El último cuento de Rodolfo Walsh

Solo dos personas, hasta donde se sabe, leyeron “Juan se iba por el río”, el último cuento de Rodolfo Walsh, robado por los militares que lo asesinaron. ¿Lo podremos leer alguna vez?
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Hay obras de cuya existencia se sabe o se sospecha durante largo tiempo y se cree que, en algún momento del futuro —por lo general tras la muerte de su autor o la finalización de un lapso estipulado— se podrán conocer. Esa espera se vive con calma, ya que se extiende por años, pero con mucha ilusión. Uno de los ejemplos más emblemáticos es el de J. D. Salinger, quien se recluyó en una casa en la montaña a los 46 años de edad, después de publicar, en 1965, un último texto. Ahora, medio siglo más tarde, se habla de la aparición de sus relatos inéditos, en los que trabajó desde entonces hasta su muerte, en enero de 2010.

En otros casos, en cambio, no hay espera: la obra llega desde el pasado sin avisar, como si viajara en una máquina del tiempo. Suelen pasar años, décadas o incluso siglos desde la muerte de un autor hasta que la revelación se produce en un cajón, en un sótano o en la obra misma (debajo de algunos de los cuadros más célebres de Van Gogh y Picasso, por citar solo dos casos, se hallaron, con técnicas modernas, dibujos anteriores en las mismas telas). Así, textos, pinturas y melodías dan cada tanto una gran sorpresa, saltando a la vida real desde un sitio que parece reservado a las historias de ficción.

Esos dos conjuntos tienen una pequeña intersección, una reducida zona común. Se trata de obras de cuya existencia se sabe y que se esperan con ansia, pero sin tener idea de cuándo se podrán conocer, sin siquiera la certeza de que eso será posible alguna vez. Si aparecen, siempre es por sorpresa. A este grupo pertenece —y así es como esperamos— “Juan se iba por el río”, el último cuento de Rodolfo Walsh.

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Rodolfo Walsh fue asesinado en una avenida de Buenos Aires, alrededor de las 2 de la tarde del viernes 25 de marzo de 1977. Un grupo de tareas de la dictadura militar que imponía el terror sobre la Argentina montó un operativo con la intención de secuestrarlo con vida, para poder torturarlo como una forma de sacarle información y vengarse de su militancia, sus acciones y sus denuncias. Como Walsh iba armado e intentó resistirse, fue abatido en plena calle.

Tiempo antes, tras el golpe de Estado, Walsh se había mudado a San Vicente, un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Vivía junto a Lilia Ferreyra, su pareja, en una casita muy humilde, con piso de ladrillo y sin gas ni electricidad. Esa mañana salieron juntos. Walsh iba a despachar por correo algunas copias de la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar (“una obra maestra del periodismo”, según García Márquez) y acudir a una cita con un compañero de militancia que le había pedido ayuda.

Cuando Walsh y Ferreyra iban a tomar el tren que los llevaría hasta la Capital, se encontraron con el hombre que había gestionado la adquisición de la casita. Este les dio el boleto de compraventa de la propiedad. Por no llegar tarde a la cita, Walsh cometió un error de principiante: guardó el documento en su portafolio y lo llevó consigo. La cita estaba “envenenada”: el compañero llevaba dos semanas secuestrado y, bajo torturas, lo había llamado desde la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, el mayor centro clandestino de la dictadura argentina.

Fue ese boleto de compraventa el que permitió a los militares llegar en la madrugada siguiente a la casa de San Vicente, tirotearla y, tras robar casi todo lo que hallaron en su interior, volarla con una bomba. Como parte del botín, se llevaron los papeles de Walsh, entre los que había material político, páginas de su diario personal, borradores de relatos y “Juan se iba por el río”, el cuento que había terminado poco tiempo atrás.

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Sabemos de dos personas que lo leyeron. Una es Lilia Ferreyra, que volvió a San Vicente al día siguiente y, tras el horror de encontrar la casa en ruinas, huyó. El otro lector es Martín Grass, quien vio el cadáver de Walsh en la ESMA y allí mismo accedió a los documentos robados. En un artículo publicado en el diario Página/12, de Buenos Aires, Ferreyra recordó el diálogo que mantuvo con Grass en Madrid en 1982. Al referirse a “Juan se iba por el río”, describió:

Es su último cuento, el que escribió desglosando el material de la novela que ya había decidido no escribir. Es la historia del argentino derrotado del siglo XIX; del último argentino antes de la grandes inmigraciones. Del hombre del pueblo que había sido llevado de guerra en guerra, de tropa en tropa; que sobrevive a su tiempo y, ya viejo, recorre la memoria de su vida y de la época en que vivió.

En el final, Juan, el protagonista, cumple su sueño: ante una gran bajante, monta su caballo y se lanza a cruzar el enorme Río de la Plata vacío. ¿Llega al otro lado?, preguntó Lilia cuando Walsh se lo leyó. “No sabemos —respondió él—. Lo importante es que se anima a cruzar”. Casi tres décadas después, ella explicó:

Hasta allí acompañó a su personaje; no quiso definir su destino. Por eso Juan no “se fue”; el verbo no cerraba la acción, Juan “se iba”.

El artículo de Ferreyra llevaba por título “Dos lectores”. “¿Los únicos dos lectores?”, se preguntaba la autora en el final.

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“Quiero creer que eso está en algún botín personal y quisiera creer que está en algún lado”, dijo Martín Grass en agosto de 2010, como parte de su testimonio en el juicio por los crímenes cometidos en la ESMA.

“Lo que más me interesa de ellos [los represores juzgados] es que se llevaron el último cuento que mi padre había escrito”, declaró Patricia Walsh, hija de Rodolfo, en 2011. “Durante el juicio les pedí a los represores en la cara que me lo devolvieran”. No lo hicieron, claro está.

“Mantenemos la esperanza insobornable de que esos textos alguna vez aparezcan”, dijo Ferreyra en una entrevista de esas mismas fechas. Ella murió el 31 de marzo de este 2015, a los 71 años, sin haber podido volver a leerlos.

En la “Nota” introductoria de su libro Los oficios terrestres, de 1965, Walsh apuntó:

Comencé a escribir “Esa mujer” en 1961, lo terminé en 1964, pero no tardé tres años, sino dos días: un día de 1961, un día de 1964. No he descubierto las leyes que hacen que ciertos temas se resistan durante lustros enteros a muchos cambios de enfoque y de técnica, mientras que otros se escriben casi solos.

Ojalá, después de esta resistencia de lustros enteros, llegue el momento en que podamos leer “Juan se iba por el río”, el último cuento de Rodolfo Walsh. Y que podamos reducir la historia de su robo a dos días: uno de 1977, uno de alguno de los años por venir.

 

 

 

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