Carnes trémulas

AÑADIR A FAVORITOS

Ernesto Hernández Busto

Cerdos y niños. Por qué seguimos siendo carnívoros

Buenos Aires, Interzona, 2020, 96 pp.

Desde que el filósofo utilitarista Peter Singer inaugurase el movimiento animalista moderno con la publicación de Liberación animal allá por 1975, siguiendo los pasos de aquel Jeremy Bentham que ya en el siglo XIX había puesto sobre la mesa la pertinencia de considerar moralmente a cualquier ser vivo capaz de experimentar dolor, la atención que prestamos a las relaciones humano-animales no ha dejado de crecer. Irónicamente, tampoco lo ha hecho el consumo de carne: hasta 325 millones de toneladas fueron ingeridas globalmente en 2019, una dieta para la que se hizo necesario sacrificar unos 77.000 millones de animales, la mayoría criados para ese fin en condiciones decididamente mejorables. No obstante, el veganismo continúa siendo una posición marginal en las sociedades contemporáneas –a pesar de su relativo auge– y la instrumentalización humana de los animales apenas ha sido limitada por las leyes. Al mismo tiempo, la ciencia insiste en revelar nuevos aspectos de la conducta animal, minando la creencia de que los seres humanos poseen atributos exclusivos que los separan del resto de los animales y sugiriendo que estos últimos son cuando menos sujetos de experiencia cuyas aptitudes no deben compararse con las nuestras sino medidas a partir del modo de ser propio de cada especie.

En el intrincado debate multidisciplinar sobre las relaciones humano-animales irrumpe ahora este jugoso ensayo de Ernesto Hernández Busto, poeta y traductor cubano afincado en España desde hace más de dos décadas. Concebido a la manera de un panfleto culto, lleno de alusiones a la historia de la cultura y de pertinentes apelaciones a obras literarias que iluminan aspectos diversos del vínculo entre humanos y animales, Cerdos y niños destaca por la firmeza con que defiende el consumo de carne como una parte esencial de la animalidad humana: testimonio ancestral de la evolución de una especie que necesitó de las proteínas de los animales cazados a campo abierto para modificar el tamaño de su cerebro y prosperar en el planeta como singular predador capacitado para la transmisión cultural. La ingesta de carne no es un hábito como los demás, viene a decirnos Hernández Busto, para quien ahí es donde hemos de buscar la explicación para la brecha entre el reconocimiento humano de que el animal sufre y la pertinacia con que seguimos comiéndonoslo. Y aquí asoma el polemista, que denuncia el “neopuritanismo” que quiere suprimir cualquier atisbo de violencia de nuestras representaciones culturales y prácticas educativas.

Aunque el cerdo no es el único animal que nos comemos, su elección como figura protagonista del libro obedece al papel central que ha jugado en nuestras relaciones con el mundo animal y en su condigno reflejo en los códigos culturales de las sociedades occidentales. Defendido por Chesterton como mascota ideal, sometido a castigo legal en la Europa Medieval cuando de sus acciones se derivaba un daño a algún ser humano y presente en textos fundacionales como la Odisea, el cerdo habría funcionado durante siglos como “un espejo invertido de la condición humana”. Este animal sociable e inteligente es a la vez criatura simbólica, animal de compañía y presa de sacrificio. Según el verso de José Emilio Pacheco que da título al libro, San Francisco de Asís habría dicho que es nuestro hermano, pero en la mayoría de las culturas se ha creído que el cerdo existe para ser devorado por nosotros. El autor tenía once años cuando vio matar a un cerdo por vez primera en su país natal y nos advierte que la muerte del animal no es incompatible con la piedad. Si la Elizabeth Costello de Coetzee sostiene que el sacrificio ritual es una manera de autorizarnos a matar criaturas inocentes, Hernández Busto se alinea con Calasso y ve en estas celebraciones ancestrales un reconocimiento de “la violencia que somos”. Desde este punto de vista, la cadena alimenticia se hace autoconsciente con el ser humano, quien no podría sucumbir a la compasión por el animal sin renunciar a su racionalidad: “La paradoja es que ponernos por completo en la piel del animal devorado nos obligaría a abdicar de la condición racional que produce los juicios morales. Hay una aporía irresuelta en solidarizarse con el cerdo y pensar que es malo comerse al cerdo, nuestro semejante.”

Si el cerdo pudiera hablarnos, seguramente discreparía; pero no puede. Y de hecho, el punto de vista del animal tiene poca cabida en el libro. Hernández Busto tiene razón cuando enfatiza que ni la comida ni el sexo cumplen solamente funciones orgánicas o reproductivas, invocando el magisterio del gran antropólogo Marcel Mauss para desechar un análisis de la realidad social que se ciña a estrictos cálculos de racionalidad: hay elementos simbólicos e instintivos que deben ser tomados en consideración para dar cuenta del “exceso” que caracteriza a las comunidades humanas. Aunque quizá nos gustaría creer en la pureza del alma humana, los instintos animales juegan un papel en nuestro comportamiento: “¿Acaso la razón no tiene nada que ver con la sangre?” Por esa misma causa, nos recuerda el autor glosando un relato de Virgilio Piñera, “un ser hambriento no puede ser moralmente civilizado”.

Esta última aseveración nos pone en la pista de aquellos caminos que el autor deja sin transitar. Por una parte, del reconocimiento de la ineludible dimensión simbólica de las relaciones humano-animales no se sigue que los símbolos como tales sean intocables o se refieran a realidades necesariamente aceptables: los sacrificios humanos y el canibalismo han sido objeto de ritualización allí donde han tenido lugar. Por otra, poner en el centro la cualidad ancestral del consumo de carne podría sugerir una suerte de inmovilismo que casa mal con el progreso moral experimentado por las sociedades humanas a la hora de reducir el uso legítimo de la violencia o censurar la crueldad. Ya dijo Giddens que no podemos seguir defendiendo la tradición de manera tradicional: el atavismo no puede convertirse en un automatismo. Y dado que sabemos mucho más acerca de la vida animal que nuestros antepasados, cabe preguntarse si ese conocimiento trae consigo nuevas obligaciones morales susceptibles de ser decididas políticamente y aplicadas por el poder público. Para algunos, la liberación de los animales debe ser total; otros se conforman con aumentar su bienestar o reducir el sufrimiento que les infligimos. En otras palabras, las relaciones humano-animales no son estáticas: pueden cambiar a lo largo del tiempo si así lo decidimos.

Dicho esto, Hernández Busto se atreve a decir que quizá no sea tan fácil tomar esa decisión, por razones que atañen a la íntima relación que hemos mantenido con el consumo de carne animal desde los albores de la especie. Su deslumbrante recorrido por la historia de la cultura –con paradas en Homero, Elizabeth Bishop, Louise Glück, William Golding o Michel Onfray– viene a recordárnoslo, haciendo de su lectura un placer ligeramente incómodo del que ningún lector interesado en este tema debería privarse. ~