Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo.
C. S. Lewis, Una pena en observación (1961)
No me gustó Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt, sobre la agonía y la muerte de Paul Auster (1947-2024), su esposo durante más de cuarenta años y fallecido, de cáncer de pulmón, el 30 de abril de aquel año. Es un poco difícil decirlo. Hacerlo me deja un mal sabor de boca, acaso por mi falta de empatía con una notable pareja de escritores y, sobre todo, con la viuda que decidió hacer público, con decencia, pudor y autenticidad, su duelo. Debo decir, antes de entrar en materia, que leí con cierto gusto a Auster en mi juventud (El palacio de la luna, La música del azar y Leviatán) pero desapareció de mi horizonte, aunque desde hace pocos años me miran, amenazantes desde el librero y figuradamente intonsos, 4 3 2 1 (2017) y su biografía de Stephen Crane, de 2021.
Por razones extraliterarias, no hace mucho interrumpí abruptamente mi lectura de The New York trilogy (1985-1986) a las pocas páginas; en cuanto a Hustvedt, no la había yo leído hasta Historias de fantasmas, aunque, con este último, me hice de varios libros de ella, para llenar una laguna señalada en mi mapa por buenos lectores y amigos excelentes.
Y si las parejas literarias son muy difíciles de sobrellevar, tampoco son sencillas como literatura porque comparar es irremediable. Es difícil negar que, de los Woolf, la buena fue Virginia, no Leonard –juzgado como marido de manera muy distinta según la vara del biógrafo–, que Octavio Paz fue más importante que Elena Garro y que la obra de Fleur Jaeggy –a quien tengo en el horno– pareciera ser un reto minimalista frente a la vasta megalomanía del gran Roberto Calasso, su marido y quien se atrevió, con desigual fortuna, a reescribir las cumbres de todas las literaturas, desde la India hasta Grecia, pasando por la Biblia. Pero ese es otro tema, el de las odiosas comparaciones, fatales bajo el imperio del género en que sobrevivimos.
Se han escrito grandes libros sobre la muerte de individuos imaginarios o reales, desde La muerte de Iván Ilich hasta los de John Bayley sobre Iris Murdoch, que Hustvedt celebra (y yo con ella), hasta aquellas ficciones donde la muerte es una alegoría, ya de la Revolución mexicana (La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes) o del comercio entre el poeta y el tirano (La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, uno de mis libros predilectos).
Trataré de explicar por qué no disfruté de Historias de fantasmas. Tomo en cuenta que Hustvedt, escritora profesional y famosa entre los famosos, no podía ignorar que por esta bitácora podía ser juzgada con rudeza, no solo desde puntos de vista ajenos o indiferentes a su dolor. En ella aparece correspondencia amorosa de juventud, cartas que Auster le escribió a su nieto bebé para dejarle un legado íntimo y póstumo o los correos electrónicos que ella hacía circular entre sus amigos sobre el estado de salud de Paul. Ignoro si ella estuvo consciente, como veremos, de estar ante un imposible del orden, digamos, retórico: ¿puede contarse “una muerte muy dulce”, diría Simone de Beauvoir, bajo la sombra de un acontecimiento atroz? Me parece que a Hustvedt su duelo le impidió, pese a su inteligencia, saber que estaba escribiendo una crónica trágicamente fallida.
Toda historia de la muerte de un ser querido es una historia de amor y Hustvedt no se ahorra el parte de la felicísima relación que como padres, abuelos, amantes y colegas de escritura tuvo este matrimonio, al grado de que cualquier lector malicioso acaba por preguntarse si, salvo alguna indecisión inicial del varón (casado en primeras nupcias con una ensayista y traductora en verdad extraordinaria, Lydia Davis), ese cuento de hadas habrá sido posible sobre la tierra, aún en medio de la Nueva York más chic, turbulenta y linajuda en cuanto a vida literaria se refiere. Quien lleva más de un matrimonio a cuestas (y los muchísimos con los que se ha topado en las novelas y cuentos y poemas) sabe que hasta la más virtuosa de las parejas es un castillo sobre la arena. Pero eso es lo de menos.
Importa más que Historias de fantasmas está escrita, en primer término, sobre un dilema que, de yo ser amigo de la autora, quizás no me hubiese atrevido a señalarle: la esperanza (cosa distinta al optimismo, según ella) mantenida por Siri durante la convalecencia del ser amado, que sirvió para darle vida y tiempo de calidad a Auster, al ser trasladada a la escasamente piadosa literatura, tan alérgica a las buenas intenciones, convierte lo que debió ser una elegía (y Hustvedt se explica el mundo más bien desde las neurociencias) en un relato solo entrañable para los seres más próximos (entre los que deben estar, desde luego, los miles de lectores de ambos).
La esperanza, por decirlo así, hace de Historias de fantasmas un libro sentimentalmente correcto: de este modo se trata a un enfermo terminal, cuando sobran el amor y se tienen los medios para despedirse de él, en el calor del hogar. Sus páginas se leen, también, como los apuntes para una hagiografía de Auster, quien para su viuda no tuvo defectos notables y todo lo que en él era dudoso pasaba a ser solo curiosa idiosincrasia. Bayley, en cambio, amaba a Murdoch y la cuidó en condiciones muy difíciles, pero nunca negó que su Alzheimer era hijo de la intolerable acritud de su esposa, una existencialista irlandesa, combinación, si cabe, de temerse.
