Ejercicios de gratitud

Spinoza en el Parque México, asegura el autor de este ensayo, es varios libros. El álbum familiar, el parte de guerras intelectuales, una galería de heterodoxos y un paisaje de la filosofía política del siglo XX.
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A cuatro manos se ha escrito esta primera entrega de la autobiografía intelectual de Enrique Krauze. El libro no proviene solamente de su memoria: brota de una larga y reposada charla con José María Lassalle. Se escribe a cuatro manos porque, como bien se dice en un par de ocasiones en estas páginas, “la cultura es conversación”. La fórmula de Zaid captura el ánimo de este libro, no solamente porque el historiador liberal puede desenrollar sus ideas y sus recuerdos a partir de la curiosidad inteligente de su interlocutor, sino porque el gran hilo de su formación intelectual es, precisamente, una serie de conversaciones. Encuentros, charlas, lecturas, polémicas. Solo en diálogo crece la razón abierta.

La cultura es conversación. Es cierto. No es traspaso de una información que se preserva, es confluencia de voces y acentos, superposición de cuentos y argumentos, tejido de fábulas, recuerdos, conjeturas y descubrimientos. En la conversación de Krauze no hay un relevo de saberes que eliminan lo antiguo para sustituirlo con lo reciente. La anécdota más fresca puede ser la más antigua, la pista más sugerente puede estar en el territorio más distante. Como seres humanos civilizados, dice Michael Oakeshott, quien llevó la imagen de la conversación al núcleo de la política, no heredamos el veredicto de una investigación sobre nosotros mismos o el mundo. No heredamos un compendio de información. Lo que recibimos es una conversación iniciada en los bosques primitivos y extendida a lo largo de los siglos. Una conversación, dice el filósofo conservador, “que se desenvuelve en público y dentro de cada uno de nosotros”. Lo que nos distingue de las bestias es eso: participamos en una conversación, buscamos un argumento convincente, ensanchamos nuestra imaginación con ficciones y recuerdos, reímos con la sorpresa de la contradicción, al descubrir afinidades y antipatías, cincelamos nuestra identidad.

Contra la soberbia de quien se imagina su propio autor, Krauze honra su tradición o, más bien, las muchas tradiciones a las que pertenece. En la germinación de su conciencia puede escucharse la palabra del abuelo, la experiencia del padre, el sufrimiento de los tíos. Puede leerse la huella de sus filósofos, la estampa de sus novelistas, la vida de sus biografiados. Puede advertirse también el fruto de sus polémicas, el impacto bienhechor de la soledad. Conversaciones que son ejercicios de gratitud. Es cierto, la cultura es conversación. También es agradecimiento. “El agradecimiento o gratitud es un deseo o afán de amor con que nos esforzamos en hacer bien a aquel que nos ha hecho un bien con igual afecto de amor”, dice Spinoza en su Ética.

Nadie se hace a sí mismo y menos el hombre de reflexión. Quien lee y escribe reconoce los regalos de la charla, la lectura, el ejemplo, la réplica que ha recibido de parientes, de libros, de adversarios. Solo el hombre libre sabe ser agradecido, agregaría Spinoza en una de las proposiciones finales de su geometría. La gratitud es, en efecto, atributo de la libertad. Quienes están movidos por el deseo ciego, los esclavos de su ambición son incapaces de gratitud. Sus elogios no agradecen, sobornan. La gratitud del hombre libre, en efecto, no es simple cortesía: es una capacidad infrecuente, una virtud de la que pende, en buena medida, la convivencia.

El libro de las conversaciones que hace crónica de la formación intelectual de Enrique Krauze es varios libros. El álbum familiar de un niño judío en la Ciudad de México; el parte de guerras intelectuales, una galería de heterodoxos, un paisaje de la filosofía política del siglo XX. Personas e ideas, como bien titulaba Krauze un viejo libro de entrevistas. Para pintar el nacimiento del ensayista crítico, el libro del abuelo, el libro de los maestros, el libro de los colegas, el libro de los adversarios. Apuntes sobre la revolución y el mesianismo, sobre la democracia, el totalitarismo y la libertad.

