En la alcaldía

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Es muy humano que el cine muestre una cierta tendencia municipal en sus argumentos, reflejando lo más próximo, lo perentorio: las riñas en la comunidad de vecinos, el taconeo de la señora elegante del piso de arriba, los porteros metomentodo, el ascensor bloqueado, las bolsas de basura que gotean, el alumbrado débil en la vía pública, el mal estado del firme al cruzar de acera. Todo eso y alguna otra carencia o necesidad nos lleva irremediablemente a los ayuntamientos, donde están las personas que rigen nuestra vida inmediata, la parte más prosaica pero menos banal del mundo de lo real. Al acabar Los consejos de Alice (es decir, Alicia y el alcalde, si traducimos literalmente el título del filme de Nicolas Pariser) recordé dos películas municipales que me gustaron mucho, aunque la lejanía temporal del momento en que las vi no me permita recordarlas más que a grandes rasgos: la primera es El alcalde, el escribano y su abrigo de Alberto Lattuada, una comedia de 1952 que me deslumbró cuando, viviendo yo unos meses en Venecia a finales de los años 1990, la rai la pasó en unos programas diarios de pomeriggio, una especie de “Cine de barrio” a la italiana. El filme de Lattuada, premiado en Cannes y adaptado (por Zavattini entre otros) de la novela corta de Gogol El abrigo, hacía un examen amablemente sarcástico de la burocracia consistorial en una lograda pieza de lo que un conocido estudioso llamó “neorrealismo fantástico”. Más elíptica aunque también cáustica en su tratamiento de la política local socialista era la segunda, El árbol, el alcalde y la mediateca, título con el que Éric Rohmer interrumpió en 1993 su serie de “cuentos de las cuatro estaciones”. Un amigo que en su voracidad cinéfila no desdeña el trash nacional me informa de dos producciones de los años setenta, Alcalde por elección y El alcalde y la política, la primera dirigida en 1976 por Mariano Ozores y la segunda, tres años después, por Luis María Delgado, ambas con el omnipotente protagonismo de Alfredo Landa. No las conozco, pero hasta mi amigo el degustador de cine basura me dice que no me pierdo nada.

De alcaldías, de partidos políticos y de maquinarias electorales trata la estupenda Los consejos de Alice, que, además del surco rohmeriano, tiene la coincidencia, tal vez no casual, de contar como la citada película de Rohmer con el gran Fabrice Luchini, aquí coprotagonista al frente de un reparto muy distinguido, más por calidad que por renombre, en el que destacan Léonie Simaga en el papel de la factótum desplazada, Thomas Chabrol (hijo del cineasta de la nouvelle vague y de Stéphane Audran) en una breve pero inolvidable intervención como avieso fontanero de vanguardia, y la Alice del título Anaïs Demoustier, que a mí, aficionado a sacar parecidos físicos entre las personas, me recordó durante toda la proyección a mi querida Ángeles González Sinde, una mujer de la palabra escrita que aceptó la llamada de la acción gubernamental, como en el filme lo hace Alice, intelectual de la filosofía atraída, con distinta función y rango, por el torbellino de la política ciudadana.

Nada sabía yo de Pariser antes de esta su segunda película, que tiene, además del elenco de actores, un elemento más a su favor, la ciudad de Lyon donde transcurre: una gran urbe entre ríos, monumental y burguesa, con una arquitectura decimonónica de gran porte animada por sus periferias, que albergan desde la mansión de los Hermanos Lumière donde nació el cine a la Ciudad Industrial de Tony Garnier y otros arquitectos racionalistas. Sobre ese rico decorado natural y con su gran conjunto actoral, Pariser elabora una fábula contemporánea, muy hablada, muy veloz y muy elegante, aunque quizá sin la alacridad del maestro Rohmer, que se hace notar sin embargo como modelo post mortem. La frenética danza que se desarrolla en los despachos del ayuntamiento donde la joven filósofa ha de proporcionar ideas a un gran político exhausto e inseguro aunque nada tonto tiene el contrapunto del marivaudage erótico, un componente que también proviene, por supuesto, del universo del autor de Pauline en la playa o Mi noche con Maud. Esas dos corrientes fluyen muy armoniosamente, uniéndose con gran sagacidad la parte frívola de los galanteos con el registro civil de la autoridad competente. Y es un acierto el final, que no contaremos del todo. El suspense de la candidatura presidencial se mantiene debidamente, y tres años después llega el epílogo, tan sucinto como enigmático. ¿Quién es el padre del hijo que Alice ha tenido, quizá como logro mayor o legado de una historia que trata de las aspiraciones, las ambiciones y el fracaso?

Me pregunté a la salida del cine, puesto ya a explorar la municipalidad cinematográfica, si esta película podría haber sido posible en España. Las conspiraciones y los enredos no son distintos en las altas esferas, estemos en el centro de Francia o en el noreste de España. Un factor cambia. El idioma, y no me refiero a las palabras dichas. Pariser puntea su guion de citas y de bons mots, en un ejemplo de cine bien hablado pero no literario. Y qué bien se expresan todos, sin impostar. Actores buenos, tan dotados como los de Rohmer y los de Pariser aquí nos sobran. Lo que nos falta aquí es el patrón del político culto y elocuente, trapacero quizá como los que aparecen en Los consejos de Alice pero más ligero, más relajado. El reflejo que el cine francés da de su país es otro, tal vez porque el espejo de lo real español tiene más de esperpento que de vodevil. ~

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