La vocación de García Icazbalceta

El historiador Joaquín García Icazbalceta. I. Los años formativos (1825-1862)

Rodrigo Martínez Baracs

Academia Mexicana de la Lengua

Ciudad de México, 2025, 324 pp.

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Es tradición que los miembros de la Academia Mexicana de la Lengua dediquen parte de su trabajo a la revaloración del legado de sus antecesores: Joaquín García Icazbalceta, nacido hace doscientos años en 1825, fue el primer secretario de la corporación de 1875 a 1883 y su tercer director desde entonces hasta su muerte en 1894. Con El historiador Joaquín García Icazbalceta. I. Los años formativos (1825-1862), primer volumen de su biografía intelectual, el miembro de número Rodrigo Martínez Baracs no solo fija minuciosamente las etapas de la formación y la primera labor histórica de García Icazbalceta, sino también arroja luz sobre el intenso “momento historiográfico” que conoció México a mediados del siglo XIX, en particular a partir de la publicación en 1843 de los tres tomos de la History of the conquest of Mexico de William Prescott y, al año siguiente, de la publicación de los dos primeros tomos de las Disertaciones sobre la historia de la República Megicana de Lucas Alamán.

García Icazbalceta era “clásico”: un hombre de valores claros, disciplina y tesón. Desde muy temprano fue responsable y metódico, lo mismo para el aprovechamiento y administración de las haciendas azucareras de su familia que para la elaboración de sus libros; en cuanto a su vida familiar se procuró un ambiente tranquilo y ordenado bajo la amable figura de su esposa Filomena Pimentel y Heras, fallecida prematuramente; hogar y modo de vida apto para la concentración que necesitaba y consecuente con su talante serio y estudioso y sin el cual sin duda no habría adelantado su gran obra bibliográfica, editorial, filológica y comercial en beneficio de México. Un “romántico” desordenado, quién lo duda, nunca hubiera podido coronar estas empresas.

Gran mérito se debe ciertamente a la esmerada educación que recibió de su familia, y ya en su juventud a la “fuerza educativa del ejemplo” de sus maestros. El bostoniano William Prescott de manera epistolar, y Lucas Alamán invitándolo a su mesa y biblioteca, ambos inspiraron, alentaron y apoyaron la vocación y los primeros trabajos de García Icazbalceta, como la traducción que hizo en 1849 de la Historia de la conquista del Perú del propio Prescott. “Para García Icazbalceta –explica Martínez Baracs– traducir a Prescott fue una forma de aprendizaje, una manera de apropiarse de su prosa, de su inteligencia, de su modo de escribir la historia, y adquirir así un tono para escribir la historia mexicana.” Prescott, a instancias de Lucas Alamán, sostuvo correspondencia con su traductor mexicano y accedió a satisfacer la petición de García Icazbalceta de mandarle copias de los documentos que había citado en su Historia de la conquista de México, entonces mal conocidos o del todo ignorados en nuestro país, y que don Joaquín, de veinticuatro años, empezó celosamente a recopilar en un ambicioso proyecto que llamó Colección de manuscritos relativos a la historia de América, que llegaría a constar de decenas de volúmenes, de donde se desprendería posteriormente su edición de la Colección de documentos para la historia de México, cuyo primer tomo se publicó en 1858, y que aún hoy se pondera como una joya de la tipografía mexicana. García Icazbalceta era dueño de su propia imprenta, además de diestro grabador, subsanando así las deficiencias de un medio editorial precario.

En este punto hay que recordar un hecho a la vez simple y fundamental. Los documentos del siglo XVI relativos a México como las cartas de Cortés, Motolinía o Las Casas; las obras históricas y literarias como los Diálogos latinos de Cervantes de Salazar; las actas de cabildo, los juicios y contratos, o las crónicas de los misioneros y caciques hispanizados, así como los primeros libros impresos en México; en una palabra, el sustento escrito para que los historiadores elaborasen posteriormente una visión panorámica del periodo, sencillamente no se hallaban reunidos ni ordenados, sino que andaban –cuando no menguados y perdidos– dispersos en archivos, colecciones y bibliotecas no solo en México sino en diversos países, muchas veces en manuscritos, a veces en ediciones; en la lengua original en que fueron escritos o bien solo en traducciones y refundiciones posteriores. Lucas Alamán sintió la necesidad de recopilar estos materiales, llegando a consolidar un fondo personal considerable. No fue el único. Varios políticos y escritores de aquella época se dedicaron también a reunir los disiecta membra de una urgente historia nacional, sin mencionar los esfuerzos oficiales como los del Archivo General de la Nación o los de sabios extranjeros como el propio Prescott o lord Kingsborough, autor de un Antiquities of Mexico de 1848, que habían sabido procurarse de las fuentes necesarias.

