Cuando Octavio Paz volvió a México, en septiembre de 1953, fue bien recibido por sus amigos, entre ellos por el coordinador de Difusión Cultural de la UNAM y director de la mejor época de su revista, Jaime García Terrés, quien lo invitó a varias actividades y en noviembre le dedicó un fragmento de su columna –“La feria de los días”–, donde comentó que la conferencia de Paz sobre “Poesía y poema” había sido “uno de los acontecimientos más relevantes de la vida artística en México”. Alabó también el ciclo de conferencias de Max Aub sobre la “Poesía española contemporánea” y, finalmente, narró que, desde su regreso, todas las mañanas el poeta recorría avenida Juárez visitando librerías. En una de ellas había solicitado un libro de 1948 que no tenían y entonces le ofrecieron las últimas novedades. “Octavio confesó cabizbajo: ‘Para mí todo es novedad, tras un alejamiento de diez años’. Y entonces al dependiente se le iluminó la cara: ‘En tal caso, es indispensable que conozca estos ensayos de Cosío Villegas. Y esto, de Martín Luis Guzmán. Y también (y aquí le mostró a su desconcertado interlocutor sendos ejemplares de El laberinto de la soledad y de Libertad bajo palabra) a este poeta, Octavio Paz, que dicen que es bastante bueno’.”
Cinco años más tarde, y después de la experiencia de Poesía en Voz Alta, efectuada también en la UNAM, Paz sería llamado por Max Aub para una nueva aventura: un programa de radio que se tituló: Algunos poetas franceses del siglo XX. Una antología caprichosa y cuyos once programas se transmitieron por xeun, Radio Universidad Nacional, entre el 20 de junio y el 22 de agosto de 1958. La antología muy probablemente fue preparada –conjetura Guillermo Sheridan– por Paz, claro, pero también por el actor Pierre Comte, quien vivió una temporada en México, y por Jean-Clarence Lambert, de paso en el país, y quien quizá recomendó a Comte con Paz, cuando debió volver a Francia. En la cabina acompañaron a Paz el propio Comte, el locutor –quien leía los parlamentos de Comte– y, en el transcurso de las emisiones, participaron también Juan José Gurrola, Pina Pellicer y hasta Helena Paz Garro, en una fugaz intervención.
La realización de estos programas habrá emocionado a Paz, aunque nunca la recordó con especial énfasis, nos dice Sheridan en el prólogo, donde revisa minuciosa, pero ágilmente, la relación de Paz con los medios de comunicación durante toda su vida: de la radio a la televisión, al computer. El programa era la oportunidad de sacar “de las catacumbas” a la poesía mediante su inserción en la radio, pues pensaba que aquella –le escribió a Max Aub en 1961– “se deformará y dispersará y reunirá la voz humana, sé que volverá a estar ligada a las experiencias de la música, la electrónica principalmente y sus nuevos mundos sonoros”, pero también de poner en práctica otra tarea creadora que obliga al ejercicio de la imaginación: el escucha, dijo Paz en 1997, “inventa una voz” pues “todos, al leer un poema, lo leemos en voz alta, aunque no se oiga un ruido, pero es una voz imaginaria la que habla”.
Los poetas incluidos en esos programas fueron, en este orden, Guillaume Apollinaire, Paul Éluard, Henri Michaux, Robert Desnos, André Breton, Saint-John Perse, Jules Supervielle, Germain Nouveau, Pierre Reverdy, Pierre Jean Jouve y Benjamin Péret. Pero este libro no contiene solo la transcripción, ya de por sí valiosa, de los programas que fueron recuperados por Ángel Gilberto Adame y que, afortunadamente, podemos escuchar gracias a que en el mismo libro se incluye un código QR que nos dirige a las grabaciones originales. El trabajo de los editores es una muestra de rigor académico, pero también de entusiasmo y de algo que hemos olvidado: la pasión por la poesía y su historia; la idea de que la literatura es, como los programas mismos, una charla entre amigos. Al leer, nos sentimos testigos –y, ¿por qué no?, partícipes también– de una muy larga conversación. A las bromas o comentarios de Paz y sus acompañantes, responden Bradu y Sheridan, y nosotros inventamos aquellas voces imaginarias y también conversamos.
