John H. Elliott visto por su retratista

En el año 2001 el pintor Hernán Cortés Moreno retrató al historiador John Elliott, que murió el pasado mes de marzo. El resultado sería otro si el pintor y el retratado no hubieran alcanzado una complicidad particular durante el proceso.
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Con todos los personajes que he retratado a lo largo de mi ya dilatada carrera –conocidos o anónimos, impuestos por un encargo o elegidos en otra circunstancia– he procurado siempre establecer una relación de amistad y respeto, entre otras razones –y seguramente la más importante– porque me han permitido sumergirme e indagar en su interior; con todos ellos tengo una deuda de gratitud por su generosidad y por haber confiado en la habilidad de los pinceles del pintor. Pero con John Elliott hay algo más. Al eminente profesor de la Universidad de Oxford, que nos dejó el pasado 10 de marzo a los 91 años, le retraté en el año 2001 tras una serie de encuentros y sesiones de posado que fueron para mí inolvidables.

Cuento, en este caso, con un testimonio de gran relevancia, un regalo más de los que el profesor Elliott me concedió, junto a su prolongada y siempre grata amistad. Para el catálogo de la exposición retrospectiva de mi obra que se organizó en 2009, en las salas de exposiciones de Cajasol en Sevilla y posteriormente en las de Ibercaja de Zaragoza, tuvo la generosidad de escribir un artículo, “La visión del retratado”, que fue para mí revelador, ya que me permitió conocer de primera mano –y con las enormes cualidades literarias que destila siempre la prosa de Elliott–, y desde el “otro lado”, el proceso creativo que confluye en el retrato. Lo tengo desde entonces como referencia.

““Ser retratado por Hernán Cortés ha sido una de las experiencias que más me ha hecho disfrutar en mi vida, y ocurrió, al menos en lo que a mí respecta, por casualidad”, escribe John en el artículo. Nos conocimos, como recuerda, en Nueva York en 1997, cuando se presentó en el King Juan Carlos Center de la universidad neoyorquina un retrato que yo le había hecho al monarca. Buena parte de los retratos que he abordado en mi vida han sido encargos de diversas instituciones u organismos. Pero no solo he querido dedicarme al encargo, pues mi afán ha sido siempre retratar también a los personajes que consideraba relevantes de la época que me ha tocado vivir. Pinté a miembros de la generación del 27 como Jorge Guillén, Rafael Alberti y Dámaso Alonso, y a muchos otros intelectuales y artistas, como Severo Ochoa, Yehudi Menuhin, por el mero hecho, muchas veces, de cumplir con lo que consideraba mi vocación y mi obligación. Había terminado el retrato de Jonathan Brown, el hispanista estadounidense que tan estrecha amistad tuvo con Elliott, pensando en la enorme deuda que tenía nuestro país con estos intelectuales que habían dedicado su vida a profundizar en nuestro acervo artístico o en nuestra historia. A Johnle gustó el retrato de Jonathan Brown, y el paso siguiente, casi natural, fue plantear el suyo.

Recuerda y detalla Elliott los rincones de mi estudio y las sesiones de posado que allí pasamos juntos en los años 2001 y 2002. “Me impresionaron sus retratos, que produjeron en mí el mismo tipo de sensación que el propio estudio. Estaba ante un pintor que tenía todo bajo control, cuya sobriedad y economía en la construcción de las imágenes parecía casar con una parte de mi propia personalidad.” Se produjo, en efecto, entre nosotros una intensa comunión. “Ambos somos profesionales”, sigue el profesor, “llevados por el temperamento y la práctica a conseguir lo mismo: presentar imágenes muy concentradas con un máximo de economía, en su caso de líneas y pintura y en el mío de palabras. Ambos, también, teníamos, y tenemos, la obsesión por la estructura y la forma”. Durante el proceso de un retrato, el pintor recorre un camino, a veces placentero y otras veces tortuoso, en el que se va enfrentando a diversos retos, tanto en la composición general como en la resolución de los detalles. Gracias a la visión de Elliott aprendí que también el retratado sigue su proceso, se pregunta si el resultado final se asemejará a un gran realismo fotográfico y duda del gesto que debe adoptar. Por eso son tan importantes las conversaciones, la intimidad que se va ganando entre retratista y retratado. Y suscribo plenamente sus palabras: “Creo que nuestras conversaciones, que nos hicieron conocernos mejor, desempeñaron un papel vital en la creación del retrato que al final emergió.””

Hablamos del retrato inglés, que yo siempre he valorado mucho, pues fue en Inglaterra donde mejor se conservó desde el Renacimiento la tradición del retrato, que se iba adaptando a las diferentes épocas y técnicas, pero conservaba siempre una enorme calidad. Yo, admirador del retrato inglés hasta nuestra edad contemporánea, y John, atento observador del retrato español y víctima, en sus años todavía de estudiante, del impacto que le causó la visión velazqueña del conde-duque de Olivares en el Museo del Prado, lo que desató su vocación de hispanista. No podíamos haber encontrado un terreno de juego más afín a nosotros dos, y allí nos entretuvimos durante una amistad que superó el proceso del cuadro y se extiende hasta hace un par de meses, cuando tuve oportunidad de charlar con él por última vez y preguntarle cómo se encontraba. Derivar nuestras charlas hacia el Museo del Prado, que John tanto amaba, era natural. Tuve la suerte de ser testigo en el Patronato del Museo del Prado, siendo presidente José Pablo Pérez Pérez-Llorca, de su ingreso en el mismo, lo que puedo asegurar sin exageración alguna que le colmó de satisfacción y consideró uno de los hitos de su vida.

Muchas veces paseamos juntos por las salas del Prado, observando los retratos que han conformado nuestra historia. Ya había germinado entre nosotros una íntima complicidad. “Es la penetración psicológica más que el realismo superficial lo que hace que los buenos retratos sobresalgan del resto”, escribe Elliott. El suyo fue el fruto de una obra conjunta. ~

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