Fidel, el redentor titánico

Lo que ha sucedido en Cuba después de Fidel es inseparable de los relatos forjados a lo largo de las décadas. Una nueva biografía del dictador y una investigación sobre la violencia estatal en la isla permiten profundizar en un país que necesita recuperar la memoria.
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Sostenía Ernest Hemingway, en una de esas frases que se citan mil veces sin acordarse de su procedencia, que se tardaban dos años en aprender a hablar y sesenta en aprender a callar. Tenía razón. Y algunas personas, me permito añadir, no llegan nunca a conseguirlo. Este fue el caso del dictador cubano Fidel Castro (1926-2016). Habló muchísimo a lo largo de su vida e hizo hablar mucho. Sus largos y frecuentes discursos ante el buen pueblo cubano se han hecho famosos. “Me encanta escuchar a Castro”, le dice André Deveraux (Frederick Stafford) a Rico Parra (John Vernon), ante la posibilidad de asistir al día siguiente a una de esas intervenciones, en la película Topaz (1969) de Alfred Hitchcock, tan injustamente infravalorada. Fidel Castro ya tuvo ocasión de soltar, años antes de la toma del poder, un larguísimo alegato (La historia me absolverá) en el proceso por los hechos del Moncada de 1953. En su intervención en la asamblea general de las Naciones Unidas, en 1960, pronunció un discurso de cuatro horas y veintinueve minutos. Todo un récord en aquel organismo –aunque no el récord absoluto, que ostenta el estadista indio Vengalil Krishnan Krishna Menon, con casi ocho horas en 1957 y una obligada pausa–. No fue, sin embargo, ni mucho menos, la alocución pública más larga de Fidel Castro. Esta tuvo lugar ante el Parlamento cubano, en 1998, cuando peroró durante siete horas y cuarto. Aunque no lo crean o no quieran reconocerlo sus adoradores a uno y otro lado del Atlántico, puede constatarse, sin lugar a dudas, que en sus intervenciones mentía a raudales y a sabiendas. Opinaba y daba lecciones sobre todo; su especialidad era el monólogo, casi nunca el diálogo. Además de mucho hablar, escribió también con profusión, en especial en su vejez, e indujo a que se escribiera copiosamente. El personaje no deja a nadie indiferente.

El historiador italiano Loris Zanatta, especialista en catolicismos y populismos latinoamericanos, en Fidel Castro. El último “rey católico”, un libro cuya traducción al español ha visto la luz en la editorial Edhasa, hace referencia a una “imponente mole de palabras”. Un buen número de ellas estuvieron dedicadas a contar y modelar su propia vida: “Vivió la historia y vivió para la historia: fue por lo tanto el primer historiador de sí mismo.” Precisamente esta, la de una imagen autocreada y el consiguiente papel pretendido de simple ventrílocuo, es una de las principales trampas a las que cualquier biógrafo de Fidel Castro se enfrenta siempre. Zanatta es claramente consciente de la necesidad de marcar distancias, así como de asumir que una parte de los materiales indispensables nunca podrán ser consultados mientras el Estado cubano los tenga bajo siete llaves.

Aunque los trabajos y las biografías sobre Fidel Castro y la dictadura castrista en Cuba no escasean, la obra de Zanatta merece especial atención por sus aspectos novedosos y sugestivos. Uno de ellos es la escritura. La calculada combinación de frases largas y cortas, el uso inmoderado del punto y coma y de los dos puntos y, de igual modo, el juego entre citas textuales y fragmentos parafraseados otorgan a la obra ritmo, nitidez e intencionalidad. A todo ello debe añadirse la pertinencia de los breves pero contundentes comentarios del autor, a veces irónicos, a veces sarcásticos, siempre interesantes, que acompañan las mentiras, las tergiversaciones, las crueldades o los cinismos contenidos en las muchas palabras de Fidel Castro. Silvio Lanaro apuntó, en Raccontare la storia (2004), que el historiador debe plantearse, tanto en términos teóricos como prácticos, el problema de la escritura como elemento constitutivo de la investigación y de su misma articulación conceptual. El autor de esta singular biografía de “El Caballo” –el apodo preferido de los cubanos– lo pone en práctica y acierta con el resultado final.

La obra, que sigue un estricto orden cronológico, está dividida en capítulos cortos, integrados en un total de ocho partes: “El español”, “El revolucionario”, “El redentor”, “El sacerdote”, “El guerrero”, “El mantenido”, “El superviviente” y “El profeta”. El apartado inicial contiene, por ejemplo, veinte capítulos, mientras que cincuenta y cuatro, el final; el cuarto, el más extenso, setenta y cinco. Los hechos o circunstancias que sirven para separar las distintas partes son el asalto al cuartel Moncada (1953), la huida de Batista y la toma del poder (1959), la crisis de los misiles (1962), la gran zafra de 1970, la elección de Fidel Castro como presidente del movimiento de los No Alineados (1979), el caso Ochoa y la caída del bloque socialista (1989) y la visita a Cuba del papa Juan Pablo II (1998). El autor hace un esfuerzo por conseguir un adecuado equilibrio entre las distintas fases de los noventa años del biografiado. A la etapa 1959-1962 se le dedica, lógicamente, una especial atención. A través de una vida excepcional se reconstruye la historia de un país y un tiempo.

