Cocteau, el hombre orquesta

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Más allá de la indigestión de novedades que ha supuesto este año la rentrée editorial francesa, hay que destacar como gran noticia el revival de Jean Cocteau. Cuarenta años después de su muerte, este personaje nos sigue fascinando: vuelve el hombre orquesta, el artista total.
     En primer lugar, sugerimos una visita al Centro Pompidou de París donde, hasta el próximo 5 de enero, se celebra una gran exposición retrospectiva. Bajo el título de Jean Cocteau, sur le fil du siècle, más de novecientas piezas brindan testimonio de cómo este autor logró saltar de una disciplina artística a otra con una desconcertante facilidad, digna de quien era un inquieto experimentador. Porque, como subrayan los tres especialistas que han organizado el material, su propósito no ha sido otro que mostrarnos la riqueza y multiplicidad tanto del trabajo como del hombre que lo produjo: “Hemos querido luchar contra la dispersión que amenaza perpetuamente su obra, y que impide considerarla como un todo. Hemos intentado disipar el ‘malentendido Cocteau’ —las numerosas controversias sobre su recurso al inconsciente y sobre su capacidad para desplegar su talento en disciplinas diversas le perjudicaron hasta encasillarlo bajo la etiqueta de un ‘metomentodo’. Todo ello no hace ninguna justicia a la seriedad con que él se implicaba […]”.
     La muestra del Pompidou cumple con rigor el reto de revalorizar la obra gráfica, cinematográfica y poética, así como las reveladoras interconexiones que existen entre estos ámbitos de su creatividad y la condición multidisciplinar de su obra. Igualmente, recomendamos cerrar el recorrido adquiriendo el cuidado y voluminoso catálogo editado para la ocasión, una compilación de textos teóricos y abundante iconografía que ayuda a recrearse en el disfrute de la obra expuesta y a no olvidar ningún matiz de semejante ejercicio de metamorfosis creativa.
     Superficial para algunos, brillante para la mayoría, la relevancia de Jean Cocteau reside precisamente en ese pródigo ejercicio de la coherencia a partir de la diversidad. Pocos como él fueron capaces de ejercer con talento la condición no sólo de novelista, poeta, dramaturgo, cineasta y pintor, sino también de estilista, libretista, escultor, coreógrafo, decorador… Desde 1908 a 1963, sea cual sea el campo artístico objeto de inventario, el nombre de Cocteau aparece como referencia. “Sólo los grandes hombres comprenden su tiempo. Tú has comprendido el tuyo a la vez que lo creabas”, diría de él Max Jacob. Pocos, sin duda, consiguieron esa alquimia especial. Fue la suya, además, una obra que gozó casi siempre de la vitola de la popularidad. Una extraordinaria audiencia que lo convirtió en el creador francés más conocido, aquel que lograría vínculos de amistad con varias de las grandes figuras del siglo XX. Las páginas de su diario están repletas de referencias a la emperatriz Eugenia y a Charlie Chaplin, a Isadora Duncan y Diaghiliev, a Proust y Picasso.
     Sin embargo, Cocteau, como atestiguan de forma obsesiva sus escritos íntimos, se sentía incomprendido: “Yo habré tenido el extraño privilegio de ser el más invisible de los poetas y el más visible de los hombres”. Así, resulta obvio subrayar que el otro eje de los fastos lo constituye la edición de la monumental biografía a cargo de Claude Arnaud que publica Gallimard. Cerca de novecientas páginas que testimonian la complejidad de inventariar las diferentes etapas de una trayectoria vital siempre abierta a la sorpresa y la extravagancia. Como certifica su más ambicioso biógrafo, que ha disfrutado de documentos inéditos exhumados hace pocos años, Cocteau fue un personaje in progress, en constante revisión de sí mismo y de sus convicciones. La perversidad de la infancia, la muerte, el doble, el sueño, la invisibilidad fueron los principales temas de un ser maleable, inconformista. Alguien que trasladó al arte la indefinición de fronteras entre lo real y lo imaginario. Su lenguaje fue innovador, convencido como estaba del poder mágico de la palabra poética. Porque la poesía impregna y moviliza toda la actividad creadora del ser humano. Es el suyo un mundo que confundía la apariencia y la realidad, el objeto y su reflejo en el espejo. “Yo soy —dirá Cocteau— un mentiroso que siempre dice la verdad.”
     Conviene reseñar también la reciente aparición de su teatro completo en La Pleiade o la reedición de los 28 autorretratos que escribiera y dibujara entre 1928 y 1963. Un trabajo enriquecido con un cd que incluye una hora de entrevistas inéditas realizadas a Cocteau en 1962. También de esa fecha data la primera aparición de uno de sus últimos textos, “El cordón umbilical”, escrito en Marbella y ahora vuelto a ofrecer al público lector. Sin olvidar, obviamente, las nuevas versiones que diferentes editoriales lanzan con motivo del aniversario y que facilitan la lectura de títulos básicos del repertorio Cocteau como La sangre de un poeta, La bella y la bestia o El diablo en el cuerpo. Y la lista pueden ampliarla con volúmenes de correspondencia, recuerdos, testimonios, análisis más o menos eruditos, antologías de citas, homenajes, fotobiografías y un largo etcétera que sin duda superará el centenar de volúmenes, y que simboliza bien la vigencia de un enfant terrible que se resiste a envejecer. –