Fotografía: Umberto Eco. Italy Photo Press. Vía Zuma Press

Eco y la eternidad del fascismo

Desde mediados de los noventa, Umberto Eco previno que las condiciones que habían llevado el fascismo al poder podrían repetirse. Sin afán profético, sus advertencias han llegado a ser un modelo para identificar movimientos extremistas, de derecha e izquierda, que amenazan en nuestros días a la democracia y la civilización.
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El 25 de abril de 1995, Umberto Eco dio una conferencia titulada “El fascismo eterno” en la Universidad de Columbia donde explicaba lo que había sido el régimen de Benito Mussolini. Lo calificó como “ur-fascismo” en particular y habló de un fascismo “eterno”. Se refería, más que a una predisposición humana por ese tipo de dominación histórica, a un futuro donde se repitiesen las condiciones que la hicieron posible.

Externaba una preocupación sin atreverse a profetizar.

A la distancia, de no haber tomado el siglo XXI la dirección hacia la que parecemos dirigirnos, este panfleto, publicado en español como Contra el fascismo, habría pasado inadvertido. Aunque el 17 de enero de aquel año había terminado el primero de los gobiernos de Silvio Berlusconi (que al decir de Enzo Traverso en 2025 ya solo es “un modesto precursor de Donald Trump”),1 Eco no mencionaba al primer ministro italiano, más preocupado –ante su auditorio compuesto por jóvenes universitarios– por el atentado de Oklahoma, ocurrido seis días antes, que en la primera edición de Il fascismo eterno (1997) le parecerá probatorio de la existencia de organizaciones armadas de extrema derecha en los Estados Unidos.2

Las principales características del “ur-fascismo” las va desglosando Eco, no sin advertir que se dirige a un público estudiantil acaso poco versado en la historia europea y cómodamente instalado en aquel supuesto “fin de la historia” propio de los años inmediatamente posteriores a la caída del Muro de Berlín y a la desaparición de la Unión Soviética. Al decir de Eco, el primer aspecto del ur-fascismo es ser un tradicionalismo, tradición poco rigurosa, subraya, si nos referimos a la obra del hermenéutico fascista Julius Evola (1898-1974), quien mezclaba a placer la búsqueda del Santo Grial con Los protocolos de los sabios de Sion, y a la derecha italiana de los años noventa del siglo pasado, que reunía sin problemas a Joseph de Maistre y René Guénon con Antonio Gramsci. La reinvención fue exitosa: Giorgia Meloni gobierna Italia, en 2026, más a gusto con el armorial fascista de lo que pudo haber sentido, quizá, un Berlusconi.

La segunda característica del ur-fascismo (y una de las más discutidas por los críticos de Eco) era que rechazaba la modernidad. Su amor por la técnica (para decirlo con Oswald Spengler, Ernst Jünger y Martin Heidegger) y por la tecnología, como se diría más tarde, era “superficial”, ligado de preferencia a valores como la sangre o la tierra. Sean o no sean fascismo, el trumpismo y sus antecedentes, copias e imitaciones, son fanáticamente tecnocráticos y aspiran a dirigir el mundo con un instrumento “poshumano”: la inteligencia artificial.

En ese sentido, Francesco Germinario en “Fascismo eterno” e fascismo storico. Umberto Eco, la destra e la tradizione antifascista (2024), en buena lid benjaminiana, dice con razón que si algo dejaron en claro los fascismos fue que eran plena, descaradamente modernos, demostrando además que la modernidad no era sinónimo de democracia, ni de liberalismo, razonamiento que llevado al absurdo por la Escuela de Frankfurt y varios de sus intérpretes contemporáneos hace responsable a la Ilustración, también, del fascismo.

El tercer componente señalado por Eco es que el ur-fascismo es un irracionalismo que cultiva el culto a la acción violentísima, citando a Joseph Goebbels y al grito falangista de “¡Muera la inteligencia!”, atribuido al general Millán-Astray al retar a Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, en 1936. Aunque la violencia extrema de lo que él prefiere llamar “posfascismo” ha aparecido –el 6 de enero de 2021 en el asalto trumpista al Capitolio o, dos años después, con su réplica en Brasilia, gracias a los bolsonaristas–, Traverso dice que todavía no es una característica central en la extrema derecha vigente. Es probable que Ian Buruma, al preguntarse, en “La era del fascismo americano”,3 si es o no una exageración decir que el ice representa a “las camisas pardas o biff boys de Trump”, comparta la duda con Traverso.

