José Calafell es una de las mayores voces de la industria editorial en español de las últimas décadas. Actual director para América Latina de Grupo Planeta, ha dedicado su vida al libro, a encontrar nuevas plumas, a llevar la literatura a la mayor cantidad de lectores posible. En esta conversación con León Krauze, Calafell habla de la situación del libro y la lectura en un presente lleno de predicciones apocalípticas; ofrece un panorama de lo que se escribe y se lee en Latinoamérica, del trabajo del editor, de lo que implica ser escritor y del lugar que la inteligencia artificial tiene en el panorama literario.
Has sido muy enfático al rechazar la idea de que cada vez se lee menos. Desde tu mirada que cruza España y América Latina y los años de experiencia que ya tienes, ¿cuál dirías que es el mapa real de la lectura en español el día de hoy?
Las cifras con las que se habla del apocalipsis de la cultura vienen de encuestas, no de los datos duros de mercado como los que nosotros tenemos: cuántos libros se han vendido. Es cierto que tampoco tenemos toda la verdad en nuestra mano, porque no todos los mercados del mundo están medidos, pero los grandes países y mercados editoriales sí están contabilizados. En América Latina está contabilizado perfectamente el mercado mexicano, el colombiano, el argentino, el brasileño y el mercado de lengua española en los Estados Unidos de América y Puerto Rico.
¿De todos esos en cuál se lee más?
En el brasileño. Pero si quitamos la variable de la demografía –la cual hace que el mercado brasileño requiera un análisis aparte–, el mercado argentino y el mexicano han sido muy similares en una visión de largo plazo. Argentina ha pasado y sigue pasando por una crisis económica terrible y por efectos inflacionarios brutales, por lo que su venta de libros, que solía ser similar a la de México, ahora está bastante por debajo.
Que fuera similar ya te daba un dato importante, porque la población de Argentina es un 40% de la población de México. Pero hoy en día la venta de libros es mucho mayor en México. Durante la pandemia, hasta 2021, el mercado cayó. Pero a partir de 2022 ha tenido una recuperación espectacular. A principios de 2023 salió un reportaje que pasó bastante desapercibido donde se decía que, de todos los países de la OCDE, México era el que más había crecido en la venta de libros. Y fue un 15%. Si le descuentas la inflación, el crecimiento real fue por encima del 10%.
¿Cómo lo explicas?
Hay muchos factores. Uno difícil de contrastar es que la pandemia puso en valor el libro de una manera espectacular. Quedó claro que necesitamos espacios de reunión, reflexión, transmisión de conocimiento, y que cuando esos espacios se nos cierran (eventos, cines, conferencias, festivales) recurrimos a lo que hemos tenido siempre: el libro.
A mí esa variable me parece fascinante, porque otra de las narrativas fatalistas es que el libro como objeto está dejando de importar.
Es absolutamente falso que el libro físico esté perdiendo su valor frente a todas las alternativas de audiolibro, libro electrónico, etc. En mercados plenamente desarrollados como el alemán, la venta del libro electrónico es del 5%. No estamos hablando de la mitad ni del 40%. Además, ese 5% no se alcanza todavía en México.
Hay países en donde la cultura de la librería está claramente más arraigada. En Argentina, por ejemplo, es clarísimo. ¿Qué tan importante es la librería como espacio físico para la supervivencia del libro como objeto? ¿El universo virtual llena un hueco que termina por beneficiar el hábito de la lectura y la compra de libros?
El comercio electrónico es y ha sido fantástico como complemento y factor de crecimiento del mercado. Pero desde luego que no sustituye en absoluto a la librería física, la de toda la vida; la librería como experiencia, un espacio en el que se comparte y dialoga. Durante la pandemia el mercado en México cayó más que en el resto de países de América Latina. Y donde menos cayó el mercado, a pesar de la situación económica por la que pasaba, fue en Argentina. ¿Por qué? Por las presencias de las librerías de calle, de barrio.
En México cayó terriblemente el mercado porque estamos perdiendo esa librería de barrio. El proceso de destrucción de las librerías en México ha sido y sigue siendo terrible. Hoy hay cadenas de librerías muy buenas –por cierto, las mejores de América Latina–, pero la librería independiente, la pequeña sucursal en México prácticamente está desapareciendo. Esto no se debe exclusivamente al fenómeno del e-commerce. Hay otros factores, incluso fiscales, muy importantes. El mercado español es el que más está creciendo y una de las razones importantes, más allá de que la economía española también está creciendo sobre todo comparada con la francesa o la alemana, tiene que ver con que hay un ecosistema fantástico de librería independiente, cadena de librería, e-commerce y venta de libro electrónico. Ese es el esquema ideal: tener todas las opciones.
