Constelación de una poesía latinoamericana

El de la nueva poesía latinoamericana es un mapa en movimiento, donde el lenguaje sigue siendo una apuesta radical.
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A finales del milenio pasado y a principios del siglo XXI apareció una constelación de libros que podrían trazar el horizonte de una nueva poesía latinoamericana. La poesía escrita en la América española, desde Darío hasta Gelman, pasando por los grandes nombres, ha sido osada, ha asumido riesgos y ha explorado regiones verbales adonde no se había ido antes. Nuestros poetas siempre han tenido conciencia de que el lenguaje no es una cosa dada, sino un material que debe rehacerse. Ese conflicto, la conciencia de esa lucha, le ha dado mayor unidad a nuestro idioma y le ha otorgado vitalidad.

En Argentina, Hablar mestizo en lírica indecisa, de Luis Osvaldo Tedesco, y también la obra de Hugo Mujica. Hablar mestizo es un libro en el que el discurso de la política y el lenguaje del tango, de la calle, del futbol, se fecundan a sí mismos. La relativa extrañeza que produce este libro (quiebres sintácticos, anacronismos deliberados, creación de neologismos, exasperaciones verbales) viene del fondo de la lengua y de una profunda asimilación de las raíces: Luis Osvaldo Tedesco es un apasionado lector de los poetas medievales, barrocos y renacentistas españoles. El título es indicador de algunas tendencias visibles que sigue la poesía no solo en el ámbito de la lengua castellana, sino en el mundo contemporáneo: poesía con una pluralidad de cruces y registros lingüísticos, estéticos y epistemológicos. La poesía actual, esa “lírica indecisa”, es un cruce de géneros, un “hablar mestizo” que hace evidente su propia crisis.

Contra la incontinencia retórica, la obra de Hugo Mujica es un archipiélago verbal incandescente: por el esfuerzo de concentración, por la fuerza del logos y por la precisión de la imagen: canto y pensamiento convergen en esta poesía y prosa fragmentaria. En sus inicios, Mujica siguió muy de cerca a Heidegger. No obstante, la filosofía heideggeriana le ha permitido crear un lenguaje particular: la poesía de Hugo Mujica no se parece a ninguna otra de nuestra lengua. Un poeta colombiano, José Manuel Arango, podría estar cerca de Mujica. La nota saliente en ellos es el silencio. Sin embargo, se trata de dos sensibilidades poéticas antagónicas. El silencio en Mujica es algo vivido (pasó siete años en un monasterio trapense sin decir palabra) y por eso forma parte de su sangre espiritual: es una visión del mundo; en cambio, el silencio de José Manuel Arango es más bien un recurso retórico, algo creado pero que no nace del fondo del lenguaje: es una reticencia. Hugo Mujica no escribe apoyándose en la mano sino atendiendo al oído, su poética postula una escucha, por lo tanto la página en blanco no quiere ser escrita, más bien, pide ser escuchada. En una sociedad como la nuestra, ruidosa y saturada de imágenes vacías de contenido, el silencio es un lujo y puede ser, por obra de la poesía y el pensamiento, altamente significativo. La palabra inicial, Lo naciente y Poéticas del vacío son algunos libros que nos recuerdan que el canto puede aún pensar y que el pensamiento sabe aún cantar. Una poética fundamental y fundacional. No hay prisa: ya llegará su hora.

En México, Cuerpos, de Jorge Max Rojas, y Sobresaturaciones, último libro publicado de Fernando Nieto Cadena, ecuatoriano de nacimiento, pero mexicano de adopción, fallecido en marzo de 2017. La de Fernando Nieto es una poesía de nuestro tiempo, un caudaloso afluente en el que convergen la música del Caribe (la salsa, el merengue), los sonidos del danzón mexicano, el cine, el monólogo y el silogismo, el pasquín, fragmentos de teoría literaria, la crónica periodística, la novela, el improperio verbal, el psicoanálisis y la filosofía. Todo cabe en una página sabiéndolo escribir, parece decirnos Nieto Cadena. Todo, sumado a una conciencia muy aguda del lenguaje, que para Fernando Nieto es algo así como un molde en el que se mezclan los más comunes y variados ingredientes. Poesía que no da concesiones, intentar leerla es un reto y requiere de una paciencia a prueba de todo.