La cuarta característica del ur-fascismo, el cual Eco concibe –en mi opinión utilizando un concepto equívoco de “sincretismo”– como enemigo total no solo del desacuerdo, sino de todo pensamiento crítico, es obvia y común a todos los totalitarismos. Pero hay quienes no aceptan la empatía arendtiana entre el comunismo y los fascismos (Slavoj Žižek o Traverso, entre otros) porque Germinario y otros italianos insisten en que fueron tan distintas las dictaduras de Adolf Hitler y de Mussolini como para cohabitar, al menos, en el fascismo. Es cierto que los “totalitarismos de baja intensidad”, para llamarlos de alguna manera, como Italia, la España de las primeras décadas franquistas o los países “liberales” de la llamada Cortina de Hierro como Hungría, Rumania (cuando convenía a las fintas antisoviéticas de los Ceaușescu) y Polonia, permitían libertades, sobre todo artísticas, inimaginables bajo Stalin y Hitler.

El ur-fascismo, dice Eco ilustrando su quinto aspecto, enemigo de la diversidad, es racista por definición, pero resulta pleno en paradojas: porque los últimos 75 años en la vida del planeta han sido testigos de un mestizaje nunca antes visto, gracias a las democracias, el turismo de masas y a las migraciones.

Hijos o nietos de inmigrantes, como señala Buruma,4 son a menudo los enemigos más acérrimos de los recién llegados, y el antisemitismo, según Traverso, mutó en islamofobia, asunto, como veremos, muy discutible. Aunque, en términos generales, el filosemitismo –convertido en política proisraelí– pasó al arsenal de la extrema derecha en los Estados Unidos, como dice el propio Traverso en El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador (2013), apelar hoy día a la raza aria (los últimos en hacerlo son o fueron los ayatolas de Irán y no todos) es problemático, o de plano imposible para el racismo de conveniencia, más crematístico que biologicista, hoy imperante en la extrema derecha.

La sexta característica del ur-fascismo, volviendo a Eco, es que se alimenta de la “plebe”, de los desheredados de la tierra, de las clases bajas urbanas, de aquellos que el marxismo conceptuaba como el “lumpenproletariado”. La desaparición de los “antiguos proletarios”, disertaba el semiólogo italiano en 1995, lograría que fueran ellos, ahora “pequeñoburgueses”, quienes alimentaran, si lo hay, ese “fascismo eterno”. Aunque así resultó ser, la extrema derecha actual es transversal, ajena a los partidos de clase “clásicos”, y, en los grandes países “desindustrializados” por la globalización o por “el neoliberalismo”, está saqueando, desde hace años, el voto obrero que antes era para el Partido Demócrata en los Estados Unidos o, en Europa, para los comunistas franceses e italianos. Con todo, este punto de Eco es de tufo leninista: la pérdida de la conciencia de clase, por “frustración”, alimenta al ur-fascismo.

La siguiente entrada (la siete) agrega al racismo el nacionalismo envenenado por el pánico al complot internacional, foráneo. No hay novedades al respecto en el siglo XXI: el posfascismo (para usar la definición traversiana) es, ni qué decirlo, xenófobo, aunque convive caprichosamente, donde puede hacerlo, con la suprema autodefinición woke del individuo.

El punto ocho de Eco no aplica. La extrema derecha actual se jacta de la riqueza más ostentosa, con todo y sus inodoros de oro puro, y, aunque su base social puede ser hasta misérrima, compartirá ese “aspiracionismo”. No se trata solo de arrebatar, mediante el ardor xenófobo, lo que los otros “roban” a una nación, sino de admirar a los multimillonarios globales como los nuevos reyes taumaturgos.

