La escritora médium

Segunda casa

Rachel Cusk

Traducción por Catalina Martínez Muñoz

Libros del asteroide

Barcelona, 2021, 184 pp.

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Rachel Cusk (Toronto, 1967) le dio la vuelta a la novela como a un calcetín con la trilogía compuesta por A contraluzTránsito y Prestigio. ¿Qué iba a ser lo próximo de la escritora afincada desde hace mucho en Reino Unido? Segunda casa es la primera novela después de la trilogía. Entre medias, Libros del Asteroide recuperó Despojos, sobre su divorcio, y apareció en inglés Coventry, una colección de ensayos. Segunda casa toma el título de la casa de invitados que la protagonista y narradora tiene cerca de la primera, en la que vive con su segundo marido Tony en una marisma. Esa segunda casa se construyó pensando en acoger de manera temporal a artistas: así M, la narradora, cubriría parte de su necesidad social. M invita a un pintor que tuvo éxito muy pronto, “con menos de treinta años. Debió de ser como si le entregaran un bulto pesado y le obligaran a llevarlo a todas partes el resto de su vida. Esas cosas alteran la corriente de la experiencia y deforman la personalidad”, se cruzan cartas, hay algunos impedimentos, primero parece que no va a acudir y finalmente escribe avisando del día en que llegará al puerto para que el matrimonio acuda a recogerlo. Todo es un poco precipitado y hay algunos imprevistos: él acude con una acompañante joven; en casa de M están su hija veinteañera y su novio, pero todo sigue adelante. La novela juega con la posibilidad de abrirse hacia una especie de comedia de situación: seis personajes encerrados en un espacio, la marisma, con algunos escenarios y situaciones más o menos proclives al enredo, complicidades aquí o allá, aficiones, alianzas y falsas expectativas. Hay una escena, por ejemplo, en la que Kurt lee “muy despacio y con voz pomposa” durante dos horas el manuscrito en el que ha trabajado durante las últimas semanas después de que L, el pintor, lo animara a escribir (“es barato y no hace falta tener un talento especial”).

M es quien escribe, porque todo es un monólogo dirigido a un misterioso Jeffers, del que poco se cuenta. M comienza su relato hablando del diablo, con el que se cruzó hace años en un tren saliendo de París; “desde entonces el mal que normalmente acecha bajo la superficie de las cosas sin que nadie lo moleste se sublevó y arremetió contra todas las partes de la vida”. Así que esta es la historia que M le cuenta a Jeffers, su interlocutor, y, en realidad, ese es uno de los temas del libro: “Pero para mí existe una conversación saludable, aunque es rara: la conversación que permite a las personas crearse a sí mismas al darse voz.” La clave del libro quizá la da ella misma al principio al plantear esta pregunta: “¿Por qué vivimos tan dolorosamente en nuestras ficciones? ¿Por qué sufrimos tanto por cosas que nosotros mismos nos hemos inventado? ¿Tú lo entiendes, Jeffers? He querido ser libre toda mi vida y no he sido capaz de liberar ni el dedo meñique del pie.”

La creación, la relación entre madres e hijos o en qué afecta ser mujer (“Yo crecí asqueada por mi aspecto físico y creyendo que la feminidad era un artilugio”) van apareciendo en lo que cuenta M, que es un personaje complejo y capaz de una lucidez extraña y, al mismo tiempo, puede ser torpe y desaforado. Entre esos otros temas de la novela está la maternidad, donde, según M, “la egolatría –ya sea en su vertiente narcisista o victimista– es la maestra de ceremonias”. Para la narradora, el único principio de crianza que vale es hacer lo contrario de lo que hicieron con ella, y cree que “podemos considerar que hemos cumplido con nuestra obligación como padres sin cometer errores garrafales o hacer daño cuando la niña vuelve a manifestarse en la persona plenamente adulta”. Sobre el amor de los padres hacia los hijos, dice: “el verdadero amor es fruto de la libertad, y no estoy segura de que entre padres e hijos pueda darse nunca ese tipo de amor, a menos que decidan empezar desde cero como adultos”. Y también: “No creo que los padres entiendan necesariamente bien a sus hijos. Lo que vemos de ellos es lo que no pueden dejar de ser o de hacer, no aquello a lo que aspiran, y eso produce todo tipo de malentendidos” o: “¡Cuántas veces he tenido que aceptar que son los hijos los que enseñan a los padres, no al revés!”

El arte, la pintura y la escritura son el otro gran tema del libro, como confirma la nota final sobre la naturaleza de Segunda casa: es una versión “en deuda” con Lorenzo en Taos, la crónica de Mabel Dodge Luhan sobre la estancia de D. H. Lawrence en su casa. La novela de Cusk es un tributo a esa mujer, y este juego de transposición permite a Cusk hacerse preguntas sobre temas de actualidad con un enfoque original. Me preguntaba si esa revelación final implica una reinterpretación, o si es más bien un accidente, el camino que ha encontrado Cusk para camuflar un ensayo sobre el paso del tiempo y la necesidad de comunicarnos bajo la forma de una novela: “El lenguaje es lo único capaz de detener el paso del tiempo, porque existe en el tiempo, está hecho de tiempo, y además es eterno…”. ~