Que Sonsoles de Icaza mantenía una relación extraconyugal con Ramón Serrano Suñer, el Cuñadísimo, era un secreto a voces entre las clases altas del Madrid del primer franquismo. Que Carmen Díez de Rivera, la cuarta de los cuatro hijos del matrimonio de Sonsoles con el marqués de Llanzol, era fruto de esa relación, también. Las fotos reproducidas en La soledad fue el precio no mienten. La de la pequeña Carmen en compañía de sus hermanos mayores (ella rubia de ojos claros y los otros tres morenos de ojos oscuros) resulta bastante elocuente, y lo mismo puede decirse de otras fotos en las que el parecido entre Carmen y su padre biológico salta a la vista.
La relación entre los matrimonios Serrano-Polo y Díez de Rivera-Icaza se mantuvo durante años dentro de los límites de la cordialidad y el afecto. Las dos familias compartían veraneos, los hijos de unos y otros se dispensaban trato de primos y Carmen crecía llamando tío Ramón a su verdadero padre. La lógica narrativa exigía que acabara pasando lo que finalmente pasó: que los adolescentes Carmen Díez de Rivera y Ramón Serrano Polo se enamoraran y, para evitar una boda entre hermanos, la verdad saliera abruptamente a la luz. El fin de la inocencia. Adiós, luz de los veranos…
Ese hecho, en el que el libro de Carmen Domingo no se detiene demasiado, es el punto que explica y da sentido a la biografía íntima de Díez de Rivera, incluidas sus complicadas relaciones con los hombres en general y con su padre biológico y su madre en particular, incluidas también sus frecuentes crisis espirituales y su evolución política, que acabará constituyendo toda una impugnación de sus orígenes.
Una mujer como ella, nacida y criada en lo más granado de la élite franquista, se alineó con la oposición al régimen adscribiéndose a la pequeña formación socialdemócrata de Dionisio Ridruejo y, tras la muerte de Franco (y del propio Ridruejo), militó en el PSP de Enrique Tierno Galván, para, tras un breve paso por el CDS, concluir su trayectoria política en el PSOE, partido al que representaría en el Parlamento Europeo en dos legislaturas: en total, un cuarto de siglo moviéndose en la órbita de la socialdemocracia. Ni siquiera durante los años en que estuvo próxima a Adolfo Suárez renunció a su ideario socialdemócrata, que algunos voceros de la reacción deformaron aviesamente para acusarla de infiltrada comunista (y hasta de espía del kgb), llegando a difundir el bulo de que por tal motivo había sido condenada a arresto domiciliario.
He hablado de biografía íntima, pero en el libro de Carmen Domingo la dimensión privada de su figura queda algo desdibujada al lado de su dimensión pública. Una de las razones podría ser el propio hermetismo del personaje, tan reservado que, poco antes de morir, optó por destruir sus diarios, privándonos así de un valioso testimonio que habría ayudado a iluminar no pocas zonas de sombra. En esos diarios, de los que solo conocemos los fragmentos que accedió a mostrar en vida, podrían estar las respuestas a algunas de las preguntas que se hace el lector de La soledad fue el precio.
Sabemos de la conversación que, entre lágrimas, mantuvieron la madre y la hija tras la muerte del marqués de Llanzol. Fue entonces cuando la madre se sinceró sobre su historia de amor con Serrano Suñer y cuando la hija, que no le perdonaba haberle ocultado las circunstancias de su origen, acabó disculpándola. Sabemos que Serrano Suñer no se comportó como un padre ejemplar con respecto a Carmen y que, por ejemplo, ni siquiera fue a visitarla en la clínica en la que agonizaba, que estaba a solo cincuenta metros de su domicilio. Sabemos también que Carmen mantuvo una relación muy estrecha con una de sus hermanastras (pero no sabemos mucho sobre su relación con los demás, incluido su antiguo novio). Sabemos asimismo que las tensiones familiares y domésticas acabaron abocándola a la anorexia… Sabemos, en fin, bastantes cosas sobre esa dimensión privada del personaje, pero tenemos la sensación de que podríamos saber algunas más y de forma más precisa. Qué matices y detalles habrían aportado a la historia las páginas destruidas de los diarios es algo que nunca podremos saber.
Otra de las facetas más apasionantes de la biografiada es su atormentada vida interior, que la llevó en diferentes etapas de su existencia a buscar consuelo en la religión. Si a su muerte quiso que sus cenizas se custodiaran en un convento de carmelitas descalzas de Arenas de San Pedro fue porque en ese convento de clausura había ingresado siendo muy joven. Después de eso pasó tres años como cooperante de una misión católica en una selva africana. Más tarde, dedicada ya a la política, adoptó la costumbre de retirarse cada cierto tiempo a descansar en una congregación religiosa de Jerusalén… En palabras de su amigo Francisco Umbral, Díez de Rivera se iba retirando “a sus clausuras interiores a las que siempre vuelve”. ¿Se abrazaba a la religión en busca de un bálsamo que aplacara el dolor de sus viejas heridas?
Las dos vertientes del personaje tienen su propia piedra angular. Si la de su vertiente privada es la peculiaridad de su concepción, la de su vertiente pública es la estrecha relación que mantuvo con Adolfo Suárez en los momentos clave de la Transición. Ahí sí que Carmen Domingo anda sobrada de fuentes a las que acudir, y su reconstrucción de aquellos años decisivos tiene algo de biografía política de la propia sociedad española. Colaboradora de Suárez desde fecha tan temprana como 1969, entre 1976 y 1977 ocuparía durante diez meses el cargo de directora de gabinete del presidente del gobierno.
En aquellos diez meses España estaba diseñando su futuro en democracia y todo tenía una trascendencia histórica, incluida la legalización del pce, de la que Díez de Rivera era firme partidaria. Su relación con Suárez empezó a languidecer muy poco después y terminaría de romperse tras el efímero paso de ella por el cds, en protesta por la decisión de integrar el partido en la Internacional Liberal.
Díez de Rivera, que suele ser recordada por esos diez meses en que ejerció de mano derecha de Suárez, tuvo sin embargo una trayectoria política tanto o más relevante en los doce años en que ocupó un escaño en el Parlamento Europeo. Tenía una indiscutible visión de futuro. En una época en la que los vuelos low cost eran todavía una rareza, destacó en la defensa del medio ambiente frente al turismo de masas. Por entonces, cuando la Unión Europea tenía solo quince miembros (y no veintisiete, como ahora), se adelantó a discutir la necesidad de la unanimidad en la toma de decisiones. El libro de Carmen Domingo, además de reconstruir su apasionante peripecia personal, acierta a reivindicar su talla política, no suficientemente valorada en su momento. ~