“Para el ur-fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien ‘vida para la lucha’”, escribe Eco (la novena característica) y por ello es antipacifista. “Colusión con el enemigo: el pacifismo es malo porque la vida es una guerra permanente”, lo cual lleva a una fina paradoja: las soluciones finales implican “una subsiguiente época de paz, una Edad de Oro que contradice el principio de la guerra permanente. Ningún líder fascista ha conseguido resolver jamás esa contradicción”.5

Si Eco tuvo razón allí y si Trump es, en efecto, fascista, como terminó por admitirlo el gran historiador Robert Paxton a quien Buruma menciona como fuente de autoridad, en estos días de la primavera de 2026, el presidente, en Irán, se encuentra atrapado en esa contradicción. Ese punto de Eco, a su vez, lleva, en Germinario, a una comparación entre el gulag y el Holocausto: “mientras la violencia del gulag encontraba su justificación en el curso de la historia, la del campo de exterminio se presentó como una resistencia a ese curso”.6

Traverso, finalmente, dice que el posfascismo nunca ofrece un futuro utópico a sus fieles porque –diría Eco– es una retórica, no una ideología. Pero yo creo que a Traverso, en su nuevo prólogo a Las nuevas caras de la derecha. Potencia y contradicciones de la etapa posfascista, no le cabe duda: el posfascismo es la continuación del “neoliberalismo” por otros medios, pues ambos, “aliados precarios”, comparten la creencia, con la complicidad de la socialdemocracia, en otra eternidad, la del capitalismo.7 El futuro es, para la extrema derecha actual, un pasado que nunca existió. Casi todos lo saben y a pocos les importa esa ficción.

En cuanto al décimo punto de Eco, sobre que el ur-fascismo no puede evitar la predicación de un “elitismo popular”, estamos, desde luego, ante un oxímoron propio del “pueblo bueno y sabio” que amaron los fascistas y aman sus descendientes. Pero al populismo, el autor de Contra el fascismo lo definía en 1995 solo “cuantitativamente” (la decimotercera de las características), mientras que Germinario lo ignora y Traverso lo rechaza tajantemente como herramienta de análisis. “Si Donald Trump es intercambiable con Bernie Sanders” y Jair Bolsonaro con Lula da Silva, se trata de un “concepto inútil”, afirma Traverso.8 El ur-fascismo de Eco, en todo caso, acepta tácitamente que, impaciente por dar su vida por la causa, ese fascista es a la vez plebeyo y patricio.

La undécima y duodécima entradas en el prontuario de Eco se refieren al ur-fascismo como heroico y machista, y a sus juegos de guerra como su Ersatz fálico motivado por una “invidia penis permanente”,9 lo cual aparece, supongo, en todos los militarismos. Si antes Eco revivió su leninismo, ahora vuelve un momento a Sigmund Freud.

En el decimotercer apartado, como ya lo señalé, Eco habla de ese “populismo cuantitativo” del ur-fascismo, para el cual “los individuos en cuanto individuos no tienen derechos, y ‘el pueblo’ se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la ‘voluntad común’”, dado que, “como ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder se erige como su intérprete”. Sin duda, ese es un carácter heredado del ur-fascismo al posfascismo y plenamente vigente en los populismos.

El ur-fascismo (entrada número catorce) habla la “neolengua” inventada por George Orwell en 1984 (1949) y Eco es profético –de Bolsonaro a Trump– al escribir que “debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality show”. Hoy sabemos que los reality shows nada tienen de inocentes y de ellos salió Trump rumbo a su doble presidencia. Y allí concluye Contra el fascismo, de Eco, recordando cómo pudo al fin distinguir a “la libertad” en abstracto, de la Liberación ocurrida el 25 de julio de 1943 con el arresto de Mussolini. Cierra citando un poema conmemorativo de Franco Fortini: “La justicia que se hará”.10

Si se tratara de una mesa redonda, en este momento el historiador italiano Germinario preguntaría sobre dónde quedó el “fascismo histórico”,11 el padecido por Italia entre 1922 y 1943, entre el ur-fascismo de Eco y el posfascismo de Traverso. Su “Fascismo eterno” e fascismo storico. Umberto Eco, la destra e la tradizione antifascista es muy profesoral y demasiado italiano como para caber en una reseña sobre la actualidad internacional del fascismo. Pero haré algunos comentarios.

Tendrá sus razones Germinario para inventarle al ur-fascismo de Eco un propósito profético del que carece, lo cual parecería ser, más bien, un ajuste de cuentas con la jefatura espiritual del semiólogo sobre la cultura italiana entre los siglos XX y XXI, o la proposición de que gracias a Contra el fascismo podemos incluir a ese movimiento en “la larga duración” braudeliana, lo cual es más sensato. “Es difícil historizar el fascismo”, justamente por esa duración, dice Germinario mientras se recoge las mangas de la camisa, procediendo –ya lo subrayamos– a hablar del error liberal y marxista de haber hecho del fascismo un elemento ajeno a la modernidad, un accidente bárbaro motivado por la masacre de la Gran Guerra.

