es particularmente adversa al aburrimiento e intolerante con la lentitud. Hay más distracciones que zonas valiosas sobre las cuales reposar los ojos.

Debido a esta sobreproducción de pasatiempos, me consta que muchas personas comparten un profundo hastío. Tanto estímulo y gratificación instantánea han pasado a tejer una monotonía pastosa, un ruido blanco. La antología Viajes al país del silencio (Gris Tormenta, 2021) es un vivo ejemplo de la réplica que se puede dar a esa insatisfacción. En su prólogo José Manuel Velasco afirma que el “libro surge como respuesta a una sensación, colectiva y difusa, que suele escapar al entendimiento, pero que se hace evidente en el cuerpo a través del agotamiento y la parálisis. Una sensación de límite, saturación y exceso”. A manera de diálogo convoca a una diversidad de voces para reflexionar sobre ese país de calma.

Es cierto que asociamos la palabra silencio a ciertas connotaciones negativas. Odiamos los silencios incómodos que inundan los elevadores o nos hacen tropezar en una charla. También, por ejemplo, en ciertos casos silencio pareciera ser un sinónimo de solapar. ¿No se sobreentiende esto en consignas como “no nos silenciarán” o frases como “romper el silencio”? ¿Por qué entonces puede ser deseable y concebirse, más bien, como un remanso? En su formidable ensayo “Más allá de la paz y la tranquilidad”, Sara Maitland hace una buena distinción entre acatar y decidir el mutismo: “el silencio elegido puede ser creativo y generar autoconocimiento, integración y profunda alegría; ser silenciado puede volver locas a las personas”.

La nueva antología de Gris Tormenta logra captar un abanico de posibilidades distintas para dejar de concebir el silencio como un molesto vacío y comenzar a verlo como un vínculo con la naturaleza, introspección meditativa o experiencia estética. Mónica Nepote emprende una expedición a las montañas, Tim Parks se refugia en el vipassana, Mariana Orantes se pregunta cómo las artes visuales pueden vencer sus propios obstáculos y hacernos saber que algo está en silencio tan solo mediante imágenes. Es refrescante encontrar diferentes aproximaciones a otras cadencias que no siguen el ritmo de la modernidad acelerada.

Quizá nuestra sed de silencio se deba a la urgencia por descansar de ese sonsonete continuo. Navegamos en perpetuo apremio de ofrecer nuestra privacidad a la opinión pública y ser para los otros. La paradoja es evidente: estamos embobados con nuestras fotos, biografías y puntos de vista, pero nos aterra esa soledad que es tan necesaria para la introspección. Aunque obsesionados con nuestro yo, huimos de nuestra voz mental (quizá la parte más personal e íntima que tenemos) y aceptamos las fórmulas empaquetadas que se nos dan para pensar, imaginar y juzgar. ¿De verdad es tan insoportable nuestra vida interior que haremos cualquier cosa antes de sentarnos a escucharla?

Andar a la caza del silencio, a mí parecer, es buscar un descanso. El mercado de la atención ha constreñido la comunicación humana a modelos mecánicos: entretener mediante las fórmulas del clickbait, digerir la información hasta sus unidades mínimas, evitar cualquier circunloquio, rechazar las miradas complejas, incómodas y desafiantes. Por eso, se ha vuelto indispensable ver qué más hay fuera de las fábricas de comunicación chatarra. ¿Qué otros ritmos existen para reflexionar? ¿Qué sensaciones pueden encontrarse en los márgenes?

Es esencial pensar el silencio en un tiempo tan engolosinado con la escritura. Todo es registro, todo requiere validación. Imposible olvidar lo que señala Larry Rosenberg en el texto “Respirar en el silencio”: “No sería exagerado decir que veneramos el lenguaje o que somos adictos a él. Lo equiparamos al mismo acto de vivir.” Afirman quienes saben leer las estadísticas que somos la sociedad más letrada de la historia. Curiosamente, aunque consumidores de palabras escritas, tendemos a tapar con cera nuestros oídos.

Confesaré que, antes de abrir la antología, me pregunté si el ejercicio de escribir el silencio no es acaso imposible. De amarlo, ¿lo mejor no sería quedarnos callados y sumergirnos en su quietud? En su ensayo, Georgina Cebey parte de una idea similar y propone que, precisamente, la hoja en blanco es la única representación material del silencio en papel. ¿Por qué entonces disertar sobre él a partir del lenguaje? ¿Por qué, incluso me pregunto a mí misma, quebrarlo con estas líneas? Mis respuestas son sencillas. Después de leer la antología, sorpresivamente me sentí más ligera. Los ensayos me invitaron a ser partícipe de otros ritos para convocar el silencio: al leer descansé como si yo misma fuese compañera de expedición de los que huyen. Las palabras, en lugar de aniquilarlo, lo prolongaron.

Con esa sensación reparadora comprendí, pues, que el silencio tiene mucho en común con la conversación. Ambos son contrarios al ruido: crean un orden y un ritmo peculiar, vuelven inteligibles las ideas. En esta esquizofrénica vida virtual que parece hablar siempre a gritos podemos olvidar que, para conversar, es imprescindible callar un momento, escuchar con cuidado. “A veces, de hecho, mis amigos japoneses me desconciertan al no parecer ávidos de tener la primera palabra; a veces al no parecer ansiosos de tener la última”, dice Pico Iyer. Conversar es dar cabida a otras miradas, otras culturas, otras prácticas, otros mundos. La libertad de lo otro vivifica el estéril imperio de lo igual. El silencio es un país al que se puede llegar por diferentes rutas para recordar, desde diversos sitios, que otras formas de vivir son posibles y, como afirma Leonardo da Jandra, “un paraíso no se encuentra, se hace”. ~


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