Se acompaña la transcripción de los poemas en la versión que fue leída, pero también se incluyen traducciones importantes –de Jorge Carrera Andrade, Villaurrutia, José Luis Rivas, Ulalume González de León o el propio Octavio Paz–. Leemos además las versiones de los editores que en una ocasión prosifican meritoriamente un poema –“lo que es una forma de claudicar ante los paródicamente suntuosos alejandrinos del original” de Robert Desnos– y critican varias de las versiones que se eligieron en 1958, incluidas algunas de Paz, escritas “sobre las rodillas” o una de Pierre Zekeli, cuya traducción de Nouveau les resultó deplorable, lo que obligó a Sheridan a retocarla (aunque se publican ambas versiones). Nos enteramos de esa versión fallida en la nota que acompaña la transcripción, donde Bradu nos cuenta que Nouveau no aparece nunca en la obra ensayística de Paz, quien tampoco lo tradujo. Asimismo, Sheridan comenta su asombro por la presencia de este poeta en cuyo programa no estuvo Paz en la cabina, aunque sí se leyeron sus parlamentos, preparados previamente. “¿Habrá sido elegido por Comte?”, se pregunta, y este tipo de interrogaciones pueblan la sección “Después del programa”, donde se inscriben las nuevas traducciones y los editores establecen una charla sobre el texto, las historias que de allí nacen y el seguimiento puntual de la presencia de estos poetas en la obra y en la biografía de Paz y así conocemos chismes, cartas y problemas amorosos, políticos o literarios de los antologados.
La selección y los comentarios de Paz y Comte giran alrededor de un astro poderosísimo, aquel que, decía el poeta, “guardó intactos sus poderes de indignación moral” y “fue un foco secreto de pasión poética en nuestra época vil”: el surrealismo (aunque no todos los poetas incluidos hubieran sido surrealistas). También sabemos del momento político que aquellos vivieron pues Paz va dejando, aquí y allá, comentarios sobre el nazismo, el fascismo y el movimiento comunista, aunque de pronto advierte que no es propósito del programa recorrer los terrenos de la política, sino evocar a los autores.
No tan en el fondo, sin embargo, se trata de una antología de la poesía moderna, amorosa y erótica, francesa y por la acuciosa investigación podemos atisbar el momento emocional por el que pasaba Paz, deseoso de volver a Francia para continuar su relación con Bona Tibertelli de Pisis, a quien le escribió en 1964 una carta que decía: “Cuando era chico, yo quería al mismo tiempo ser Rimbaud y Baudelaire, Michaux y Éluard, Garcilaso y Blake, Novalis y no sé quién más. Quería parecerme a lo que amaba.”
Aunque Sheridan explica que los poemas seleccionados por Paz “apuntan a un momento central de su vida (su anhelada unión con Bona)”, no dejo de pensar que, como en todo poeta verdadero, en las palabras de Paz encontramos no solo su pasado o presente, sino, también, el augurio de su futuro. Presagio de su reencuentro, varios años más tarde, con Marie José Tramini –aquella “muchacha / detenida / sobre un precipicio de miradas” entre la calle Montalembert y la Rue du Bac–, al comentar el sistema de “correspondencias insólitas” de Breton, parece dar fe de la naturaleza vidente del poeta que anticipa momentos esenciales de su vida sin siquiera imaginarlo: “Salimos un día de casa y de pronto, al doblar una esquina, encontramos un rostro, una presencia: ¿suerte?, más bien, azar objetivo. El deseo tiende un puente colgante entre el sueño y la vigilia donde está ella esperándonos.” Y al leer sus palabras me asalta el recuerdo de aquel “puente colgante de once sílabas” que, en Pasado en claro, conducía a Paz de un cuento a otro. Pero estas son solo algunas de las muchas resonancias que yo imagino al leer esta Antología caprichosa, cuyas secciones más memorables –por los programas mismos, pero también por los comentarios de los editores– son, al menos para mí, las dedicadas a Apollinaire, Breton, Michaux y Péret.
El epílogo del libro, obra de Fabienne Bradu, nos habla de la revelación que se produce al escuchar la lectura de la poesía, pero también de la conmovedora experiencia de volver a oír la voz de Paz leyendo poemas. Al término de esta ruta, uno puede o quiere creer que, como decía nuestro poeta de Breton, “cuando la gritería y la cháchara que hoy nos ensordecen se haya disipado, su palabra volverá a ser oída”.
Esa esperanza me lleva a otra, vislumbrada en la “Nota a la edición”. Allí podemos leer: “procuramos reivindicar la charla, la hospitalaria causerie que la vengativa ‘teoría’ ha tratado de expulsar de la lectura y sus deleites”. Esta Antología caprichosa cumplió con su propósito sobradamente. ~