Si no es accidental, cabe preguntarse, como lo harían Eco, Paxton, Buruma y Traverso, cómo acomodar el fascismo, sea precuela o secuela, en el horizonte aún pluralista y democrático de este primer cuarto de siglo, donde los actuales fascistas son “buenistas” en relación a los años treinta y se han deshecho del antisemitismo (hoy casi un monopolio de la izquierda), esforzándose en perseguir la migración con medidas virulentas sin que estas parezcan racistas. Eso lo infiero yo, pues Germinario rehúye académicamente todo anacronismo y evade la actualidad, tan solo aludiéndola: el retorno del fascismo temido por Eco en 1994-1995 no era bajo su manera camaleónica (para decirlo con Curzio Malaparte) al estilo Berlusconi, sino más bien en el recuerdo reciente de los italianos años de plomo terroristas, donde el protagonismo lo tendría una “nueva” extrema derecha.

En ese sentido, Contra el fascismo es un librito viejo, aunque veraz: evade la locura de Pier Paolo Pasolini (consecuentado por Traverso) de creer que la sociedad posindustrial y consumista es una mascarada neofascista. Es lo que piensa, palabras más, palabras menos, un Giorgio Agamben en el siglo XXI: cada iPhone es un alambre de púas que nos concentra en los centros comerciales, la versión “buenista” de los campos de concentración y hasta de exterminio. Eco no replica, como tantos de sus contemporáneos, las jeremiadas antiilustradas de la Escuela de Frankfurt. En el sentido inverso –y eso sí lo señala Germinario– los Hayek y los Von Mises se equivocaron al creer que a mayor estatismo habría menos democracia liberal,12 como lo probó el desarrollo del New Deal, de la socialdemocracia escandinava y de casi todas las democracias occidentales después de 1945.

El resto del libro de Germinario, me temo, concierne a las disputas italianas: el creciente fracaso en la pretendida desvinculación total del mussolinismo del antisemitismo; la desaparición del fascismo en la ecuación revolución/contrarrevolución (el historiador adopta aquí la explicación de Antoine Compagnon de que lo antimoderno no es lo contrarrevolucionario, sino lo contrario de la Revolución)13 porque la Liberación, abducida por el Partido Comunista Italiano, estuvo lejos de ser un triunfo revolucionario; la fascistización hitleriana de Europa obligó a los soviéticos a “desitalianizar” al fascismo de Mussolini; el mito de Roma en el imaginario del Duce; y finalmente, se refiere al creciente anti-antifascismo de la sociedad italiana, harta de un ardor pedagógico cuya abominación llevó al poder una y otra vez a Berlusconi, que es la tesis de Giovanni Orsina en Le Berlusconisme dans l’histoire de l’Italie (2013 y 2018). Germinario teme que la “deshistorización” del fascismo italiano propuesta por el semiólogo sea contraproducente, un gesto de profeta que atraerá los males que pretende conjurar. Desde mi distante posición de neófito, yo no leo así el panfleto de Eco.

Mayor miga polémica tiene el reciente prefacio de Traverso a Las nuevas caras de la derecha. Potencia y contradicciones de la etapa posfascista que empieza remitiendo al seminario de Stanford en 1963, donde George L. Mosse reunió un elenco sorprendentemente plural para analizar al nacionalsocialismo y al fascismo antes de que se cumplieran veinte años de haber sido derrotados. Sus conclusiones lo autorizan (a Traverso) a hablar de “posfascismo”.

Si T. W. Adorno puntualizó que, a fines de la década de los años cincuenta, persistían, subterráneas, “las tendencias fascistas contra la democracia”, Traverso recalca una obviedad en la que hay que insistir: antes que fascista o no, Trump “es un producto puro de la sociedad y del sistema político estadounidenses”,14 lo cual le daría razón a Eco, si no sobre la “eternidad” del fascismo, sí sobre su naturaleza de fenómeno inscrito en la larga duración, y abonaría a cuenta de quienes dicen que es muy probable que el presidente de los Estados Unidos nunca haya leído un libro sobre el fascismo. Que los fascismos sean gestuales y retóricos, y carezcan de la infinita bibliografía y prosapia enciclopédica que respaldó al marxismo-leninismo, tanto más perverso por hundirse sin duda alguna en las raíces de la modernidad ilustrada, no los hace menos peligrosos.

