“Hoy es fácil pensar que el 23-F era un golpe condenado al fracaso, pero no es así” Entrevista a Juan Francisco Fuentes

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Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid. Entre sus temas de estudio están el socialismo español, la biografía política y la historia de los conceptos políticos en el mundo contemporáneo. En 23 de febrero de 1981. El golpe que acabó con todos los golpes (Taurus) ofrece un relato preciso y claro de la asonada.

Una forma de ver el 23-F –que ya está en el subtítulo del libro– es como el último de una serie de pronunciamientos que marcaron la política española de la era contemporánea. Al mismo tiempo, es el momento en que se reafirma la democracia. También ha dicho usted que es la refundación de la monarquía. Ese momento de peligro, y su superación, afianza el sistema.

Sí, creo que sobre eso no hay discusión. El golpe consiguió exactamente lo contrario de lo que pretendía: en vez de acabar con la democracia, contribuyó a su consolidación y fue clave, asimismo, en la legitimación democrática de la monarquía.

 

Habla de un circo de tres pistas en el golpe. Parece que todo fue un tanto precipitado. Es clave el malestar del Ejército, por cuestiones como la legalización del PCE y sobre todo el terrorismo, que mata más en los momentos iniciales de la democracia. Pero no se consigue movilizar al “elefante”, al Ejército, en contra. ¿Cuáles cree que fueron los momentos más delicados?

Hoy es fácil pensar que aquello no podía salir bien, que era un golpe condenado al fracaso, pero no es así. Otra cosa es cuánto hubiera durado un gobierno golpista, cuestión que depende de cuál de los golpes –el de Tejero, el de Milans o el de Armada– hubiera triunfado. En cuanto a los momentos clave en los que el 23-F podía haber tenido otro desenlace, creo que fueron tres. En primer lugar, el intento de Milans de provocar un efecto dominó en las demás capitanías generales. Solo con que, en el primer momento, se hubiera sumado una de ellas al levantamiento de Valencia, la marea golpista habría sido muy difícil de contener, porque la mayoría de los capitanes generales simpatizaban con la intentona. La cuestión es: ¿estaban dispuestos a desobedecer al rey para que el golpe triunfara? A la vista de lo sucedido, es obvio que no. El segundo episodio crucial fue la llamada del general Juste a la Zarzuela, cuando se entera de que Armada no está allí y empieza a dudar de lo que le han contado los golpistas sobre el apoyo del rey al golpe. El tercer momento fue la conversación entre Armada y Tejero a medianoche. Cuando Tejero le preguntó a Armada cuáles eran sus planes, el general, increíblemente, le dijo la verdad. Ahí se puso de manifiesto que el golpe de Tejero y el de Armada eran prácticamente imposibles de conciliar, a pesar de la mediación de Milans, que era el nexo entre los dos proyectos: el “duro” de Tejero y el seudoconstitucional de Armada. A partir de ese momento, cuando Tejero le dice a Armada que no cuente con él para eso, el 23-F tiene ya muy poco recorrido. Hubo un intento de reactivarlo por parte de Pardo Zancada, en un esfuerzo desesperado por arrastrar a la Brunete, coincidiendo más o menos con la conversación entre Tejero y Armada. Pero lo de Pardo Zancada fue una acción testimonial que, a esas alturas, tenía ya muy pocas probabilidades de éxito.

 

Habla, en el desarrollo y fracaso del golpe, de un elemento de azar y personalidad. Y también de una mayor resistencia de la esperada por parte de las instituciones.

En general, hay una tendencia a infravalorar la fuerza de la democracia ante las adversidades: crisis, guerras, etc. Es un viejo tópico de las ideologías autoritarias, que choca con algunas evidencias históricas del siglo XX: la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría las ganaron las democracias, solas o acompañadas, y las perdieron sus enemigos, aquellos que creían que la democracia parlamentaria es un sistema demasiado frágil para un siglo tan convulso como el XX. Con la Transición y el 23-F ocurre algo parecido. La sensación que transmite una democracia todavía en ciernes, zarandeada por el terrorismo y el golpismo, es de extrema fragilidad, pero esas instituciones superaron con éxito la tremenda prueba de esfuerzo del golpe militar y a partir de ahí –también para sorpresa de muchos– el sistema constitucional aceleró su consolidación. Hay una ley histórica que conviene tener presente: que las democracias se adaptan mejor a las crisis, y las manejan mejor, que las dictaduras, mucho más rígidas y, en el fondo, pese a su apariencia granítica, más vulnerables.

