Antes que cualquier plano o edificio, la arquitectura es una conversación. Una conversación con el tiempo, con la ciudad, con los otros. Viaje al corazón del proyecto. Obra temprana de Agustín Landa Vértiz, de Pablo Landa, parte de esa premisa y la despliega con una sensibilidad poco común: la conversación íntima entre un hijo y su padre como forma de construir memoria arquitectónica.
Agustín Landa Vértiz (1951-2015) es una figura clave para comprender la arquitectura mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Arquitecto y docente, su trayectoria está estrechamente vinculada a la formación de generaciones y a la consolidación de una manera de entender el proyecto arquitectónico desde una responsabilidad social clara, atenta al contexto urbano y a las condiciones materiales de la ciudad. Su participación en los años formativos de la Escuela de Arquitectura de la Ibero –entonces asociada con la Facultad de Arquitectura de la UNAM– y su obra construida lo colocan como un referente indispensable para entender una tradición arquitectónica que concibe el diseño como un acto ético y colectivo.
El libro pone especial atención en su obra temprana, y esta decisión resulta fundamental. Separar la obra inicial de la obra de madurez permite comprender el origen de una mirada: el momento en que se forman las intuiciones, los métodos y las preguntas que acompañarán toda una trayectoria. En esos primeros proyectos –vinculados principalmente a vivienda, equipamiento y obra pública– aparecen ya con claridad los fundamentos de una manera de hacer arquitectura: la atención al sitio, la comprensión del clima y los materiales, la relación entre espacio y vida cotidiana y una preocupación constante por lo social.
Más que presentarse como una cronología exhaustiva, la obra temprana aparece en el libro como un campo de exploración colectiva. Los proyectos de ese periodo –que comprende los años sesenta y setenta– permiten ver a un arquitecto joven aprendiendo desde la obra, ajustando decisiones en el proceso constructivo y dialogando de manera constante con otros: colegas, maestros, ingenieros, albañiles y usuarios. La arquitectura no surge aquí como un gesto individual ni autoral, sino como un trabajo colaborativo, construido a partir del intercambio, la discusión y la experiencia compartida. En ese entramado se va formando una manera de proyectar atenta al contexto urbano y a las condiciones reales de producción.
Esa exploración está profundamente anclada en la experiencia directa de la obra y de la ciudad. Agustín recuerda haber visto en construcción prácticamente todas las obras en las que su padre –el arquitecto Agustín Landa Verdugo– participaba: la Fábrica de Billetes, los Laboratorios de Hacienda, la Comisión de Libros de Texto Gratuito, unidades habitacionales, el Hospital 20 de Noviembre y las clínicas del ISSSTE. Más que una enumeración, el recuerdo da cuenta de una forma de aprendizaje basada en el recorrido y la observación constante: “En un día visitábamos una tras otra.” La ciudad y la obra se convierten así en una escuela paralela, recorrida desde la infancia, donde el proyecto se aprende caminándolo.
Estas experiencias no solo forman una memoria personal, sino que delinean una manera de entender la arquitectura como práctica situada. La obra temprana de Landa Vértiz se construye en diálogo con instituciones públicas, programas sociales y procesos colectivos, en una ciudad que todavía permitía el contacto directo entre proyecto, construcción y uso. Las visitas reiteradas a hospitales, unidades habitacionales y edificios públicos aparecen como parte de una continuidad: la arquitectura entendida como servicio, como infraestructura de lo cotidiano y como trabajo necesariamente compartido.
Otra capa es la capa urbana, donde vemos a una ciudad que crece, se transforma y a veces se desborda. En la voz de Landa Vértiz aparece el México en el que se abrían avenidas, se construían conjuntos habitacionales, se experimentaba con nuevos programas de vivienda y equipamiento, y se discutía activamente cómo debía crecer la ciudad. Esta memoria oral se convierte así en un testimonio de época: una forma de leer la historia urbana desde quienes estuvieron ahí, proyectando y construyendo, pensando la ciudad desde la práctica cotidiana y desde la responsabilidad pública del oficio.
Hay también una capa profesional y proyectual, que atraviesa todo el libro. Viaje al corazón del proyecto permite entrar al taller de Landa Vértiz, a su manera de pensar y de trabajar, a los procesos que rara vez quedan documentados: cómo se gesta una idea, cómo se dibuja, cómo se revisa, cómo se construye, cómo un arquitecto joven va encontrando su lenguaje. A través de los relatos y del material visual –dibujos, fotografías y documentos– asistimos al surgimiento de un método y de una mirada que no solo marcaron su obra temprana, sino que influyeron de manera decisiva en su forma de enseñar y, con ello, en toda una generación.
