Amor Romántico S. A. de C. V.

El día que aprendí que no sé amar. Ars amatoria

Aura García-Junco

Seix Barral

Ciudad de México, 2021, 248 pp.

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En El día que aprendí que no sé amar. Ars amatoria Aura García-Junco (Ciudad de México, 1988) lleva a cabo una deconstrucción de lo que llama el “Amor Romántico S. A. de C. V.”. Con humor e ingenio –y desde una perspectiva feminista contemporánea– desmantela El arte de amar de Ovidio. La relectura crítica de esta obra funciona como núcleo y contrapunto de su “propio manual para amar”. Su escritura parte de lo íntimo (del cuerpo, del deseo y de la propia experiencia) para después trasladarse a terrenos intelectuales y estéticos desde los cuales reflexiona sobre el agotamiento del lenguaje amoroso.

García-Junco adelanta su postura existencial y filosófica en los dos epígrafes que abren su libro. Con el primero se posiciona contra el “canto” y la “verdad” y contra el poeta romano Publio Ovidio Nasón, cuyo nombre tachonea en un gesto de rebeldía antipatriarcal.

La experiencia dicta mi poema
no desprecien sus consejos saludables:
canto la verdad.
Publio Ovidio NasónEl arte de amar.

Con el segundo, se alinea con la norteamericana Vivian Gornick, maestra en transformar las experiencias vitales –“Líos. Aventuras. Pasiones…”– en obras de arte literarias.

Antes de entrar de lleno a su tema, la autora reconoce sus límites con claridad. No pretende ser exhaustiva, a pesar de que su análisis es muy ambicioso, ni saberlo todo. Como indica con ironía en el título (no sé amar), su investigación “parte de un análisis que es en gran medida cis- y heterosexual”: “en estas páginas lo único que pretendo es hacer un acercamiento a la manera en que nos relacionamos en la actualidad en algunos sectores de clase media urbana en México, hasta donde me es posible ver, con todos mis puntos ciegos y mis limitaciones”.

García-Junco elabora un rico marco teórico, que le permite observar con mayor complejidad sus experiencias. Se refiere a pensadoras norteamericanas como Stephanie Coontz, Moira Weigel, Léa Séguin o la británica-australiana Sara Ahmed –que han abordado temas como el matrimonio, la sexualidad y el erotismo– y europeas como Eva Illouz, Esther Perel, Brigitte Vasallo –que se han adentrado en los afectos, en la inteligencia emocional y la misoginia, entre otros asuntos–. Si bien el estudio menciona las aportaciones de Marcela Lagarde sobre la violencia feminicida y las del antropólogo Federico Navarrete con respecto al racismo, el diálogo con críticas y pensadores mexicanos se extraña un poco en este trabajo, sobre todo tomando en cuenta que las experiencias de la ensayista y narradora se sitúan en México.

El libro se divide en trece muy breves secciones en las que se mezclan vivencias personales, estudios teóricos, literarios y culturales, una posdata en forma de carta de amor a Ovidio y una sección final de notas bibliográficas. Compagina la rigurosa lectura de literatura medieval y clásica con un entusiasmo un poco excesivo hacia las teorías más recientes aún no pasadas por el tamiz de su escepticismo, distanciamiento necesario hacia toda teoría, por más fascinante y liberadora que suene.

El día que aprendí que no sé amar arranca con una anécdota donde la autora describe un encuentro furtivo con Z, una joven artista que cuestiona su preferencia por las relaciones abiertas. Esta escena detona “muchas dudas”: “¿Que un beso no se relaciona con aquella difusa idea llamada ‘amor’? […] ¿en serio amo a mi novio? Y si es así, ¿no puedo querer estar con otres a la vez?” A partir de ahí el libro emprende un análisis de lo que significa el amor partiendo de las películas, las canciones, los cuentos, etcétera. Examina todas las etapas, ritos y formas tradicionales de relacionarse (ligue, conquista, “posesión”, matrimonio, monogamia) al tiempo que explica el amor en los tiempos de las redes sociales o el poliamor y sus reglas, en principio transparentes, pero no siempre muy claras entre los involucrados.

El abanico de posibilidades resulta muy ilustrativo. En el muestreo masculino –el que predomina– desfilan como en una mala lotería: “el mañoso cuarentón” que anda cazando a las de veinte, “el artista loco” que no invita ni la chela y luego da “una noche de mierda”, “el adicto al porno” y –quizás el peor– “el filósofo” que propone pactos novedosos y luego desaparece. No hay a quién irle, ni para una noche, ni “para siempre”, ni por la libre. Nada. Ninguno. Podríamos creer que García-Junco tuvo mala suerte, que salió con demasiadas expectativas a su trabajo de campo, pero es más acertado decir, por la violencia hacia las mujeres que aún prevalece, que hay un común denominador de absoluta irresponsabilidad afectiva y social. En este contexto francamente triste y misógino no sorprende que las teorías feministas parezcan desarticuladas respecto a las historias narradas.

La dimensión literaria de la obra –su latido– aparece muy pronto en la lectura y esto produce, desde el principio, una experiencia muy gozosa. El segundo fragmento continúa –tal como anuncia el primer epígrafe– con las citas y las tachaduras de El arte de amar: “Voy a cantar al amor apacible y a los arrebatos permitidos, y no habrá delito alguno en mi poema.” Las tachaduras, ya queda claro para entonces, son el corazón del libro, es ahí donde el pensamiento de la autora se condensa con mayor fuerza, no en las anécdotas ni en las referencias bibliográficas. La tachadura funciona como un rechazo hacia la ideología dominante que libera a la narradora (y a la lectora). Los fragmentos sin tachar manifiestan sus ideas sobre el arte y sobre el amor. Un amor sin adjetivos, sin emociones extremas y una belleza que está en muchas partes: en la hibridez del discurso, en el relato de lo vivido –descrito con mucha valentía– y en ese arrojo antagónico hacia el texto clásico.

El libro va creando abismos entre los fracasos (aprendizajes) en serie y las elaboradas tesis amorosas –muchas veces utópicas– de la ensayista. Queda el intento por pensar –junto con otras muchas mujeres– cómo darle la vuelta al patriarcado y la curiosidad por seguir ese mapa de lecturas tan diversas.

Más allá del ejercicio teórico-práctico, la principal cualidad de este ensayo radica en su reescritura. El placer inmenso de tachar con precisión lo canónico –cuestionarlo– revela la inteligencia de la autora. La tachadura deshabilita la noción de belleza (buena, noble, verdadera) y apuesta por una versión editada –tachada– del amor y de la obra literaria. Con este libro, García-Junco se incorpora de lleno al flujo de las escrituras feministas contemporáneas. ~

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