 

El Ejército ha tenido una transformación enorme. ¿Cuáles son los elementos claves de esa transformación?

Hay que hacer historia. La política militar de Alberto Oliart fue un gran acierto, mezcla, como digo en el libro, de palo y zanahoria. Pero la reforma estructural de las Fuerzas Armadas se hizo en tiempos de Narcís Serra y fue, en gran medida, obra del ministro y de su equipo, sin olvidar el papel fundamental del rey Juan Carlos. Fue muy positiva también la progresiva incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas. La supresión del servicio militar y la profesionalización del Ejército en tiempos de Aznar podían haber alterado una saludable inercia que venía de los años ochenta, pero el tránsito de uno a otro modelo se hizo sin saltos en el vacío. Hay que tener en cuenta, de nuevo, la función de la Corona como elemento de estabilidad institucional y emocional del Ejército. Por último, conviene subrayar la importancia de las misiones internacionales de las ffaa, que tanto han contribuido a su excelente valoración por la opinión pública.

 

Describe la interpretación decisiva del rey, que tiene que ver con la cadena de mando. Señala también que fue un momento en el que se inicia el idilio de la izquierda con don Juan Carlos.

Sí, el 23-F marca el apogeo del juancarlismo, un sentimiento más ligado a la persona que a la institución que encarnaba. Suplió en parte la falta de un verdadero sentimiento monárquico en la población, y no solo entre la izquierda, que, desde luego, no era monárquica. Armada me contó que en una conversación muy tensa que mantuvo con el general Gutiérrez Mellado, poco antes del 23-F, Mellado le dijo que él no era monárquico sino juancarlista. A Armada le pasaba lo contrario.

 

En los últimos años Juan Carlos I ha perdido buena parte de su prestigio. ¿En qué medida afectará a cómo vemos su figura? ¿Y la institución?

Es difícil saber si en el futuro recuperará parte del prestigio perdido en los últimos tiempos. Cada época crea su propia visión del pasado, por eso decía Benedetto Croce que la historia es siempre historia contemporánea. Nuestra visión actual del papel de Juan Carlos I está muy marcada por la crisis económica, territorial, reputacional, etc., de los últimos años, que proyecta sobre el pasado algunos de los temores y frustraciones del presente. En cuanto a nuestra monarquía, alguna vez la he definido como una “meritocracia” que, a falta de un verdadero sentimiento dinástico, obliga al rey a hacer méritos para justificar la existencia de la institución. Por eso, los deméritos del rey anterior afectan sin duda a la Corona, por más que su actual titular sea ajeno a los errores de su padre. El problema de Felipe VI, aparte de evitar que le salpiquen los escándalos de su familia, consiste en demostrar la utilidad de su función, huyendo al mismo tiempo de un intervencionismo que sería contrario al espíritu del sistema constitucional y peligroso para la continuidad de la monarquía.

 

El 23-F ha generado muchas investigaciones, literatura, cuestiones espurias. Usted señala que nunca encajarán todas las piezas, porque eso ocurre en la ficción. Un asunto sobre el que más de una vez se ha especulado es la “trama civil”.

Sobre la trama civil hay que decir dos cosas. En primer lugar, que habría que definir bien qué es eso, porque una cosa es hablar mal del gobierno, que fue el deporte nacional en los meses previos al 23-F, y otra participar activamente en los preparativos de un golpe de Estado. En segundo lugar, los golpistas se cuidaron mucho de reducir al máximo sus contactos militares y, sobre todo, civiles con vistas a su sublevación. Tejero tenía muy presente lo que había ocurrido con la Operación Galaxia, que se filtró a las autoridades en cuanto se amplió mínimamente el círculo de los implicados, y no quería que eso volviera a suceder. De ahí que optara por un número muy reducido de incondicionales, confiando en que su acción –eso que él llamaba “dar la campanada”– desencadenaría un efecto dominó al que se irían sumando a posteriori los enemigos de la democracia. Es significativo que en una reunión que mantienen los golpistas en Madrid poco antes del 23-F el único civil presente, García Carrés, sea invitado a abandonar el lugar porque no querían que en la reunión participaran “paisanos”. Por tanto, si entendemos la “trama civil” como los civiles directamente implicados en la preparación del golpe, creo que fue insignificante; si la entendemos como expresión de una especie de “golpismo platónico”, contaba con numerosos simpatizantes entre los llamados poderes fácticos, pero en general eran ajenos a lo que se tramaba.

