Desde que Hugo Chávez se instaló en el poder en 1999, comenzaron las protestas ciudadanas, inicialmente en contra de la pretensión de controlar la educación; en ese año inicial surgió el grito que rezaba “con mis hijos no te metas”, canto de rebelión inaugural que ya anunciaba los tiempos por venir. En esas protestas, la futura líder María Corina Machado comenzó su historia política, prontamente seguida por una incesante actividad en Súmate, la organización civil destinada a promover la transparencia electoral que contribuyó a fundar. Muchos ciudadanos se incorporaron a ese esfuerzo. Súmate fue bandera y escuela. Ante el ventajismo, las trampas y el fraude ocurrido en el referéndum revocatorio de Chávez de 2004, la lucha por la decencia electoral se convirtió en causa compartida por un creciente número de venezolanos.
En ese tiempo deben haberse sembrado en el alma de María Corina dos convicciones: las bondades y limitaciones de la vía electoral en el marco de una tiranía y, sobre todo, la de que era fundamental ganar en las urnas y demostrarlo de forma convincente, con pruebas duras, y al margen del organismo electoral, pieza central del sicariato político del régimen. No era suficiente ganar como una convicción popular pero sin las pruebas en la mano; había que ganar y demostrarlo sin apelación alguna. María Corina se convirtió en experta electoral y, más aún, supo detectar a lo largo de décadas quiénes eran las personas más competentes en la materia; con ellas trabajó y, en momentos clave, las aglutinó y dirigió hacia esta formidable empresa de develar lo que los simples votos no podían hacer en un marco tiránico: despejar la bruma tóxica que recubría y disimulaba los trucos del tahúr.
Los equipos dirigidos por María Corina desarrollaron un conocimiento profundo del asunto electoral. Detectaron cuándo había resquicios mínimos para la participación –lo que ha ocurrido en la mayoría de los eventos electorales– y cuándo la abstención era la conducta aconsejable en algunas ocasiones. Todo lo anterior muestra que, pese a lo que argumentan sus enemigos, María Corina siempre ha enarbolado el valor de votar, pero para elegir; su consigna constante ha sido la de insistir en que el voto cuente, y que el acto de votar sea inseparable de la pulcritud del resultado.
El salto a la política de grandes ligas
En 2010, María Corina presenta su candidatura para la Asamblea Nacional y es electa en su circunscripción como la representante más votada con 235,259 sufragios. A partir de ese momento se convertirá en la legisladora más activa del parlamento. En ese marco ocurre un hecho memorable: en enero de 2012 el presidente Chávez se presentó a la Asamblea Nacional para el tradicional discurso de rendición de cuentas. Una de sus costumbres era intercalar en su improvisada presentación diálogos con los diputados a quienes interpelaba más en tono de burla que de discusión seria. En uno de esos instantes María Corina levanta la mano para hablar y Chávez le concede el derecho de palabra. Nadie sabía, tal vez tampoco la parlamentaria, que estaba a punto de hacer una de las requisitorias más importantes que se le habían hecho públicamente al mandamás. María Corina, consciente del desafío, alerta por estar rodeada de diputados fieles del chavismo, con tono grave le reclama que tiene horas hablando y que no se ha referido en ninguna ocasión a la desolación de las madres y las familias, y de la gente que sufre. Habla también de las confiscaciones y expropiaciones ilegales, que constituyen, según señala la parlamentaria con voz firme, un despojo. Chávez le retruca preguntándole si le está diciendo ladrón y ella responde: “Expropiar es robar”, una frase que ha entrado ya en la historia de Venezuela. Nadie había increpado personalmente a Chávez de ese modo, tal vez con la excepción de Jorge Olavarría, el intelectual que rompió con el gobierno en julio de 1999, en el acto de conmemoración de la independencia de Venezuela.
En 2014, será expulsada de la Asamblea Nacional, después de encabezar –al lado de Antonio Ledezma y Leopoldo López– un movimiento de calle denominado “La salida”, con que buscaban hacer renunciar a Chávez; después de haber sido herida dentro del propio recinto legislativo y de haber participado en todas las protestas dentro y fuera de la asamblea, concurrido a las elecciones, intervenido en las primarias donde sacó un magro resultado en 2012 y, sin arredrarse frente a estas cifras, haber encabezado jornadas para reconocer e impulsar lealmente la candidatura de Henrique Capriles, el vencedor de la jornada de esas primarias, y quien después se volvería su descontrolado enemigo. El régimen pensaba que, al sacarla del parlamento, su relevancia se vendría abajo al carecer de la tribuna que la Asamblea le ofrecía.