Recorriendo la historia de la literatura latinoamericana en el siglo XX, pienso ahora en las voces más relevantes y qué están escribiendo. Esas voces latinoamericanas que nos entusiasman ¿con qué realidad latinoamericana están dialogando en sus obras?
Hay muchos espacios geográficos diferentes en América Latina con problemáticas diferentes. Está el espacio de la frontera con autores que escriben tanto del lado de México como del lado de Estados Unidos, en español; tienen un escenario complicadísimo y con pocos visos de mejorar en el corto plazo. Ahí hay una creación literaria sumamente interesante. En Chile ahora se ha vuelto a abrir esa tremenda herida entre la izquierda y la derecha, el progresismo y el conservadurismo, los derechos de las minorías, de la migración y eso también genera obra literaria. Colombia es un país que ha estado y sigue sometido a procesos de violencia terribles, ahí hay una literatura. Ahora mismo estoy empezando a leer la nueva novela de Mario Mendoza La hora de los lobos y es eso precisamente. Hay grandes novelas colombianas que tienen que ver con el proceso del sicariato. Y no solamente Vallejo con La Virgen de los sicarios, sino autores bastante más cercanos que narran esos procesos de captación de los cárteles y los grupos criminales de la gente joven.
Hay muchas realidades en América Latina, desgraciadamente todas son tocadas por una constante que es la violencia. No necesariamente la precariedad, porque esta se vive diferente del río Bravo a la Patagonia. Pero la violencia sí es una constante.
¿Qué otra característica de América Latina emerge de su literatura?
Una riqueza y una diversidad impresionantes. Salvo los grandes nombres de la literatura latinoamericana, nos leemos muy poco entre nosotros. Tiramos más hacia España y, ya no se diga, hacia Estados Unidos. Entre nosotros nos leemos poco, pero yo creo que cada vez nos leemos más y cada vez nos leeremos más. El que una autora colombiana venga a la Feria de Guadalajara y te llene un salón de quinientas personas, eso no se veía nunca. Yo jamás me lo hubiera imaginado a finales de los años noventa, cuando empecé en esto.
En Estados Unidos el editor es una figura importantísima a la que se le respeta, se le escucha. Me parece que en español, no sé si por el ego, no sé por qué, hay una relación a veces hasta como de recelo. Idealmente, ¿qué debe hacer el editor y cómo debe ver el escritor a su editor?
Es una relación, digamos, de dos partes donde cada una tiene su responsabilidad, pero donde el complemento es absolutamente necesario. Es verdad que esto varía en las tradiciones. Tú hablabas de Estados Unidos, pero en Francia las editoriales son incluso lugares sagrados, los autores entran a la editorial casi de rodillas. Acá no es así en absoluto, pero sí es verdad que un buen editor tiene que ser una figura activa, no una figura pasiva. No alguien que reciba un texto para hacerle corrección ortotipográfica y lo saque al mercado. El editor hoy en día no puede jugar ese papel. Tiene que leer de una forma activa, tiene que proponer, tiene que temperar al autor que quiere ver su libro publicado mañana o por el contrario tiene que arrebatarle el manuscrito al autor. El gran escritor es muy inseguro, en el buen sentido. Como sabe que está diciendo grandes cosas, o lo sabe inconscientemente, siempre un minuto más es un minuto para hacer una corrección. Entonces, claro, llega un momento en el que el editor debe tener la confianza, la autoridad, para arrebatarle el manuscrito. Esa relación se construye con el tiempo, pero tiene que partir de un escenario inicial de mutua confianza. Si el autor no tiene confianza en su editor, no hay nada que hacer. Pasa mucho, se publican muchos libros en los que el autor no le dejó al editor tocar ni una coma.
Y se nota en detrimento del libro, en mi opinión.
Definitivamente, porque también hay muchos casos en los que el editor tiene que ser lo suficientemente maduro para decir: a esto no le toco absolutamente nada, mi contribución está en asegurar que esto es perfecto tal y como está.
Tú has tenido el privilegio de ser editor de algunas de las grandes plumas de la literatura en español. ¿Qué tienen en común los grandes escritores, las grandes mentes literarias? ¿Disciplina, una relación muy suya con el lenguaje, una obsesión, una mirada distinta?