Tales eran los aires del momento. Emancipado de España, el México independiente y sus prohombres se vieron impelidos a elaborar una historia nacional propia, bien que no siempre consensuada, pues en el fragor político surgieron los sesgos ideológicos de marras: cada facción proponía una interpretación distinta, ya hispanista, ya indigenista, de la historia de México. Pero para todo ello hacía falta, en buena lid, conocer las fuentes, y precisamente en esta tarea de recopilación, siguiendo los pasos de su mentor Lucas Alamán, Joaquín García Icazbalceta llegaría a descollar por encima de todos en el siglo XIX. No quiero, sin embargo, dejar de apuntar que en esta pugna historicista entre liberales y conservadores, como bien señala Martínez Baracs, reinó muchas veces, por encima de las diferencias, un patriotismo superior y un respeto ejemplar y caballeroso entre los diferentes líderes de doctrina. Durante la guerra de Estados Unidos contra México (1846-1848), Lucas Alamán dio refugio en su propia casa al liberal Guillermo Prieto, quien después escribiría las líneas más bellas sobre las virtudes de su rival y protector. Todos se sabían mexicanos, embarcados pues en la misma nave del Estado. García Icazbalceta y sus contemporáneos, que constataron estas altas prendas en sus maestros, buscaron conscientemente ceñir sus trabajos históricos a la célebre exigencia de Tácito: sine ira et studio (“sin odio ni parcialidad”).

Por otro lado, no hay que pensar –como se repite con suficiencia en la jerga universitaria– que la separación política de España hizo que México “se inventara” súbitamente una historia nacional, como implicando arbitrariedad y automatismo. México, más allá del nombre con que se le conceptualizara, ya existía desde antes como entidad diferente de la metrópolis –y con conciencia de serlo–. Basta leer con atención las tempranas cartas privadas de los emigrantes a Indias o, por ejemplo, este precioso fragmento del padre Motolinía editado por García Icazbalceta y citado por Martínez Baracs, que data… ¡de 1540!:

Lo que esta tierra ruega a Dios es que dé mucha vida a su rey y muchos hijos, para que le dé un infante que la señoree y ennoblezca y prospere, así en lo espiritual como en lo temporal, porque en esto se le va la vida; porque una tierra tan grande y tan remota y apartada no se puede desde tan lejos bien gobernar, ni una cosa tan divisa de Castilla y tan apartada, no puede perseverar sin padecer grande desolación y muchos trabajos e ir cada día de caída por no tener consigo a su principal cabeza y rey que la gobierne y mantenga en justicia y perpetua paz, y haga merced a los buenos y leales vasallos, castigando a los rebeldes y tiranos que quieren usurpar los bienes del patrimonio real.

La justa apreciación de Motolinía tardó tres siglos en tomar cuerpo. Como sea, esta “conciencia nacional” se manifestó a mediados del siglo XIX en una serie de instituciones y empresas culturales tales como el Diccionario universal de historia y de geografía en diez tomos, publicado entre 1853 y 1856, editado por José María Andrade, Felipe Escalante y Manuel Orozco y Berra, donde colaboraron alrededor de cuarenta hombres de letras, entre ellos, con especial ahínco, García Icazbalceta; la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística; las tertulias del Ateneo de México; la actividad de las librerías aledañas a la Plaza de Armas; además del espíritu de colaboración que, como demuestra Martínez Baracs, articulaba los esfuerzos de varios estudiosos, que se intercambiaban libros, manuscritos, copias y noticias, todo a través de nutridas correspondencias pautadas por la reciprocidad y la cortesía, sin olvidar a los colegas extranjeros, cuya comunicación es fundamental para levantar el edificio de las fuentes y las interpretaciones, lejos de los excesos nacionalistas. En este medio se desenvolvieron los esfuerzos de Joaquín García Icazbalceta.

El libro de Martínez Baracs se convierte en una referencia obligada porque sintetiza una bibliografía enorme, sobre todo estadounidense y mexicana, sobre el periodo, la historia intelectual, archivística y bibliográfica, y en particular sobre el historiador “eficiente y solvente” que fue García Icazbalceta. De hecho, el autor ofrece una descripción pormenorizada, no exenta de agudas observaciones críticas, de los principales documentos recuperados, salvaguardados, editados y comentados por García Icazbalceta, familiarizado como está con prácticamente todo este ingente material bibliográfico.

El historiador del virreinato que es Martínez Baracs se mide entonces con su paredro y colega del siglo XIX, con quien lo asocian no pocas cualidades y conocimientos de las difíciles materias tratadas. Estamos pues ante una obra de erudición sobre un erudito, en la que entramos de lleno al taller donde –alumbrados por velas y quinqué, y manchados los dedos de olorosa tinta negra– se fragua buena parte de la historia de México en medio de correspondencias, crítica de fuentes, copias, cotejos, impresiones, encuadernaciones, envíos y estudios adelantados por una serie de hombres industriosos, conscientes de su responsabilidad frente a las generaciones venideras que somos nosotros. En este primer tomo de su gran obra sobre Joaquín García Icazbalceta, Rodrigo Martínez Baracs nos muestra, con devoción, los primeros, seguros y cuidados pasos de una vocación bien encaminada. ~


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