De dos libros quisiera hablar, los libros que, a mi juicio, ayudan a pintar al crítico del poder con colores más vivos y justos. En el primer libro, Enrique Krauze taladra en las capas de su liberalismo. En esa geología intelectual no hay abandono de ideas que se jubilan sino enriquecimiento de ideas. El modelo de fraternidad que escuchaba en las conversaciones con su abuelo Saúl no se abandona como propósito absurdo e inevitablemente tiránico, sino que se complementa con una prudente sospecha. Quiero decir que el de Krauze no es un liberalismo, para decirlo en terminología spinozista, geométrico. No es un liberalismo que se asuma continuador de una sola vertiente filosófica, sino un liberalismo complejo, hecho, tal vez más de una actitud, un temple, que un esquema hermético de ideas. El interlocutor, articulando, ante todo, la perspectiva de los derechos naturales y el constitucionalismo de Locke, lo subraya. El liberal hace suya la desconfianza en el poder, apuesta por el pluralismo y los mecanismos institucionales, pero no abandona las persuasiones de su formación inicial. El liberalismo de Krauze es, de esa manera, un liberalismo poroso a muchas otras tradiciones filosóficas y políticas: sensible, pues, al anarquismo, por un lado y al socialismo, por el otro. Con naturalidad, Krauze encuentra espacio para dialogar con el romanticismo de Berlin y con el republicanismo antimoderno de Arendt. Será por eso que no le atrae en ningún momento el trazo helado del liberalismo de Rawls.

No llega al liberalismo en la primera juventud, pero muy poco después. Las lecciones de Cosío Villegas por una parte y la confrontación con el autoritarismo priista, lo conducen pronto a la ribera liberal. Por eso, el suyo no ha sido un liberalismo de converso. Un liberalismo que haya sentido la necesidad de expiar antiguas culpas ideológicas.

El segundo libro del que quisiera hablar es el que constituye, a mi juicio, la gran sorpresa de Spinoza en el Parque México. Es un recorrido admirable por la tradición filosófica, religiosa, política a la que pertenece Enrique Krauze y que había mantenido, en buena medida, oculto al ojo de sus lectores. A Krauze lo conocíamos, sobre todo, como el historiador que ha hecho la biografía del poder, quien ha escrito capítulos fundamentales en la historia de los intelectuales públicos en nuestro país, al retratista de Cosío Villegas, de Gómez Morin, de Lombardo. Lo conocemos como el editor de Vuelta, el fundador de Letras Libres, el colaborador y biógrafo de Octavio Paz. Lo conocemos, sobre todo, como el gran crítico del autoritarismo presidencial, como el ensayista de certerísimos dardos. No lo habíamos visto nadar en su agua más personal, más íntima, más profunda: admirador y continuador de la heterodoxia judía.

Krauze abre en este espacio un baúl personal, nos permite entrada a lo más recóndito de su vida intelectual. Por eso, con la pista de Steiner, habla del libro que no ha escrito. Ese libro que no ha tenido la decisión, la paciencia o quizá la valentía para escribir y que, sin embargo, como bien advertía Steiner, lo define tanto como los libros que ha publicado. En Spinoza en el Parque México está escrito ese libro de alguna manera. Pinceladas de una filiación espiritual, trazos de su raíz más profunda. La semilla de su temperamento liberal está en la vida y el pensamiento de los “judíos no judíos”. Herederos de una tradición, no de una fe.

La silueta de Spinoza que va dibujándose a lo largo de esta riquísima conversación traza una idea de libertad que va más allá de la mecánica hobbesiana que, a fin de cuentas, reconstruye Isaiah Berlin en sus ideas de la libertad. No es la libertad mecánica, esa que elimina los obstáculos exteriores. Es la libertad más profunda, la que se entrega a la comprensión y, en el fondo, al amor al mundo. Spinoza es el filósofo de la tolerancia, pero también el filósofo del asombro. Ahí está, creo, el núcleo profundo de su devoción spinozista: la libertad es una reverencia al mundo, no una muralla frente a él. Krauze nos entrega, entre lecturas y batallas, el testimonio del gozo intelectual que no puede ser más que un gozo compartido. El amor intelectual del hombre a Dios, decía ese hombre al que Borges retrató como el judío que “libre de la metáfora y del mito labra un arduo cristal: el infinito”.

Coincido, además, con el reclamo de Octavio Paz a Krauze: “Nos debe su Vasconcelos.” ~


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