Traverso también destaca que el anticomunismo ha desaparecido casi por completo del posfascismo (todavía ese fantasma agitaba a Berlusconi y, desde luego, a Bolsonaro) dado lo ocurrido en 1989-1991. Más interesante es su descripción del posfascismo como un movimiento más ultraconservador que contrarrevolucionario, sin noción de futuro, falencia que comparte simétricamente con la ceguera padecida al respecto por la izquierda radical, admite Traverso. El posfascismo, nos dice, es más hijo del pensamiento neoconservador de los años noventa que del fascismo histórico.15

La estridente xenofobia del posfascismo nos lleva al asunto más polémico de la actualización realizada por Traverso de su libro originalmente aparecido en 2017. El extranjero de Georg Simmel, dice, se convierte en el enemigo de Carl Schmitt. Bien está: según Traverso la islamofobia se ha puesto el saco, que le queda perfecto, del antisemitismo, que ya no es el tradicional que se presentó, por ejemplo y por última vez, tras la reunificación alemana de 1990, sino que mezcla pasado y presente, como en el caso de Viktor Orbán, quien tiene (o tuvo) su Rothschild en George Soros, su bestia negra al mando de la banca internacional, mientras que sobre el terreno Occidente sufre la amenaza de “la invasión islámica”, a través de la migración masiva, que los extremistas franceses llaman “el gran reemplazo”. En algunos casos, como el de maga, conviven antisemitas virulentos con neoconservadores absolutamente projudíos y proisraelíes, contradicciones que le tienen sin cuidado a Trump.

Tras decir que la gran ausencia en el análisis de Mosse en 1963 (Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon apareció en 1961, agrego) es el colonialismo, como una de las fuentes del antisemitismo (eso sí lo vio diez años antes Hannah Arendt), Traverso denuncia a la islamofobia por ser gay friendly. No lo juzga como un aggiornamento de la derecha (la actual, supongo, tiene derecho)16 sino como un oportunismo de las Le Pen y las Meloni, quienes, al combatir el oscurantismo islámico contra las mujeres, estarían reeditando –hasta de “orientalistas” las acusa– aquel colonialismo donde Occidente representaba la civilización y sus derechos humanos contra la barbarie y sus tropelías. “Ese acuerdo consensual en una concepción discriminatoria y neocolonial del secularismo ha contribuido de manera significativa a la legitimación del posfascismo en la esfera pública”, concluye Traverso. Entendiendo la política como el weberiano pacto con el diablo, las acusadas, en la extrema derecha, han hecho mejor su trabajo que las izquierdas.

Aunque firmado en marzo de 2025, el prólogo de Traverso omite las atrocidades del 7 de octubre de 2023 y su propia militancia activa contra la virulenta reacción de Benjamín Netanyahu en Gaza. Francamente, no era necesario que mencionara a una (o ambas) de esas circunstancias como materia del posfascismo actual porque su equiparación del antisemitismo histórico y la islamofobia lo dice casi todo.

A menos que Traverso crea en el asesinato ritual, hasta el atentado de Menájem Beguín (nacido en la actual Bielorrusia) y de su Irgún contra el comando militar británico en el Hotel Rey David de Jerusalén, en 1946, los judíos europeos (para hablar solo de ellos) llevaban siglos siendo víctimas de toda clase de violencias, desde los pogromos medievales y zaristas hasta el Holocausto sin defenderse de ninguna manera contra una sociedad que, desde el poder y desde la opinión pública, pasó del gueto a la integración y de esta al exterminio. Miles y miles de judíos franceses y alemanes cumplieron, pese a ello, con todas las obligaciones (incluyendo las militares) que sus respectivos Estados nacionales les imponían, como alcaldes, funcionarios en todos los niveles y hasta jefes de gobierno.