Es desde ahí que emerge este libro. Pablo Landa –historiador, investigador y escritor, además de hijo de Agustín– realiza un gesto profundamente generoso: recuperar, ordenar y compartir una memoria oral que, de no ser sistematizada, corría el riesgo de perderse. En ese gesto se construye un puente entre lo íntimo y lo colectivo. La historia familiar se vuelve historia profesional; la anécdota se vuelve contexto; la voz de Agustín se convierte en eco de una generación de arquitectos y docentes que contribuyeron a formar una manera de pensar la arquitectura en México.
El libro está construido por capas.
La primera es la capa humana, la más cercana: la conversación entre padre e hijo. En ella aparecen la risa, la duda, el recuerdo preciso y el recuerdo borroso; la emoción de quien revive momentos decisivos y la serenidad de quien los observa desde la distancia del tiempo. Esa cercanía se manifiesta cuando Agustín recuerda su formación en el taller como un espacio abierto y colectivo: “Las clases eran abiertas […], podías oír lo que el maestro le decía a cada uno.” El taller no era solo un espacio académico, sino un lugar de vida: “Dormíamos ahí, vivíamos ahí, entre las maquetas.” La arquitectura aparece así desde el cuerpo, la permanencia y la convivencia prolongada.
La segunda capa es la académica y formativa, marcada por un momento histórico decisivo. Las huelgas de 1968 provocaron la salida de numerosos profesores de la Escuela Nacional de Arquitectura y su llegada a la Ibero. Ese desplazamiento configuró una escuela exigente y estimulante, donde la presencia de maestros como Carlos Mijares, Rafael Mijares o Carlos González Lobo consolidó una atmósfera de rigor y compromiso. Pero junto a la docencia aparece con fuerza la dimensión colectiva de la formación: la construcción de equipos de trabajo, amistades e intereses compartidos. Estudiar arquitectura significaba también ir juntos al cine, a exposiciones, a conciertos, gastar el poco dinero disponible en libros y construir una vida cultural común.
A esta se suma la capa urbana y material, atravesada por una memoria sensorial precisa: los olores del ladrillo y de la mezcla, el frío de la obra, la cal recién aplicada que “huele a fresco”. El conocimiento técnico se transmite como saber encarnado: impermeabilizar con jabón hervido, mantener los muros con cal y alumbre, entender cómo va quedando una obra. “El saber cómo va a quedar la obra […] es el sentimiento de ir descubriendo algo que ya conocías.” La arquitectura se aprende con las manos, con el cuerpo y con el tiempo.
Está también la capa proyectual, donde emerge una noción presente en todo el libro: el “corazón del proyecto”. Más que un concepto abstracto, se trata de una pregunta persistente: ¿qué espacio articula una obra y le da razón de ser?, ¿qué idea organiza sus partes y la vuelve habitable? Esa pregunta, trabajada tanto en la práctica como en la docencia, explica por qué la obra temprana sigue siendo relevante: porque el proyecto no se impone al lugar, sino que dialoga con él.
Finalmente, aparece la capa editorial, indispensable para que todo lo anterior sea posible. El trabajo de Pablo consiste en sistematizar: recuperar archivos personales, ordenar cronologías, contextualizar proyectos, seleccionar imágenes e hilar conversaciones. Lo que podría haberse quedado como un conjunto disperso de recuerdos se convierte en una narración clara, profunda y accesible, que permite entender el proyecto arquitectónico como un territorio donde se entrelazan afectos, técnica, historia y ciudad.
Por todo ello, Viaje al corazón del proyecto es también una lección sobre cómo se construye memoria en arquitectura. La sistematización del conocimiento aparece aquí no solo como tarea académica, sino como un acto de cuidado: cuidar la memoria de una persona, de una escuela, de una ciudad y de una manera de pensar el proyecto.
Leer Viaje al corazón del proyecto es reconocerse en distintos espacios y momentos: en la escuela, en la ciudad, en el proceso de aprender y de hacer arquitectura. En sus páginas, la memoria oral se convierte en una herramienta crítica que permite comprender no solo una trayectoria individual, sino una forma colectiva de pensar el proyecto, la docencia y la responsabilidad social del diseño. Este libro no clausura una historia; la abre. Y al hacerlo, se vuelve una referencia imprescindible para quienes buscan entender de dónde proviene –y hacia dónde puede dirigirse– una manera de hacer arquitectura atenta al contexto, a las personas y al tiempo. ~