El 98 y sus equívocos

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Tomás Pérez Vejo
3 de julio de 1898. El fin del Imperio español
Madrid, Taurus, 2020, 256 pp.

 

El historiador Jordi Canal, profesor de la École des Hautes Études en París, encabeza un proyecto editorial que ofrece un formato atractivo para la escritura y la difusión de la historia. Canal propone pensar la historia de España en el siglo XX a través de siete días que alteraron o confirmaron el curso de la nación.

Esos siete “momentos estelares”, como habría dicho Stefan Zweig, son los siguientes: 3 de julio de 1898, batalla naval de Santiago de Cuba; 17 de diciembre de 1927, homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla, primer acto de la Generación del 27; 18 de julio de 1936, levantamiento franquista contra la República; 20 de diciembre de 1973, ejecución del almirante Luis Carrero Blanco por comandos de eta; 23 de febrero de 1981, intento de golpe de Estado contra la democracia de Antonio Tejero; 25 de julio de 1992, inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona; 11 de marzo de 2004, atentados terroristas contra trenes de la red de Cercanías Madrid.

La secuencia muestra el devenir de una nación, nacida de la desintegración final de un imperio colonial decimonónico, que experimenta una guerra civil, una dictadura y una transición a la democracia en el siglo XX. El inicio de esa evolución no podría ser otro que la derrota de España en la guerra de 1898. Guerra extraña, donde la hubiese, que comenzó como un levantamiento separatista cubano y terminó con una intervención militar y naval de Estados Unidos, cuyo desenlace no fue la plena independencia de la isla de Madrid sino una nueva forma de soberanía limitada bajo la tutela de Washington.

El libro de Tomás Pérez Vejo, que introduce la colección, propone una narración ágil y, a la vez, ponderada, del episodio militar emblemático y decisivo de la guerra del 98: la batalla naval de Santiago de Cuba. La escuadra española, comandada por el almirante Pascual Cervera y Topete e integrada por cuatro cruceros acorazados y dos destructores o contratorpederos, había quedado atrapada, en la bahía de Santiago, por el bloqueo naval de la armada estadounidense, que contaba con más de sesenta embarcaciones y siete acorazados modernos.

El almirante Cervera debió enfrentar el dilema de rendirse o burlar el bloqueo, lo que en la práctica suponía la inmolación. Su dramático mensaje el 3 de julio en la mañana reveló la elección del sacrificio: vestidos con uniforme de gala, tratarían de salir a mar abierto y, de ser neutralizados por el bombardeo, debían “clavar la bandera”, embarrancar o hundirse, para que el enemigo no pudiera apoderarse de los “viejos y gloriosos cascos” de la real armada. Como en la antigua Numancia, era preferible, según Cervera, terminar como “cadáveres flotando sobre aguas que han sido y son de España”.

Pérez Vejo cuenta que los cuatro cruceros españoles, el insignia Infanta María Teresa (que capitaneaba el propio Cervera), el Vizcaya, el Cristóbal Colón y el Almirante Oquendo, embarrancaron o vararon en menos de cuatro horas. La batalla fue breve y fulminante: perdieron la vida 343 españoles, 151 resultaron heridos y 1,889 fueron tomados prisioneros, entre ellos el propio almirante Cervera. Del lado de Estados Unidos, ningún barco fue hundido y solo hubo un muerto y dos heridos.

Lo decisivo en este libro no es, sin embargo, la narración precisa y amena sino la interpretación de un hito de la historia de España y América. No porque ese hito cambiara sustancialmente la historia de la península y el Caribe hispano sino porque cerró una temporalidad y abrió otra en el Atlántico. España había dejado de ser una gran monarquía católica transatlántica hacia 1820, con la independencia de la mayor parte del territorio hispanoamericano, aunque continuó siendo un imperio colonial en el Caribe y en algunas islas del Pacífico: Filipinas, Guam y las Marianas. Ese imperio había colapsado económicamente, sobre todo en Cuba, antes de 1898, con el fuerte involucramiento de intereses estadounidenses. La derrota de Santiago vino a confirmar un proceso de descolonización del Estado nación español que comenzó un siglo atrás.

La humillación del Tratado de París fue eso, una humillación más que una pérdida real. La confirmación simbólica de una decadencia que advirtieron las grandes mentes y plumas de la última generación del siglo XIX mucho antes de 1898. La constatación de ese declive y su mayor o menor regeneracionismo produjo nostalgias imperiales y mucho lamento de grandeza venida a menos. Es en ese malestar donde habría que encontrar las raíces del falangismo y el franquismo, pero también de los nuevos nacionalismos peninsulares en el País Vasco, Cataluña y Galicia que han tenido una evolución propia.

Para Pérez Vejo, el 98 es más la señal de arranque del siglo XX español que el desenlace ineluctable del breve siglo XIX peninsular. Casi todo lo que vino después, el tormentoso reinado de Alfonso XIII, la Segunda República, el franquismo e, incluso, la transición democrática de fines del XX, tuvo que ver con el complicado rediseño de la nación Estado española luego del largo periodo que va de la monarquía católica al imperio colonial.

Este libro vuelve al trauma del 98, en la historia de España, no para recaer en los tópicos del desastre o la decadencia sino para trazar una compleja línea de exclusión que va de la ausencia de cubanos, puertorriqueños y filipinos, en las negociaciones del Tratado de París, al relanzamiento de nativismos peninsulares que sostienen una relación incómoda con la democracia. En época de tanto rebrote nacionalista, Pérez Vejo invita a pensar un hito del pasado español como fuente de equívocos y frustraciones. ~