Cuerpos de Jorge Max Rojas inaugura plenamente la poesía mexicana del siglo xxi. Es un libro que no hemos leído bien y por lo tanto no le hemos dado el lugar que merece. Incluso si Incurable se le acerca, Cuerpos no tiene antecedentes en la lírica nacional y se inserta, al igual que Sobresaturaciones, en la vertiente de la desmesura, representada por Martín Adán, Pablo Neruda, Vicente Gerbasi, Eduardo Espina, y los otros. Tanto por el tema (el diálogo físico y metafísico entre la materia y el espíritu, entre el cuerpo y el alma) como por el aliento (un poema cuyo ritmo se sostiene a lo largo de seiscientas páginas), Cuerpos de Max Rojas ha abierto nuevos cauces a nuestra percepción y a nuestra sensibilidad poéticas.

En Chile, acompañando a Los Sea Harrier y La Tirana, del impredecible Diego Maquieira, otros poemarios son indicadores del buen estado de salud que aún goza la poesía que se escribe en aquel país: Cipango, de Tomás Harris, y Coronación de Enrique Brouwer, de Clemente Riedemann. El lenguaje de los poemas veloces y vertiginosos de Cipango se apoya en la entonación de las crónicas de los invasores europeos, el canto del poeta pasa del yo personal al nosotros colectivo, el viaje no es sino una larga metáfora fragmentaria, la búsqueda de la mítica Cipango desemboca en el encuentro con la realidad social y política de Chile: “Cipango era un círculo concéntrico y nuestros cuerpos dentro […] Anochecía en Cipango.”

Escrito a partir de un hecho histórico ocurrido en el siglo xvii, en Valdivia, ciudad de origen de Riedemann, Coronación de Enrique Brouwer es un poema narrativo no exento de humor y fiera ternura. En él abundan bucaneros, barcos piratas, pillajes, asaltos armados, cañonazos y carcajadas, una cáfila de fantasmas. Pero lamento el cierre con tintes católicos y de redención que hacen que este hermoso libro se nos caiga de las manos. En cuanto a la intención estética, es decir, concebir la poesía como un discurso narrativo con un argumento que sostiene la historia, el antecedente en lengua castellana de Coronación de Enrique Brouwer se encuentra en el siglo xvii y se llama Viaje del Parnaso.

En Colombia, un libro de pequeños, ágiles y mágicos poemas en prosa: No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego, de Juan Manuel Roca. Contienda verbal, el poeta se sube al ring para enfrentarse en una lucha sin cuartel con su yo egocéntrico, occidental. En ese combate cuerpo a cuerpo, el poeta es humillado y vencido por nocaut para beneplácito del lector.

En Bolivia, una obra maestra: La piedra imán de Jaime Sáenz. Poesía versicular e incesante como un río oscuro que viene de los abismos del ser y de las honduras del lenguaje. Poesía oracular: transmitida, dicha, cantada en la noche.

En cuanto a la crítica, la gran falla de nuestros poetas, no hay mucho que decir, pero sí hay que citar un título: En suelo incierto, de Eduardo Milán. El volumen se compone de libros que habían sido publicados, pero cuyas ediciones no eran de fácil acceso. Es interesante leerlos cronológicamente para comprender el discurso teórico de Milán. De muchas maneras En suelo incierto es una prolongación de La máscara, la transparencia, de Guillermo Sucre. Dos obras esenciales de crítica poética posteriores a El arco y la lira, de donde todo parte. Por cierto, la primera edición de La máscara, la transparencia es de 1985. ¿Por qué demonios el fce no lo ha reeditado nunca?

En su libro Eduardo Milán pone en perspectiva todas sus preocupaciones en torno a algunos poetas mexicanos y a la poesía latinoamericana de las últimas décadas, la relación que guarda con las vanguardias poéticas del siglo pasado y su vigencia en nuestro presente. Sucre y Milán han llevado a cabo un valioso ejercicio de exégesis de algunos de nuestros más grandes poetas, su esfuerzo nos estimula a pensar al tiempo que pone en evidencia el vigor de la poesía escrita en la América española. ~


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