La tesis central del libro está bien sintetizada en el título: Fidel Castro como rey católico contemporáneo. Para el autor, el dictador Castro constituye el heredero ideal de los monarcas católicos del pasado hispánico. Su odio a Estados Unidos lo es a los valores y prácticas del liberalismo anglosajón y protestante, pudiendo ser integrado plenamente, en este sentido, en la tradición populista latinoamericana del nacionalismo católico, antiliberal y anticapitalista. Todo lo anterior no significa negar el carácter comunista, sino interrogarse sobre el tipo de comunismo del personaje. Fidel Castro integró la herencia anterior en el nacionalismo cubano de José Martí y la adaptó a la doctrina marxista: “Martí unía Cristo a Marx y ambos a Fidel.” Lo que él denominaba revolución era, a fin de cuentas, redención, tras una suerte de infierno y apocalipsis en buena medida inventados. De ahí la pertinencia de la parábola del pueblo elegido, conducido por el Mesías a la salvación tras la redención del pecado. El pueblo era su pueblo, no todo el pueblo cubano, pero sí el único pueblo, lo que dejaba fuera al no pueblo, a los infieles, que eran excluidos, reprimidos, reeducados, encerrados, esclavizados.

Las bases éticas y materiales del antiliberalismo castrista, asegura Zanatta, coinciden con las de la cristiandad hispánica: la fusión entre política y religión, el rechazo del pluralismo y el corporativismo. Su Estado totalitario estaba más próximo del modelo organicista de los fascismos católicos que del soviético. El individuo se sometía a la colectividad, sobre la que velaba el partido-iglesia, guardián de la fe: “Su mundo era sin individuos, aparte de él.” Cuba se convirtió en una comunidad de fieles. De la lectura del libro emerge una imagen de Fidel Castro como “rey absoluto” y como tirano megalómano y seductor, misionero y asesino.

Loris Zanatta otorga gran importancia a los orígenes de Fidel Castro –el catolicismo de su madre, el campo, el tradicional y atrasado Oriente cubano, una visión maniquea del mundo, un arraigado victimismo– y, sobre todo, a su educación en colegios jesuitas. “Siempre fue fiel a las virtudes del sacerdote-guerrero que aprendió de ellos”, escribe. Este es el origen también de su furioso antiliberalismo. “Su escuela política fue la religión”, apunta unas páginas más adelante. De joven ya destacaban su violencia y espíritu vengativo, su odio a la burguesía, al capitalismo y a la democracia. Aunque se hiciera comunista a su manera, dejando atrás relativamente sus veleidades falangistas y nacional-católicas juveniles, nunca dejó de ser un jesuita. Siempre fue jesuita y comunista, aunque no en el modo marxista, sostiene el autor. El comunismo cristiano castrista debe ser interpretado como fenómeno hispánico y latino. Su moral era la ley, como tuvieron que padecer en sus carnes, entre otros, los homosexuales. Para Castro, enemigo del dinero y del mercado, la economía era una ciencia moral –de ahí, está claro, tanta hambre, tantas penurias, tantos balseros y tanta muerte– y su comunismo era una aplicación personal de los Evangelios, que citaba profusamente. El nacionalismo católico panlatinista era su esencia, mientras que ser filosoviético devenía una opción coyuntural. Fidel Castro fue, por encima de todo, un redentor: del pueblo cubano, del mundo panlatino –la violencia y las guerrillas iban a redimir a América Latina– y, asimismo, del continente negro. Como apunta el autor de esta biografía de “un hombre de fe”, “había una humanidad para redimir, un enemigo para derrotar”.

La argumentación de Zanatta se nos antoja convincente. Las voluntarias repeticiones de algunas ideas y palabras a lo largo del libro (jesuita, monarquía, rey, corporativo, populismo, católico, fe, iglesia, catecismo, moral, redención, pueblo elegido) contribuyen a guiar la lectura. De hecho, en todas partes y en mayor o menor medida, el marxismo y el comunismo se instalaron sobre ideas, tradiciones e identidades preexistentes, estableciendo con ellas, como se diría en una jerga al uso, múltiples relaciones dialécticas. La voluntad de tesis conduce, en alguna ocasión, a forzar un poco las interpretaciones. La parte menos convincente de la obra es, desde mi punto de vista, la de las conclusiones. La comparación entre el Estado castrista cubano del siglo XX y las misiones jesuitas en el Paraguay de los siglos XVII y XVIII resulta ingeniosa, pero quizá necesita más datos y demostraciones para convertirse, como apunta el autor, en iluminante y fulgurante. Esta circunstancia, sin embargo, no desmerece el conjunto de Fidel Castro. El último “rey católico”, ni tampoco a su argumentación esencial. Estamos, en definitiva, ante un libro atractivo, que admite varias lecturas, desde la estrictamente biográfica hasta la que apunta sugestivamente al carácter de rey católico del dictador comunista. La imagen de Fidel Castro, desde el uniforme verde olivo hasta el traje y corbata, terminando con el chándal senil, marcó una época afortunadamente pasada. Fue un personaje titánico, escribe Loris Zanatta. Un redentor titánico. ~

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