Cuanto más aislados están los hombres más se parecen,
cuanto más se parecen más se detestan
y cuanto más se detestan más se aíslan.
Tiqqun, Teoría del Bloom
Cada vez que uno regresa a la Ciudad de México después de estar en algún país europeo reencuentra algo tan bueno, o incluso mejor, que los tacos al pastor: la buena educación. Es algo que salta a la vista. Nada más subirte a un pesero recibes los buenos días y cuando te bajas algo así como un “servidos, señores”. Curiosamente, esa buena educación viene casi siempre de aquellos que apenas han recibido educación ilustrada: la señora del mercado, el barrendero, el conductor del transporte público o el mendigo que te bendice. Esos que Renata Salecl, filósofa, socióloga y teórica jurídica europea, olvida casi por completo en su muy vigente libro Maleducados. Típico error de teórico que habla de la actualidad como si fuese solo una (la suya, claro está), mientras el resto del mundo, una inmensa mayoría de pueblos que desconocemos, quedan relegados a las tragedias y barbaridades que los medios de desinformación masiva nos cuentan. Para bien y para mal, estamos frente a un libro hecho de columnas sueltas y reescritas, así que es normal que deje unas cuantas excepciones en el tintero.
Maleducados, sin embargo, merece nuestra atención por varias razones. Primero, porque es inevitable no leer tan acertado título como algo que nos incumbe. Me refiero a que el libro únicamente se puede entender porque habla de nosotros. El estilo global de Trump, que consiste en ostentar sin vergüenza alguna su desprecio hacia los otros, solo es un epítome del descaro general que se vive en este capitalismo tardío. No olvidemos que, así como los poderosos bombardean impunemente países exangües, los consumidores medios cancelan a cualquiera que no sea nadie importante o que haya caído del lado del Mal. El escenario neoliberal, profundamente americanizado, que Salecl describe desde la Europa socialdemócrata, ciertamente no es del todo alentador: individualismo, explotación laboral, depresión, miedo… Lo que la psicoanalista francesa Colette Soler llamó narcinismo aparece en estas páginas como el pegamento global que une a la clase media “aspiracional” con sus líderes, sean políticos, artistas, influencers o expertos de todo tipo. Un ensimismamiento en red que amenaza la vida misma al tiempo que, paradójicamente, le otorga una aparente coherencia al mundo. Seas quien seas, si todo es sentido e interpretación, si las agendas están repletas y el tiempo libre se utiliza para reafirmarnos, ¿cómo la informalidad, la desatención, la mala educación no van a ser una constante? De hecho, ser arrogante, impaciente y tener ambiciones desmedidas, nos dice Salecl, es hoy en día señal de éxito, algo que enorgullece al ciudadano medio. Igual que no contestar el teléfono, tardar mucho en responder un correo electrónico o simplemente ignorarlo. Esto hace que el empleado medio se sienta, de algún modo, un jefe. O que, al ser fácilmente reemplazable, termine haciendo lo mismo con un amigo, un ligue o una pareja. Optimizar, se decía antes en Tinder: no perder demasiado tiempo en pasar de un match a otro.
Si la palabra amable comparte la misma etimología que la palabra amante es porque, para tener un detalle con alguien o ser hospitalario con opiniones ajenas y radicalmente distintas a las que uno profesa, más que una buena educación, con títulos y premios incluidos, es necesario dirigirnos al otro a partir de algo que nos falta, que no concuerda, que falla. Más que ser correcto se trata de la capacidad de generar una atmósfera de encuentro. Podríamos incluso decir que la amabilidad es la antesala del amor. Como decía Roland Barthes en su precioso ensayo Fragmentos de un discurso amoroso: “El gesto amoroso es un suplemento de lenguaje, algo que actúa allí donde la palabra no puede decirlo todo.” Y no poder decirlo todo nos obliga a atender la presencia analógica, la escritura del cuerpo y el tono de la voz que pone en duda tantos supuestos saberes. Nos obliga a hacernos cargo de lo que decimos, a jugar con ello, a poner en riesgo nuestras palabras. Es posible entonces que la mala educación, que Salecl va desgajando en cada aspecto de la vida moderna, sea estructural, un producto de una sociedad profundamente revisionista que no soporta la espontaneidad, el inconsciente, el vacío que constituye la fuerza del lenguaje; de un sueño, del amor que, según Cortázar, es como un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.
