Los niños que recojan nuestros huesos
nunca sabrán que fueron, una vez,
veloces como un zorro en la colina;
que en otoño, cuando las uvas tornan
más recio al aire recio con su aroma,
tenían un ser que respiraba escarcha;
y menos supondrán que, con los huesos,
dejamos mucho más, lo que aún constituye
la pinta de las cosas, lo percibido contra
lo visto. Nubes de la primavera
se disipan arriba del palacio tapiado,
más allá del portón, y la borrasca,
con un desánimo letrado, gime.
Mucho tiempo supimos del aspecto
del palacio; cuanto dijimos de él
formó una parte de lo que es. Los niños,
entretejiendo aureolas florecidas,
dirán nuestro discurso y no sabrán jamás;
hablarán del palacio, en el que pareciera
que quien ahí vivió dejó su alma
tomando por asalto las paredes vacías,
una casa mugrienta en un mundo hecho polvo,
los jirones de sombras que se volvieron blancas
y el opulento sol untó de oro. ~
(1923)
Versión de Hernán Bravo Varela.