Jackie a puertas cerradas

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Jackie Kennedy fue el epítome de la mujer “apropiada”. Discreta y estoica, encarnó un modelo sobrehumano de esposa y de viuda. Llevó a cabo unos funerales regios para jfk y rápido sembró una imagen ideal de su marido muerto. En una conversación con Theodore H. White para la revista Life, Jackie comparó los años de Kennedy con el reino de Camelot; la imagen se grabaría en el imaginario de Estados Unidos y esa fábula ayudaría al país a sobrellevar el dolor.

Su matrimonio posterior con Aristóteles Onassis fue un trueque de dinero y estatus, pero nadie le iba reprochar eso a la mujer que vio a su marido con los sesos expuestos. Incluso cuando se supo que el millonario estaba harto de sus despilfarros (este murió a medio divorcio), los medios se limitaron a celebrar su elegancia. El paradigma con que se asocia a Jackie todavía es custodiado: el de mujer que equilibra el caos y embellece su entorno. Digna, callada y profundamente aburrida.

Como ninguna película previa, Jackie de Pablo Larraín mira detrás de la fachada de la viuda de Kennedy. No la dinamita, porque eso implicaría revelar a una mujer espontánea. Este retrato confirma la obsesión de Jackie con las apariencias pero la muestra hiperconsciente del alcance que tenían. Sabía manejarlas como piezas de ajedrez.

Uno no asociaría el cine de Larraín con la mitología oficial del universo Kennedy. Sus películas previas se centran en personajes de moral atrofiada y/o hundidos en entornos podridos (el Chile de Pinochet, la red pederasta en la Iglesia católica). Esto anticipaba que Jackie no sería una estampita más. Apenas roza el género biopic, ya que narra solo tres momentos en la vida de la protagonista: la grabación, en febrero de 1962, de un programa donde muestra los cambios que hizo a la Casa Blanca; el asesinato y funerales de jfk al año siguiente, y la mencionada conversación con el periodista de Life a una semana del atentado. Los tres tiempos se narran en historias alternadas, con identidad visual propia y mostrando al personaje en grados distintos de autocontrol.

La primera escena establece el tono. Mientras Jackie (Natalie Portman), ya viuda, camina afuera de su casa de Hyannis Port, suenan las primeras notas del soundtrack de Mica Levi: sonidos largos y distorsionados que evocan la ultratumba. Ese día la visita un hombre identificado como “el periodista” (Billy Crudup), con quien ella se muestra cortante y defensiva. Apenas intercambian saludos, Jackie le advierte que va a editar la transcripción de su plática. Se infiere que el periodista es Theodore H. White, y aunque la cinta lo hace ver como intruso, él y la primera dama eran amigos en la vida real. La licencia que toma el guion de Noah Oppenheim al describir un encuentro tenso sirve para mostrar el lado ácido de Jackie, mismo que salió a la luz cuatro meses después en otra entrevista, esta vez con el historiador Arthur Schlesinger Jr. En 2011, su hija Caroline hizo públicos el audio y la transcripción, y el mundo se enteró de lo que Jackie en realidad pensaba de las eminencias con las que trató: Luther King (“falso”), Indira Gandhi (“amargada”), De Gaulle (“egomaniaco”). También habló de su incomodidad en los actos públicos y de la conciencia de ser percibida solo como un accesorio. Aunque Jackie no incluye la conversación con Schlesinger Jr., las facetas que emergieron ahí están presentes en el personaje encarnado por Portman. No solo la veta filosa, sino el sentimiento de inadecuación. Es claro en las escenas del tour de restauración, donde Jackie explica a los televidentes el valor histórico de los muebles y objetos que recuperó para la Casa Blanca. Consumida por el entusiasmo que le produce el tema, habla en frases mal moduladas. Levanta las cejas para acompañar la emoción, mientras el resto de su cara es rígido. Durante todo el recorrido lleva los brazos extendidos y las manos tomadas por delante: una postura de coraza que le impide verse natural. De no ser porque el tour original puede verse en YouTube, uno creería que Portman cae en la caricatura. Más bien, recrea admirablemente el lenguaje corporal esquizofrénico de Jackie. Jackie evita la estructura en tres actos pero estas escenas dan al personaje un arco. Dejan ver cómo, eventualmente, asumió su preferencia a actuar tras bambalinas, al punto de dictar a White la historia de su clan.

Al centro de la evolución de Jackie está el trauma del atentado. La película recrea el pánico y la confusión del momento pero va a donde no han ido otras: muestra el cráneo deshecho del presidente sobre el regazo de Jackie, desde el ángulo en que lo habría visto ella. Un crítico estadounidense calificó la imagen de “innecesaria”, ejemplo de la ambivalencia con que se juzga la representación física de la muerte. Es necesaria, tan solo porque conecta al espectador con la depresión brutal en la que cayó Jackie. La cinta la muestra insomne, bebiendo y recorriendo su casa vacía en escenas fantasmales que tienden un puente a otros universos cinematográficos de Larraín: surreales, solitarios y lúgubres. Los altos y bajos de la música de Levi igual evocan desequilibrio: un duelo que bordea la locura, avivado por pastillas y alcohol.

El colapso emocional de Jackie dio pie a su reestructura psíquica. Oponiéndose al Servicio Secreto, a su cuñado Robert y a quienes sugerían unos funerales de bajo riesgo, Jackie impuso su voluntad e hizo que diecinueve jefes de Estado caminaran al aire libre como parte del cortejo fúnebre. La recreación del pietaje original es impecable, y es un acierto no haber incluido la imagen de John Jr. saludando el ataúd de su padre: esta no es una película que busque enternecer.

Jackie fue una mujer de su tiempo –restringida–, y eso también se esperaba de una primera dama. En su conversación con Schlesinger Jr. desaprobó que las mujeres participaran en la política, pero años después dijo a la revista Ms. que lamentaba que a las mujeres de su generación no se les animara a pensar. Más que una inconsistencia es el conflicto que aborda la cinta: Jackie era sagaz en tiempos en que expresarlo no era “propio” de una mujer. Las cosas no han cambiado mucho. Hay quien dice que esta cinta vuelve a Jackie “una bitch”, juicio parecido al “nasty woman” que Trump dirigió a Clinton. Según se vea, un insulto o un halago.

Esto lleva a la mayor virtud de Jackie: funciona como prueba de Rorschach. Unos dirán que es un retrato amargo y otros diremos que es redentor. No en el sentido azucarado del término, donde humanizar a un personaje equivale a mostrarlo frágil. La Jackie de Larraín es firme y pragmática, no una fuente inagotable de gracia. Era hora de que alguien le rindiera ese honor. ~


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