Todo lo que hoy nos divide en dos o es inútil debe esconderse con vergüenza o enlazarse al éxito multitudinario para que quede absuelto o neutralizado. Pensemos en la pobreza, lo indígena, la mística, lo latino… solo funcionan en la maquinaria neoliberal cuando se transforman en un show lucrativo y adoptan un diseño trendy. También la desgracia, la marginalidad, la vulnerabilidad o la condición de víctima: lo que vende es su conversión en concepto, como bien señala Salecl, su imagen enganchada a un reconocimiento con sellos. La amabilidad, en cambio, te exilia de la seguridad que otorgan los protocolos. Si un empleado público en Europa decide saltarse las reglas y hace una excepción contigo, porque tu desesperación lo ha conmovido, te habrá salvado la vida, pero probablemente ni el Estado ni su actual franquicia, la doxa social, se lo perdonarán. Un acto semejante lo expone además a que el favorecido vaya a creer que el que lo atendió desea algo de él… ¡Vaya escándalo! En resumidas cuentas, en un mundo donde las estrategias identitarias priman, la buena educación puede irse directamente al vertedero de la historia. Pero no solo eso, lo que Hannah Arendt describió como banalidad del mal significa también que el siguiente en torturarte ni siquiera será un gran malvado tipo Netanyahu, sino un funcionario cualquiera.
Es curioso cómo, a pesar del profundo malestar que describe en el corazón del mal llamado “primer mundo”, la autora no deja de caer en tantos lugares comunes. Los malos son Trump y Orbán; nunca Obama, Kaja Kallas o Pedro Sánchez. Como si el liberalismo no tuviese nada que ver con esas formas de control absoluto que ella describe. También llega a cantar aquella vieja canción de que es imposible practicar el psicoanálisis en regímenes totalitarios. La ironía es que actualmente uno de los más graves asedios al psicoanálisis no se está dando en Venezuela o en Cuba, sino en la Francia de Macron. Porque si hay algo profundamente rechazado en este fanatismo secular del mundo moderno, que se analiza con detalle a lo largo de Maleducados, no son los derechos humanos con los que los políticos llenan sus discursos una y otra vez, sino lo que Freud llamó el inconsciente. La misma Salecl pone en cuestión que podamos aún hablar de democracias en Europa si nada parecido a lo real existe. Y aquí vuelvo a México y a la resignada amabilidad de los hijos de las tradiciones anteriores al auge de la Ilustración, aquellos desheredados de los que hablaba François Cheng, amigo de Lacan, más pegados al sufrimiento, a los duelos y, por lo mismo, a los sabores inauditos del azar que a cualquier forma de estratégico nihilismo.1
Hace unos días una artista española me contó que, cuando daba clases en la universidad, todos los viernes saliendo del trabajo se iba a un cine de Madrid donde su marido la esperaba con unos bocadillos para acompañar las películas que veían cada semana, religiosamente. Un día su marido falleció, súbitamente. Meses después volvió al cine donde, al enterarse del deceso, la mujer de la taquilla paró la venta de entradas para llamar al resto de los empleados, que la fueron abrazando uno por uno. El encargado del cine también salió y quedó tan consternado con la noticia que le dijo que a partir de entonces podía entrar gratis al cine cuando quisiese. Eran los finales de los noventa y lo que más me gustó de esta emotiva anécdota fue su final: “En ese momento sentí que la humanidad volvía a nacer de nuevo”, me aseguró. Efectivamente, la grosería generalizada de la que habla la autora de Maleducados es el primer tramo de la muerte de lo humano, un síntoma de no poder perdonarnos quizá todo lo que no hemos dejado que ocurra entre nosotros. ~
- “Vengo de lo que antaño se llamaba el ‘tercer mundo’. Entonces formábamos la tribu de los condenados, de los eternos cuerpo y corazón rotos, portadores de sufrimiento y de duelos, tan poco consentidos que la menor migaja de vida era recibida por nosotros como un don inesperado. Como desheredados que éramos, teníamos motivos para profesar un amor infinito a la vida, ya que de la existencia habíamos bebido toda el agua amarga, pero también habíamos probado, alguna vez, sabores inauditos. Nosotros, pues, que rechazamos cualquier forma de nihilismo, decimos sí al orden de la vida” (François Cheng, en Meditaciones sobre la belleza y la muerte, Madrid, Siruela, 2025, p. 138). ↩︎