No sé si Un polvo desafortunado o porno loco, No esperes demasiado del fin del mundo y Kontinental ’25 forman una trilogía, o si su director, Radu Jude (Bucarest, 1977), las pensó así. Con la primera ganó el Oso de Oro en Berlín en 2021, y esa es la primera película suya que vi. Una profesora se graba un vídeo porno amateur con su marido, para consumo interno, que por accidente ven no solo sus alumnos, sino los padres de estos, para gran escándalo de los adultos. La película tiene tres partes y tres posibles finales. La primera parte es la profesora recorriendo Bucarest, esperando que el semáforo se ponga verde, hablando por teléfono, etc. La segunda es una especie de intermedio-collage, senda que Jude ha retomado recientemente. La tercera parte es la dedicada al cara a cara con los padres. Como transcurre en época pandémica, la reunión se produce en un exterior y hay una cierta disposición teatral, con la profesora y la directora en un escenario improvisado. Lo primero que hacen los padres es poner el vídeo en una tablet, cosa que la profesora aguanta con admirable calma.
No esperes demasiado del fin del mundo sigue a Angela, que conduce su coche de aquí para allá, de una dirección a otra, buscando participantes para un vídeo corporativo sobre accidentes laborales. Angela, además, alimenta su canal de TikTok con una parodia –invención de la actriz Ilinca Manolache– de Andrew Tate, capo de la manosfera que en 2022 fue detenido en Rumanía por tráfico de personas. El periplo de Angela, en blanco y negro, se alterna con fotogramas ralentizados de una película de los ochenta, Angela merge mai departe (Lucian Bratu, 1981), que sigue a una taxista en la Bucarest de Ceaușescu. Angela conduce y conduce, acude a casas de gente que ha tenido accidentes y les hace preguntas; tiene que lidiar también con otros asuntos familiares, como la exhumación de los ataúdes de sus abuelos. La película termina con el rodaje del vídeo corporativo, ya en color y sin Angela: la familia elegida cuenta una y otra vez la historia, toma tras toma, sin importar que empiece a llover y cada vez con más restricciones (no pueden decir Rusia, por ejemplo, porque la empresa tiene sedes allí).
Kontinental ’25 –inspirada en Europa ’51, de Roberto Rossellini, y rodada con un iPhone a falta de financiación– transcurre en Cluj, la segunda ciudad más poblada de Rumanía, en la región de Transilvania, donde viven los húngaros de Rumanía. Una jueza, Orsolya, acude al cuarto de calderas del edificio en que pasa las noches un sintecho al que hemos visto a lo largo de la primera parte de la película pedir trabajo o dinero a comensales en las terrazas, farfullar sin parar, cargar con una bolsa cada vez más llena en la que va metiendo botellas y plásticos, y comer lo que sea al sol. Orsolya le había concedido una prórroga, pero van a construir un hotel de lujo allí y quieren empezar antes de que llegue el invierno porque saben que en los meses fríos no se puede desahuciar. Los funcionarios le dejan un rato al hombre para que recoja sus cosas. Pero él tiene otros planes: cuando vuelven está muerto. Orsolya se siente culpable, tan culpable que decide no irse de vacaciones con su familia a Grecia. Hace un leve cambio en su oficina para tapar el radiador porque así fue como se mató el señor al que iba a desahuciar, ahorcándose en el radiador. La noticia aparece en la prensa exagerando la crueldad de Orsolya y destacando su origen: ella es húngara. Orsolya y sus flagelaciones producen distintas reacciones en su marido, sus compañeros de trabajo, su madre –con ella tiene una desagradable discusión–, una amiga, un exalumno, un sacerdote cristiano ortodoxo que le aclara que los versículos “Al que tiene se le dará más y tendrá en abundancia. Al que no tiene hasta lo que tiene se le quitará” hacen referencia a la fe, no a las posesiones materiales.
Todo aquello de lo que habla Radu Jude en sus películas podría considerarse propio del cine social, pero, si es cine social, lo es a la manera de Berlanga & Azcona, no a la de Ken Loach. Jude hace retratos. En una entrevista en makma, a propósito del Premio Luna de València 2025, Jude dijo que, cuando leyó que Balzac se veía a sí mismo como “el secretario de la historia hecha por la sociedad francesa”, quiso ese puesto para él, “en pequeñas proporciones” y en Rumanía; en las calles, en los edificios y en los bares y en setos de los parques (un poco de sexo extramarital siempre adereza una película).
Las tres películas que he visto de Radu Jude siguen a una mujer: en Un polvo desafortunado…, la protagonista camina y camina; en No esperes demasiado…, la protagonista conduce y conduce; Orsolya conduce, pero sobre todo la vemos sentada, contando una y otra vez el suicidio del pobre hombre y lo mal que se siente ella. Kontinental ’25 acaba con una sucesión de planos de edificios de Cluj –una ciudad preciosa, por lo que nos enseña la película– que me hizo pensar en la expresión que le he escuchado a la escritora María José Hasta a propósito de Zaragoza: ¡menudos plot twist arquitectónicos! Zaragoza aparecía mencionada en No esperes nada del fin del mundo, una de las familias entrevistadas tenía a alguien de Erasmus allí, y ahora leo que cuando Jude fue a Valencia a recoger su premio contó que tiene familia viviendo en Zaragoza.
En 2024 Jude ha hecho dos películas documentales: Eight postcards from Utopia, codirigida con Christian Ferencz-Flatz, un collage a partir de anuncios de televisión de la Rumanía poscomunista, y #Sleep2, con guiño a Warhol, porque la materia prima es metraje de una cámara que filma constantemente su tumba. En 2025 ha estrenado Dracula y prepara un Frankenstein que me apetece ver mucho más que el de Guillermo del Toro, con perdón.
Cuando le preguntan a Radu Jude por el humor a veces hacen referencia a la ironía, de la que él huye. Le gusta, en cambio –explica–, mostrar que las cosas son ridículas. Ese tema sí es inagotable. ~