Jugada maestra
Cuando los machos de la política venezolana pensaron que habían dado cuenta de una nueva y fugaz estrella del escenario público, María Corina comenzó desde abajo y desde cero a construir un partido: Vente Venezuela. Se discutió mucho el nombre (“Vamos”, “Vente”) hasta que se decidió por ese nombre que es invitación y orden sutil: “vente”, que posee más el sentido de “acompáñame” que de “¡preséntate!”. Sin duda, en este proceso se forjaría la aspiración presidencial que muchos pensaron –dada la historia del país– que era el destino inexorable de una luchadora política. María Corina fue creciendo en el camino. Algunas características fundamentales de su andadura fueron las siguientes:
1. Las elecciones primarias –en 2023– que ganó por más del 92% de la votación le permitieron demostrar que era posible realizar –tal y como había afirmado desde hace mucho– elecciones ciudadanas, sin participación del Consejo Nacional Electoral (CNE) y tampoco de los militares. Primarias que fueron ejemplo de civilidad republicana.
2. En el proceso de selección de candidatos para sustituirla debido al impedimento ilegal y anticonstitucional de su inhabilitación, dio muestras de una enorme habilidad táctica al optar por un hombre decente y casi desconocido, Edmundo González Urrutia, que demostró ser el personaje adecuado.
3. En la breve campaña electoral presidencial, María Corina fue objeto de incontables amenazas, acciones represivas e intentos de descarrilarla por parte de Maduro y sus secuaces; sin embargo, no solo no perdió el norte, sino que el contacto directo con la gente, piel a piel, llanto a llanto, hizo brotar en ella un personaje que se había asomado pero no desplegado: la mujer guerrera y amiga del pueblo, capaz de discernir en medio de las multitudes la mirada que requería atención inmediata y personal.
4. Transformó sus propios miedos en fuerza. No dejó de sentir y expresar preocupación, más por las personas comprometidas en el proyecto que por ella misma; sin embargo, logró que el coraje personal se convirtiera en serena e inmensa valentía y, como ella misma ha reconocido, fue testigo de cómo el miedo cambió de sitio y se instaló entre los personajes del régimen. El dolor personal, el físico por los atropellos de los sicarios, el moral por la responsabilidad de conducir una lucha que dejaba pérdidas, el familiar por no atender a su gente más querida como creía que debía hacerlo y ese dolor difuso que lo incierto produce, se convirtió en energía libertaria.
De la política a la leyenda
El liderazgo de María Corina posee algunas características muy especiales. La más importante de las cuales es la de mantener el rumbo. Su lucha por una democracia real y funcional ha sido constante desde que se advirtió el viraje tiránico del “socialismo del siglo XXI”. Esta constancia explica dos procesos que en su momento no fueron totalmente comprendidos, pero que, al final, le dieron la razón: el primero estuvo relacionado con las negociaciones llevadas a cabo en Noruega y en Barbados entre el régimen y la oposición, que dieron lugar a quince iniciativas. María Corina nunca aceptó negociaciones que no condujeran a cumplir la voluntad del pueblo: el reemplazo del régimen. El segundo proceso parecía conllevar un inmenso costo: separarse de la dirección opositora cuando esta se desvió del mandato recibido por los ciudadanos. Como resultado de ambas situaciones, cargó con la insidiosa acusación de “radical” para sugerir extremismo o egoísmo. Con los años, la acusación cambió de sentido y se convirtió en firmeza, fuerza, determinación y decencia en torno a ideales.
La gran decisión estratégica de María Corina en 2012 –cuando perdió en las elecciones primarias de entonces– fue la de construir un partido político, que jamás ha sido reconocido por el Consejo Nacional Electoral y que también ha despertado el desprecio de las organizaciones “grandes”. En respuesta, María Corina no buscó a los financistas de la política ni a las élites arrogantes que le dieron la bienvenida a Chávez y mucho menos a las creadas bajo su amparo.
No hubo grandes donantes que se adueñaran del rumbo de la organización, y las élites venezolanas –las antiguas y las generadas al amparo del chavismo– se abstuvieron de apoyar al naciente partido; ni siquiera condescendieron en la conveniencia de su creación. Esa distancia con los de arriba hizo que la de Vente no fuera una militancia política blanda, sino una guiada por la mística y el coraje cívico. La propia familia de María Corina entró al campo de los despojados de bienes por el régimen al que combatía.