En las páginas finales de Historias de fantasmas, la escritora de Minnesota, de origen noruego y nacida en 1955, combina la agonía de Auster con la fascistización de los Estados Unidos gracias a Donald Trump (cuyo nombre no menciona Hustvedt por cábala), equiparando la extinción del amado con la extinción de la democracia en los Estados Unidos porque Auster, a no dudarlo, era feminista, defensor acérrimo del derecho al aborto y estudioso de la violencia rutinaria de los estadounidenses contra los estadounidenses gracias a la Segunda Enmienda y enemigo de tiranías de diverso signo. ¿A dónde podría ir Siri sin Auster y sin los Estados Unidos como democracia, se pregunta ella misma, llena de miedo? La muerte del ser amado, ya se sabe, deja vacío el mundo. Y Hustvedt es, además, hija de una noruega que vivió bajo la ocupación nazi, en un país –y ella no lo dice– donde abundaron los colaboracionistas, empezando por Knut Hamsun.
La reelección de Trump en 2024 no la llegó a ver Auster, aunque militó contra MAGA tanto como se lo permitió su salud. Que ella equipare ambos dolores, uno personal y otro histórico, no me molesta pues comparto su horror contra el trumpismo. Y para ella y su generación “lo personal es público” (a mí algo me queda de ello como penúltimo baby boomer), de tal forma que acepto con naturalidad el paralelo. Acaso Hustvedt insiste demasiado en que, ya desde el 68, Auster no solo era un liberal, sino un radical de credenciales intachables. La buena conciencia de los intelectuales de Brooklyn no siempre arroja resultados, en mi opinión, ni aceptables ni justos.
Muy pronto, en la página 50 de Historias de fantasmas, sale el peine, que el lector informado ya sospecharía. En segundo término y ello es lo fatal, Hustvedt abre la carta robada sobre la mesa que vuelve inverosímil su narrativa: “La nieta de diez meses de Paul, mi nietastra Ruby Auster, murió el 1 de noviembre de 2021. Cuando seis meses después el forense determinó que la causa de su muerte había sido la heroína y el fentanilo, el hijo de Paul, mi hijastro, Daniel, que estaba solo con ella en el momento en que falleció, fue detenido y acusado de homicidio por improcedencia grave y negligencia criminal, así como de poner en peligro a un menor. Lo enviaron a Rikers, donde lo pusieron en libertad bajo fianza y, horas más tarde, murió de una sobredosis de heroína y fentanilo. Murió el 22 de abril de 2022. Tenía 44 años. Es imposible escribir sobre Paul sin escribir sobre él, pero esa historia también involucra a otras personas en la vida de Daniel que lo querían y tienen sus propias perspectivas y su propio dolor.”
En algunos momentos de Historias de fantasmas, Hustvedt intenta explicarse lo inenarrable y elucubrar (porque quizá sabe cosas que no puede ni quiere decir) cómo vivió Auster esa tragedia (una verdadera tragedia, una situación fatal y sin salida, no una desgracia periodística), pero prudentemente se aleja de ese fuego abrasador que amenaza con reducir a cenizas la vida y la muerte de su matrimonio. Retoma el tema al final contando que, en el funeral de su marido, se sintió obligada a mencionar la tragedia. Nadie cree (o no se ha documentado, según sé) que Auster y Davis, madre de Daniel Auster, hayan sido padres monstruosos capaces de crear a un infanticida. Lo más probable es que hayan sido pasablemente, muy pasablemente, afectuosos y sensibles como padres; pero sabemos que hasta las mejores familias procrean crímenes inexplicables.
Pero Historias de fantasmas no es verosímil dada la tragedia de Paul y Ruby, y los esfuerzos de Hustvedt por mantener su amor con Paul en una burbuja, aislado, en el bello Brooklyn, de esa mancha solar, como si fuera posible, al menos literariamente, mantener separados el amor perfecto y el horror absoluto, esferas apenas sobrepuestas. Parece que ella se sintió obligada a mencionar los hechos de 2021 y de 2022 como si fueran un estorbo imponderable ante su narración de esa muerte tan dulce. Tampoco puede afirmar Hustvedt que Auster, como sí se atrevió a escribirlo en sus memorias el psiquiatra español Carlos Castilla del Pino, no se dejaría devorar por nada ni nadie, ni por el suicidio de una de sus hijas.
Hustvedt evadió una trama que no estaba preparada para escribir. ¿Quién podría estarlo? ¿Fédor Dostoievski, Patricia Highsmith, Heimito von Doderer? No lo sé. Por ello creo que Historias de fantasmas, clínica y moralmente digna, es un fracaso artístico. Quizás la verdadera novela de Paul Auster la escribirá otro Paul Auster, en otro siglo o en una dimensión paralela.
Un gran poeta y persona mayor, según él mismo me contó (buen amigo mío) y me lo corroboraron sus hijas, no soportaba acercarse a la habitación en casa donde languidecía, desahuciada por el cáncer, la mujer de su vida, durante las semanas previas a su muerte. ¿Quién puede juzgarlo? Me parece que nadie pero, si de literatura se trata, es más apetitosa la fobia del poeta que la eficaz entrega de Hustvedt, en Historias de fantasmas, quien solo vacila cuando se acerca a los libros del cristiano Søren Kierkegaard, cuya acrimonia religiosa le parecía indecente como antídoto junto al amor y junto a la muerte. ¿Por qué? Aventuro una hipótesis: el filósofo danés sostenía que todo en la vida es repetición y que el sentido de la existencia es encontrar el hecho primigenio para, volviendo a él, morir con las cuentas limpias. Por ello, Una pena en observación, el clásico del género, de C. S. Lewis, es un diamante, porque el escritor irlandés se confía a Dios y no se atreve a preguntar. Y lo escribo con disgusto, porque soy agnóstico, como supongo que lo es Siri Hustvedt y me es imposible creer que Paul Auster haya muerto en paz. Pero así parece proponerlo en Historias de fantasmas. ~