Queer, nómada, iconoclasta

AÑADIR A FAVORITOS

Cristina Rivera Garza

Autobiografía del algodón

Ciudad de México, Literatura Random House, 2020, 320 pp.

En Autobiografía del algodón Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) regresa a las tierras de sus antepasados agricultores, indígenas y “andariegos”. Acompañada de su familia “queer, nómada, iconoclasta”, como ella misma la define, va en busca de los desaparecidos campos de algodón convertidos ahora en campos de batalla o en fosas donde “se escribe la historia del mal de nuestro tiempo”. A un paso de la frontera norte, se entrecruzan José María Rivera Doñes, el abuelo paterno de la autora y el escritor José Revueltas, quien, enviado por el Partido Comunista, escribiría sobre la huelga de “5000 o 15 mil trabajadores” en El luto humano, titulado en un borrador anterior Las huellas habitadas.

La narración inicia con el estallido de la huelga de 1934 y la llegada de Revueltas a la Estación Camarón, fundada en 1889. La huelga y su fracaso son el punto de partida para reflexionar sobre la migración, las condiciones del trabajo obrero y el campesino, las demandas de lo mínimo, las vidas precarias que desaparecen en la vorágine de las historias oficiales.

La autobiografía alterna entre el relato del viaje y la recopilación de documentos y fotografías que permiten la articulación de una historia familiar –aún no contada– donde la memoria y la ficción se encuentran. “La historia de [sus] abuelos, abriéndose paso entre matorrales y huizaches, lodo, culebrillas […] La historia de cómo una planta humilde y poderosa [el algodón] transformó las vidas de tantos, comunidades enteras, hasta el clima mismo. La historia de cómo, aun antes de nacer, el algodón [la] formó.” El destino de los abuelos, como el de la autora, está marcado por el coraje ante las injusticias, por una entrega absoluta al trabajo y por los desplazamientos.

Autobiografía del algodón es “una forma de regreso: una refamiliarización y una reparación”. La autora convierte las evidencias del tránsito de la vida hacia a la muerte (actas de nacimiento, actas de matrimonio y actas de defunción) en huellas habitadas. La narrativa, como su familia, se va reconstituyendo en el viaje y en las conversaciones con los propios muertos: “Venimos aquí […] a convivir con nuestros muertos: platicamos con ellos, les contamos nuestras cosas, les ofrecemos nuestros recuerdos, les decimos, de todas las formas posibles, que siguen con nosotros y nosotros con ellos.”

En realidad, la novela comienza a escribirse en la fiesta de clausura del Congreso de Mexicanistas en UC-Irvine en 2014, como puede leerse en los reconocimientos al final del libro. El gesto de revelar las diferentes etapas de su proceso de escritura y describirlo como un trabajo –sin arrebatos románticos– hecho con disciplina y en comunidad confirma su poética de la “desapropiación”, una donde la autora está al servicio del texto. El ejercicio de escritura autobiográfica es también una forma de responder a la urgente pregunta de la sobrevivencia: “¿Por qué unos mueren y otros no en una epidemia?”

El texto se conforma de una exhaustiva y metódica investigación evidente en las numerosas fuentes que lo nutren: materiales históricos (telegramas, periódicos, una “versión académica de esta historia”), archivos personales (el diario de su abuela Petra Peña, entrevistas a familiares, testimonios). La escritura previa a la escritura –las notas, apuntes y cuadernos– es para Rivera Garza tan importante como el libro publicado; ninguna obra es definitiva. Hacia el final se asoma una nueva pregunta, acaso otro viaje. Como en todos sus libros, vale la pena detenerse en las intensas imágenes poéticas (aquí en las variaciones del cielo azul), en los detalles y en los paratextos (las dedicatorias, los epígrafes, los títulos y los epílogos). Así como en las constantes interrupciones –tan benjaminianas– que multiplican las perspectivas históricas y delatan la mirada desconfiada de la autora ante los conceptos de orden y progreso de la modernidad.

Rivera Garza explora distintas formas de estar en el mundo, de habitar y de ser habitados por paisajes y por afectos que generan un sentido de pertenencia, narrativas que nos estructuran como sujetos y como comunidad. Habitar significa tener (ser dueño) u ocupar (ser huésped). Se habita una casa, un pedazo de tierra o, como demuestra Rivera Garza, se habita temporalmente un cuerpo (nuestra casa), un texto (un pedazo de tierra que hacemos nuestro). Habitamos y somos habitados.

La memoria es también una habitación compartida desde la cual Rivera Garza escribe. Las sensaciones habitan su escritura: “El olor a maquinaria de fierro y aceite quemado. El sonido de las palomas al atardecer. El aroma de jazmín. El sonido de los tractores sobre los surcos. El color del cielo en invierno, unos minutos antes de la lluvia. El aroma del huracán. La sensación del zacate crecido bajo los dedos. El aroma de la guayaba […] El sonido del tecolote, a media noche […] El sabor a tierra seca, y luego a tierra húmeda, entre los dientes. El sonido de los gallos al amanecer […] La sensación de humo en los ojos. Todo eso es difícil de describir.” El lector habita temporalmente un espacio donde la escritura se produce para representar un pasado, una genealogía familiar, una historia de migraciones. Como lectores habitamos el libro temporalmente: “Somos huéspedes en un lugar que es también la ubicación de otros seres humanos y otras especies y otros seres orgánicos e inorgánicos.”

Al lado de las figuras reconocidas de José Revueltas, Eduardo Chávez, Lázaro Cárdenas, aparecen las vidas ardientes de mineros y agricultores que construyeron inmensos proyectos en detrimento propio. Y las vidas truncadas de mujeres, como la de su hermana Liliana Rivera Garza, asesinada en manos de un exnovio celoso “que prefirió verla muerta a libre”. O, como la de su abuela Petra Peña encontrada muerta inexplicablemente a los 32 años. La violencia y los feminicidios –presentes y pasados– acechan, perturban y fisuran su historia. Evocar sus vidas, nombrarlas, es reconocer sus huellas y dejarlas inscritas para siempre en la obra del visionario ingeniero, en la novela del escritor comunista y en esta conmovedora autobiografía que le permite a la autora conciliar sus identidades fronterizas, queer, mestiza, indígena, tejana, chicana, latinx.

Ante el “¡Obreros y campesinos, uníos” Rivera Garza responde desencantada: “Obreros y campesinos. Como si se pudieran mezclar el agua y aceite.” Su postura de rechazo ante cualquier hegemonía (así sea de izquierda) es quizás la que posibilita la exploración tan extrema de cada uno de sus libros. La complejidad de su pensamiento nómada se refleja en la amplitud de los temas y géneros que aborda y en su capacidad para sintetizar la producción estética de un tiempo herido por la descomposición social y política. Rivera Garza ha sido pionera en entender que el lenguaje literario, como la retórica marxista, está agotado. Su escritura iconoclasta propone formas distintas de hospedarse en los textos y, como el zapatismo, modos alternos de habitar el mundo. Apuesta por un mundo en el que caben muchxs. ~