Todo eso que dices y alguna otra cosa: una curiosidad infinita. Es decir, un deseo de ir descubriendo, a través de lo que emana de su mente y de su pluma, el mundo. Son personas que no tienen un concepto finisecular de las cosas, que no creen que ya está todo dicho o escrito. El gran autor sabe que va a volver a incidir sobre los grandes temas de la humanidad y, sin embargo, incide. Lo cual requiere obsesión, disciplina, persistencia, humildad. Esa es otra variable muy importante. Podrá no parecerlo en muchos casos, pero siempre detrás de una gran autora y un gran autor hay una profunda humildad. Creo que el punto de quiebre que construye una relación sólida entre editor y autor es cuando el escritor expone la humildad intrínseca que lleva dentro. Quizá no lo haga nunca con el lector, y está bien; pero con el editor llega un momento en que dice: me puedo equivocar y esto puede estar mal escrito y esto puede ser reiterativo y esto puede no ser relevante.
Me interesa mucho tu postura frente a la inteligencia artificial. Has sido muy claro al decir que, al menos para ti, no tiene cabida en el proceso editorial. Y yo supongo que en el proceso literario tampoco. La inteligencia artificial ¿puede ser un copiloto o no tiene cabida en la creación y edición literaria?
Desde luego que no solo puede ser un copiloto, sino que ya lo está siendo y eso ya es absolutamente imparable. Donde yo creo que no tiene cabida la inteligencia artificial es en la creación literaria desde la mente humana. Es decir, si yo escribo una novela sobre relaciones, estoy hablando desde mi experiencia humana, desde aquello que me hizo vibrar, sentir, y creo que por eso tiene valor. ¿Tú creerías que una inteligencia artificial sería capaz de urdir la historia que explicó Marguerite Duras en El amante? No, cuando Marguerite Duras narra es porque lo vivió, porque con esa piel lo sintió. Yo no puedo creer que algo que no sea una mente o un corazón humano alcance a describir esa experiencia.
Hay libros de muchas naturalezas; libros de no ficción, por ejemplo. Ahí la inteligencia artificial puede ayudar en la comprobación de hechos, en revisar coherencias de planteamiento, cronogramas, incluso vocablos. Pero también entramos en un problema de la lengua, pues las inteligencias artificiales son programas hechos desde una perspectiva anglosajona. Y toda lengua, como sabes, sobrevive en un contexto histórico, moral, ético. La inteligencia artificial nos está llevando al contexto ético y moral de la lengua anglosajona.
Déjame terminar con una pregunta importante. Dale un consejo a ese autor joven que comienza en este universo que puede ser laberíntico. Hay tanto por leer, tanto por escribir, ¿qué guía le ofreces?
Mi primer consejo es que uno tiene que escribir de lo que sabe, de lo que siente, de las vivencias que ha tenido y no las que le han contado. Tiene que ser, en todo caso, sincero. Hay quien tiene más talento de forma natural, pero la práctica definitivamente hace al maestro. Yo daría el consejo de escribir todos los días, que es lo que hacían García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa. Todos ellos con una disciplina específica: a una hora, en un sitio específico. Mi consejo sería: escribe desde tu yo más interno, desde tu sinceridad, y escribe todos los días. No se llega a la gran novela a la primera. Se llega a partir de cuentos, artículos, poemas, de ir avanzando poco a poco. Y casi por arte de magia, los caminos se van abriendo. Va a ser prácticamente imposible que una primera novela escrita de la nada gane el premio literario más importante de todas las lenguas y se publique y venda millones de ejemplares y todo el mundo la conozca. O que no venda, pero que se haga el gran clásico de la literatura. Eso no sucede. ¿Puede haber historias de éxito por ahí? Una entre millones.
El segundo consejo sería ese: escribir y escribir; escribir todos los días. Y el tercero, compartir. ¿Con quién? No sé, con alguien a quien se tenga confianza. El maestro del taller, el compañero con juicio, el escritor consagrado, el editor. Pero compartir y escuchar. Ese compartir también implica leer, siempre estar leyendo a alguien. Yo no concibo al escritor que no lee.
El libro une como muy pocas cosas. El otro día leí una frase que me gustó mucho del cineasta Steven Soderbergh: “El arte del futuro va a ser el arte imperfecto.” Lo que vamos a valorar en el futuro, estoy convencido, es aquello que nace de la imperfección humana. Los algoritmos y todo lo demás serán fantásticos para veinte mil funciones, pero no para compartir la experiencia humana y unirnos a partir de ella. Para eso están otras cosas y, entre ellas, el libro como ninguna. ~