Fotografía: Twitter / Ediciones Era

El guardián del silencio

No solo un lúcido poeta, sino también espléndido lector fue Antonio Deltoro. En este fragmento de “El guardián del silencio”, publicado en el número 208 de la revista Vuelta de marzo de 1994, se percibe su concepción del quehacer poético, una apuesta tan vital como valiente del arte verbal, que resulta incluso más pertinente en nuestros días.
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Siempre he pensado que a diferencia de la prosa, que tiende a ocupar todo el espacio, el verso, por naturaleza, requiere que a sus lados crezca una zona de silencio. El verso, los versos, nacen de los trechos mudos, de los despalabrados, de los que punzan al pasmo.

Creo en las propiedades curativas y trasmutadoras del lenguaje. Desde muy pequeño, cuando estoy nervioso o adolorido repito unos cuantos versos y me voy introduciendo en otro estado; me mudo a otras partes; la realidad, mi realidad, se transforma: soy otro. Estos versos han ido variando y se han ido ensanchando: son mi tesoro esencial: Machado, Paz, san Juan, fray Luis, Garcilaso, Guillén, etcétera. Auden decía que el poeta es un enfermero; san Juan lo fue, antes de fraile o poeta, en el más literal de los sentidos. En consonancia con lo anterior, para Lezama “la poesía no es sino la figuración musical de la bondad”.

Si tomamos en cuenta la gran cantidad y calidad de la poesía que tenemos a nuestras espaldas, aparentemente resulta absurdo escribir; lo natural es leer. “En el convivir se completa el vivir del individuo”, decía Ortega, pero también nuestro vivir individual enriquece el convivir. Escribimos porque queremos que nuestro tiempo único y concreto no pase sin dejar huella, sin sumarse al caudal de los otros; pero también porque sin nuevas aguas las aguas de la poesía se estancarían. Leer es releer; releer es moverse con respecto de otras lecturas anteriores; parte de este movimiento lo constituyen los libros que leemos entre una relectura y otra: leemos a fray Luis desde Borges; a Garcilaso desde Paz. Escribir es reescribir, es necesario que se siga escribiendo para que la poesía no se congele, no se vuelva manual ni biblia, repetición mecánica ni retahíla beata y formal. El poeta introduce la tierra, el fuego, el aire y el agua a las palabras y a la época que le tocó vivir, pero también su época y sus palabras a los cuatro elementos de siempre.

En la vida diaria nos amurallamos para que no nos hagan daño y suponemos que a nuestro alrededor los hombres y las cosas están anestesiados, cuando no muertos. El poeta, los poemas, combaten esta ficción; en realidad todo está prodigiosamente vivo. Uno de los libros que más me gustan es Maravilla del mundo, una selección de lo que ahora llamaríamos poemas en prosa de fray Luis de Granada, hecha por Pedro Salinas. En este libro se canta con igual atención y entusiasmo las cosas grandes y las pequeñas. Yo sería partidario de una religión que no resaltara unas cosas en detrimento de las otras, de una religión horizontal, que no hiciera distinción entre el torrente y la gota, entre la fogata y el cerillo, entre las criaturas y su creador; que cantara la simultaneidad; que restituyera a todo la dignidad de lo enigmático y su calidad milagrosa.

Cercado por acontecimientos cada vez más rápidos, el hombre actual es incapaz de quedarse en nada. El poeta debe intentarlo; debe intentar detenerse para oír por debajo de los cambios un tiempo más hondo y verdadero: suyo, del cosmos y de la especie. Las fechas las colocamos a destiempo, vienen de afuera, de otros, de un tiempo no vivido.

Para Bachelard, “imaginarse un mundo es sentirse responsable, moralmente responsable de dicho mundo”. Los ojos del poema son los del descubrimiento, los de la trasmutación, no los del hábito ni los de la convención.

En el barullo de la época solo haciendo silencio, separando, creando nuevos espacios se puede aspirar a cultivar esa pasión por la metamorfosis que, para mí, distingue al poema. El poema crea su soledad, su silencio. ~


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