¿Por qué pudo mantenerse el rumbo en medio de las sucesivas y nunca amainadas tormentas? Una primera respuesta fue el papel que tuvieron los valores y principios. Los valores de la dignidad, la libertad y la justicia que el movimiento enarboló desde el inicio. No fue fácil: algunos dirigentes políticos estimaban que los ciudadanos estaban más preocupados por el sustento que por ser libres, una idea tan estúpida como pocas. Cuando María Corina comenzó a decirle a cada venezolano desposeído, empobrecido y sin rumbo, que tenía un tesoro inalienable, el de su dignidad, se inició un proceso de ejercicio del poder de los de abajo. Lo cual permitió que las campañas electorales no fueran un torneo de ofrecimientos en el marco de la opresión, sino de demandas: ¡Levántate, tú puedes! ¡Tienes el poder!
De allí en adelante, María Corina insistió en el respeto a la condición humana, la igualdad ante la ley y el principio de legalidad. Esta visión impregnó el proyecto político, el programa de gobierno presentado al electorado en las primarias y la gran empresa de convertir a Edmundo González Urrutia en el presidente de la república libre que será Venezuela. Sus enemigos la han tratado de encasillar en un espectro ideológico, el de la derecha, aunque en Europa esa denominación, absurda al referirse a María Corina, corre con suerte. En América Latina la izquierda fue destruida por Chávez y Maduro, con el apoyo fervoroso de Ortega en Nicaragua, la familia Castro en Cuba, Evo en Bolivia, López Obrador en México y otros más, lo que ha convertido el eje de las definiciones ideológicas, no el presuntamente existente entre la derecha y la izquierda, sino entre el liberalismo y el autoritarismo, tiránico o no.
Mientras sus enemigos andan combatiendo a la derecha, María Corina –escapada de ese polígono de tiro– se mueve como pez en el agua en la lucha por la libertad, lo que le permite encabezar un movimiento que unifica todas las gamas políticas, intelectuales, profesionales y sociales del país. El programa de su movimiento ha promovido un Estado moderno, descentralizado, con justicia independiente y una economía abierta, en la que el petróleo no siga siendo el dueño del destino de los venezolanos, sino que se coloque al servicio de la más inmensa transformación de su historia: un país que puede ser, más que petrolero, gigante energético. ¿Las alianzas internacionales? Sí, con las democracias del hemisferio y del mundo, y con la condición reconocida de que una alianza con Estados Unidos es indispensable para la liberación ahora, y el desarrollo futuro. Relación también presidida por la dignidad y el respeto.
No lo ha hecho sola. Este colosal esfuerzo no cabe en una sola persona y allí aparece otra característica esencial de la líder, que ha sabido rodearse por gente de la más alta calificación. Es una mujer de ideas firmes que a veces bordean la terquedad, permite la discusión y se faja duramente, sin convencionalismos, en la argumentación; no concede tregua hasta el punto en que convence o es convencida. Por otra parte, siempre –sobre todo en los momentos que son más oscuros– mira hacia la estrategia a la que apela para desechar discusiones laterales; en contrapartida, su interés por el detalle en ocasiones va más allá de lo gerencialmente aconsejable, aunque le sirve para hacer contacto directo con los miembros de todos los equipos nacionales, regionales, locales e internacionales.
El elemento organizador de lo que María Corina ha aprendido en esta difícil marcha es la gente. Sabe que millones de venezolanos tienen hambre y son atormentados por servicios públicos inservibles, y represión policial abierta o encubierta, pero al comprender la dimensión más profunda de la falla que fractura al ciudadano ha tocado la fibra que lo convierte en un combatiente; se trata de la lucha por la familia y por su reunificación. Levantar el amor por el hijo, la madre, el nieto, la pareja, los amigos, ha conmovido a millones y ha convertido a su movimiento en la fuerza espiritual del reencuentro de un país dolido, fracturado, pero dispuesto a rehacerse desde abajo y en su totalidad.
La fuerza que ha logrado y su trayectoria fulgurante la hicieron acreedora al Premio Nobel de la Paz en 2025. María Corina seguramente va a ser presidente de Venezuela en el momento en que correspondan las elecciones presidenciales; sin embargo, con todo lo importante que representa ese cargo, ha logrado algo más significativo en la historia republicana de Venezuela. Es la mujer, la líder, la madre, la compañera, que ha logrado ser cabeza, símbolo y motor de un inmenso movimiento espiritual de todo un país. María Corina se ha convertido en fuerza de la tierra y, con ella al frente, se logrará la libertad. ~