Recoge Lévi-Strauss, en su Pensée sauvage, la costumbre de una tribu de Nueva Guinea, los Gahuku-Gama, a quienes los blancos enseñaron a jugar futbol; en efecto, lo juegan, pero con una cierta variante; juegan durante varios días seguidos tantos partidos cuantos sean necesarios para equilibrar exactamente los ganados y los perdidos por cada bando. Transforman así lo que debería ser mero juego en un acto ritual, mediante el cual repiten su visión equilibrada del universo. Pero ¿es que acaso no se actúa exactamente así en los partidos de futbol “civilizados”?
En el futbol, el factor tiempo se toma en cuenta de la misma forma que se hace en la realidad cotidiana: transcurre de la misma manera como transcurre en y para la vida de los espectadores. Coincide, entonces, el tiempo interno del juego de futbol con el externo o tiempo real. En contraste, el tiempo ni siquiera existe en el beisbol; ahí ha sido eliminado, al no tomárselo en cuenta, de tal modo que el beisbol es un juego atemporal, un deporte para el cual el tiempo no trascurre: es algo que queda del otro lado del estadio, creándose entonces una suerte de espacio mágico en el que tan solo existe juego puro, situado fuera del tiempo.
Mientras que, al igual que pasa con el futbol, también en el basquetbol existe el tiempo, lo que significa que se le toma en cuenta a efectos del juego; no es un juego atemporal, como lo es el beisbol. Pero en el basquetbol no es real el empleo del tiempo, sino perfectamente irreal; allí, el tiempo se estira cual goma, distribuyéndose a voluntad, cortándose en rodajas tan finas como se quiera y pueda; deja de ser lo que es en realidad el tiempo, un continuum, el río que fluye, para convertirse en una ristra segmentada de unidades discretas, de diferente longitud. En basquetbol, cúmplese el deseo del poeta (“Oh tiempo, detén tu vuelo…”), pues, en efecto, el tiempo se detiene, una y otra vez, ya que la acción del juego puede suspenderse tantas veces cuanto sea preciso y, al hacerlo así, también se suspende, en el interior del juego y para sus efectos, el paso del tiempo.
De ahí, de esos distintos empleos (y, por supuesto, distintas concepciones) del tiempo, se derivan las diferencias sustantivas, de fondo, entre todos esos juegos.
Quizá en ello resida la explicación de por qué el futbol es probablemente el deporte que más apasiona, en tanto espectáculo, y que arrastra más multitudes en todo el mundo. Porque, al ser real el tiempo en que se juega, se engendra una doble tensión: la del juego en sí y sus incidencias y la de la lucha que se establece contra el paso del tiempo; la segunda es la importante. Todos los juegos generan una tensión, todos son agónicos, en todos combaten dos rivales, pero si en unos hay más tensión que en otros, ello solo puede deberse a que existe una tensión agregada, la del tiempo, que es la que realmente afecta a jugadores y espectadores.
Un partido de futbol es más angustioso y dramático que otro juego cualquiera porque, en él, el tiempo corre paralelo al tiempo de la existencia humana. La pasión que genera el futbol hunde sus raíces en la oculta presencia de la muerte, que está presidiendo todos los actos humanos, cada vez que esos actos se miden con el paso del tiempo. De ahí esas angustias por el final de un juego de futbol; de ahí, también, esa descarga tensional cuando algo ayuda a eliminar la presión del tiempo (por ejemplo, una gran diferencia de goles, prácticamente imposible de remontar).
En realidad, estrictamente hablando, hasta el pitazo final del árbitro que dirige el encuentro, siempre hay “más que ver”, pero aquella actitud solo prueba que el interés esencial del espectador, más que el juego, es el resultado, y como este viene condicionado por el factor tiempo, despejado el mismo, desaparece aquel interés, y el espectador siente que debe marcharse. Entonces, el tiempo real, el de la vida de cada espectador y la de todos, recobra su poder y autonomía: cada uno tiene de pronto que hacer, tiene que irse a casa, tiene que pensar al menos en salir pronto del atolladero de automóviles estacionados en torno al gigantesco estadio. Ha desaparecido el tiempo real del encuentro y solo queda el no menos amenazante y no menos real tiempo de la existencia. ~