Es cierto, también, que muchísimos musulmanes, hoy día, respetan y hasta representan a las sociedades que los integraron y, aunque otros no lo hagan, la islamofobia es una reacción visceral, sobre todo, a décadas de terrorismo islámico, que se ha cebado en otros musulmanes con frecuencia fratricida, pero también en cientos de cristianos y agnósticos del todo inocentes. Viniendo del marxismo, Traverso equipara, como un culturalista, al antisemitismo y a la islamofobia: principalmente, el primero es una cultura milenaria, sí. También lo es la islamofobia, pero si actualmente alimenta agravios que van a dar al electorado posfascista, se debe, sobre todo, a la contumacia criminal de los terroristas una y otra vez demostrada mediante recurrentes atentados en los Estados Unidos, en Europa, en África y en el Medio Oriente.

Al rechazar la noción de populismo, Traverso impide la necesaria camaradería antifascista que yo esperaría de él, aunque no de Žižek, renuente a considerar a los regímenes comunistas como totalitarios o convencido –ya no sé– de que el totalitarismo, en el fondo, no es tan mala cosa. Al de- cir de Traverso –ya lo cité– el populismo es un concepto inútil porque Trump y Sanders o Lula y Bolsonaro no son lo mismo y nos endilga un listado un tanto grosero para un historiador de su categoría. Sanders es un socialista del siglo antepasado y Lula un hábil socialdemócrata con amigos populistas, pero él no lo es porque sus gobiernos han defendido, en el Brasil, a las instituciones democráticas que lo han llevado en tres ocasiones al poder. Posfascistas o no, Trump y Bolsonaro son un peligro para la sobrevivencia de la democracia y de la civilización, porque de las catorce proposiciones de Eco en Contra el fascismo, casi todas aplican lo mismo al posfascismo pregonado por Enzo Traverso que a esa extrema izquierda populista que gobierna o gobernó en América Latina y de la que él no quiere hablar. ¿Y si hablamos de “poscomunismo”, como Hugo Chávez hablaba del hoy insepulto “socialismo del siglo XXI”? ¿Por qué no?

Mientras no se comprenda que el populismo, sea cual sea su denominación de origen, termina por ser, en el mejor de los casos, un “totalitarismo fuzzy” (así lo llama Germinario)17 y, en el peor, un “fascismo rojo”, como se decía antes, poca esperanza quedará para quienes no nos avergonzamos de seguir siendo liberales en una historia contemporánea arrojada hacia una fascistización que amenaza con ser, mi querido Umberto Eco, eterna. ~

Umberto Eco
Contra el fascismo
Traducción de Helena Lozano
Barcelona, Lumen, 2025, 62 pp.

Francesco Germinario
“Fascismo eterno” e fascismo storico. Umberto Eco, la destra e la tradizione antifascista
Trieste, Asterios, 2024, 142 pp.

Enzo Traverso
Las nuevas caras de la derecha. Potencia y contradicciones de la etapa posfascista
Traducción de Horacio Pons
Incluye nuevo prefacio del autor: “¿Hay lugar para la imaginación política en la era del posfascismo?”
Ciudad de México, Siglo XXI, 2025, 182 pp.

  1. Enzo Traverso, Las nuevas caras de la derecha, p. 16.

    ↩︎
  2. Umberto Eco, Il fascismo eterno, Milán, La Nave di Teseo, 2018, p. 8.

    ↩︎
  3. Ian Buruma, “La era del fascismo americano”, Letras Libres, mayo de 2026, pp. 26-29.

    ↩︎
  4.  Ibid., p. 29.

    ↩︎
  5. Eco, op. cit., p. 48.

    ↩︎
  6. Francesco Germinario, “Fascismo eterno” e fascismo storico, p. 107.

    ↩︎
  7.  Traverso, op. cit., 35.

    ↩︎
  8.  Ibid., p. 37.

    ↩︎
  9. Eco, op. cit., p. 53.

    ↩︎
  10. Ibid., p. 62.

    ↩︎
  11. Germinario, op. cit., p. 122.

    ↩︎
  12.  Ibid., p. 104.

    ↩︎
  13. Ibid., p. 119.

    ↩︎
  14. Traverso, op. cit., p. 17.

    ↩︎
  15.  Ibid., pp. 21-22.

    ↩︎
  16. Yo no sé si madame Le Pen se avergüence del antisemitismo de su padre o si lo condena por atrición, pero ella y su partido han limpiado mejor su mala reputación que un Jean-Luc Mélenchon, orgulloso de su prosapia leninista y buen amigo de los tiranos de izquierda en América Latina.

    ↩︎
  17. Germinario, op. cit., p. 72. ↩︎


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