 

Uno de los papeles más desconcertantes es el del general Armada.

En cuanto a Armada, era un secreto a voces, fácil de rastrear en las fuentes de la época, que se había postulado para presidir un gobierno de concentración o salvación nacional. Yo hablé con él dos veces y me lo negó todo, incluso cosas que él mismo reconocía en sus memorias, pero para mí, dentro de la complejidad de su papel antes y durante el 23-F, es evidente que intentó presidir un gobierno seudoconstitucional que llevara a cabo el famoso “golpe de timón” que enderezara –por llamarlo de alguna forma– la democracia. Cuando escribí mi biografía de Suárez pensé que tal vez ese gobierno en la sombra, que él habría concebido como un “gobierno anti-Suárez” –de ahí su composición–, había decaído con la dimisión de Suárez. Hoy me inclino a pensar que Armada siguió con sus planes cuando vio que el sucesor iba a ser Calvo-Sotelo, lo que, para él, equivalía a “más de lo mismo”. Al comprobar que el rey no le proponía como sucesor de Suárez, tuvo que echarse en brazos de los golpistas para que crearan el vacío de poder que haría necesario su nombramiento. Lo que el rey no había querido hacer por las buenas y a través de la legalidad –proponerle a las Cortes como candidato a la presidencia tras la dimisión de Suárez– lo tendría que hacer por las malas, bajo presión, merced a la acción de Tejero.

 

Es muy interesante cuando señala que las teorías conspiracionistas de la extrema derecha aparecen ahora en la extrema izquierda. Es muy crítico con el papel de medios de comunicación y periodistas que han promovido versiones más conspiracionistas, y en particular con programas como el que hizo Jordi Évole.

Las versiones alternativas sobre el 23-F han migrado de la extrema derecha al independentismo y a una cierta izquierda antisistema. El falso documental de Jordi Évole se inscribe en esa campaña de deslegitimación de la Transición democrática. La interpretación más benévola de aquel documental –un caso claro de prevaricación periodística: contar una mentira a sabiendas– sería que fue una frivolidad de su creador, al servicio de su afán de notoriedad. Yo creo que fue peor que eso.

 

Habla de “la musa del escarmiento” que mencionaba Azaña. Sobre ella se crea el pacto de la Transición, edificada a partir de la memoria de la Guerra Civil. En los últimos años estamos viendo el cuestionamiento de la Transición. ¿Cuáles serían las justificaciones y riesgos de esa revisión?

Lo que Azaña llamó en 1938 “la musa del escarmiento” fue clave para el éxito de la Transición y explica el papel de la izquierda en aquellos años, convencida de que si actuaba como en los años treinta podía acabar como entonces, por eso era la más interesada en que aquello saliera bien. Se suele olvidar, o simplemente se ignora, la reflexión de la izquierda tras la Guerra Civil sobre los errores cometidos en los hoy idealizados años treinta (la belle époque, como llamó Rafael Alberti a la Guerra Civil). El socialista Luis Araquistáin, principal ideólogo de la “bolchevización” del psoe a partir de 1933, dio una conferencia en Toulouse, a finales de los años cuarenta, titulada “Algunos errores de la República española”. Su tesis era que la República había adoptado una política religiosa y militar demasiado radical sin ver los riesgos que eso entrañaba. Tenía razón. Lo malo es que eso no se le ocurriera quince años antes. Pues bien, estas son las lecciones que la izquierda, inspirada por “la musa del escarmiento”, tenía bien aprendidas cuando llegó la Transición. Como cuando Josep Tarradellas dijo aquello de “mai més un 34”.

¿Justificaciones para hacer tabla rasa de esas enseñanzas de la historia? Ninguna. ¿Riesgos? Todos. Ese negacionismo respecto a los errores cometidos en los años treinta, reconocidos después por la propia izquierda, tiene un fondo nihilista que puede llevar a un suicidio colectivo. En estos casos, siempre me acuerdo de aquello que le dijo José Bergamín a Fernando Savater en la Transición: “Desengáñate: lo que este país necesita es otra guerra civil, pero que esta vez ganen los buenos.” Se diría que estamos en ello. ~