Un contrabando de historias

El contrabando ejemplar

Pablo Maurette

Anagrama

Barcelona, 2025, 344 pp.

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En su reportaje sobre Estados Unidos, Un forastero en Lolitalandia, Gregor von Rezzori constataba: “Para los europeos, con tres mil años de historia sobre sus espaldas, la historia es algo tan remoto en el tiempo que ha perdido cualquier tipo de realidad. Se relata como un drama o se sintetiza en el alto nivel de la saga. Por el contrario, la sangre de la historia americana es tan sorprendentemente fresca que muestra el color de la sangre verdadera.”

Sin embargo, en este aquelarre que es El contrabando ejemplar (y que alguna prensa ha definido como una “fábula sobre la identidad argentina”), el frescor de esa sangre emerge a través de las grietas de una superficie craquelada de mitos y leyendas, lo mismo antiguos que modernos. Recorrer sus páginas es caminar sobre los alfombrados meandros de una arcilla reseca que cobra vida a cada paso: basta apoyar el pie sobre una de sus losas polvorientas para escuchar el crujido que rompe la costra y abre las puertas a nuevos flujos de historias.

Lo que desde el inicio se nos ofrece como trama principal (Pablito, un escritor sin éxito y cleptómano confeso, se propone robar una novela a su difunto amigo y mentor Eduardo de la Puente) no es más que un pretexto. El plagio anunciado nunca se consuma, a menos que consideremos como tal la accidentada labor de búsqueda y reproducción fragmentaria del manuscrito original, que aparece mutilado entre las aguas de un Leteo que aquí se nos presenta en forma de trastero inundado en Torrelodones. La novela que ahora leemos, titulada El contrabando ejemplar y cuyo autor es Pablo Maurette, comparte con la “plagiada” obra de Eduardo solo el título: viene a ser más bien un homenaje a este último, una compilación de sus historias (las contadas por Eduardo a Pablito de forma oral, lo mismo de viva voz que en larguísimos mensajes de voz de WhatsApp, o las que a Eduardo le contó su tía Chiquita, quien a su vez se las oyó a una misteriosa anciana llamada Rosario, la cual, por su parte, las conoció a través de un personaje real de la historia argentina como Vicente Pazos Kanki, y así sucesivamente…). El contrabando comercial al que aluden las indagaciones de Eduardo en su abortado libro es, a decir verdad, un tráfico de historias que se mueven por los puntos cardinales como aves migratorias, llevando entre sus patas las simientes de nuevas historias.

La novela de Eduardo de la Puente prometía contarnos “la épica triste de la Argentina, la gran historia de nuestro eterno retorno a la derrota”, pretendía desvelarnos “el sedimento maldito de una tierra condenada irremediablemente”. Aislada de las rutas comerciales de la Compañía de Indias, la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres se desarrolló a partir de una extensa red de corrupción y contrabando (lo cual casi es válido, más o menos, para toda sociedad latinoamericana), de ahí que la Argentina toda, según la tesis del peronista Eduardo, sea un país abortado, “un niño que nació ya muerto”. El origen de todo mal nacional, el momento en que “se jodió la Argentina”, se remontaría a otro aborto mítico: el nacimiento de una monstruosa criatura tricéfala (abundan en el libro las referencias trinitarias, incluido el hecho de que esta sea la tercera novela de Pablo Maurette), el llamado “monstruo querandí”, enterrado al pie de un árbol en la plaza principal de la ciudad originaria, desde donde funciona todavía como una maldición ancestral, in saecula saeculorum.

Sin embargo, lo verdaderamente monstruoso en este libro es el modo tentacular en que proliferan sus relatos, la manera en que la identidad autoral se difumina y funde con otras identidades o los meandros narrativos que entran y salen de su cauce principal. Puede decirse que lo de menos en El contrabando ejemplar son los destinos de la Argentina (aunque no dudo de que algún avispado crítico encuentre en este sainete trazas del esperpento de la motosierra). En todo caso, lo realmente importante sería el intento de la novela de erigirse en uno de los tantos “retratos hablados” de aquel país. La tradición oral y sus variaciones constituyen un aspecto esencial de su estructura, incluidas las preguntas: ¿quién contó qué cosas por primera vez? O: ¿dónde termina la realidad y comienza el mito? Lo que, por su parte, nos llevaría a otra pregunta: ¿quién fue el primero en hablar de ese “contrabando ejemplar” al que alude el título? Para Pablito, ladrón confeso y compilador de todas estas historias, la literatura misma es un contrabando monstruoso, algo que, en su afán de competir con la realidad, “pierde siempre”, una criatura que se deforma y toma cauces inesperados, casi alucinatorios, desde el momento mismo en que alguien la pone a contar.

Por otro lado, Maurette, gran conocedor de la tradición, se revela aquí como un auténtico maestro del guiño referencial. Y su novela está llena de esos gestos cómplices: la sombra de Manuel Puig revolotea todo el tiempo sobre la figura y la vida de Eduardo. Está Borges, ¡claro! Uno de los varios descensos al infierno en su fractal estructura tiene de guía a un Virgilio. El final trágico del Che Guevara –otro mito argentino y latinoamericano: a varias generaciones de cubanos nos obligaron a crecer con su boina puesta y hemos acabado en un inabarcable exilio universal al que hemos llegado a través de infinitos “contrabandos ejemplares”– cobra vida de nuevo en el ámbito literario cuando es contado con visos garciamarquianos, al ser puesto en escena ante aquel pelotón de fusilamiento de las líneas iniciales de Cien años de soledad. Hasta Gregor von Rezzori logra, en uno de esos guiños, colarse entre sus páginas, cuando el protagonista, Pablito, dice que trabajó en su intento de plagio en un apartamento en Buenos Aires, “el estudio de Grisha”, en una referencia al lugar donde el propio Maurette escribió parte de su novela durante una estancia en la Fondazione Santa Maddalena en la Toscana: la habitación de trabajo de Rezzori en la casa que el autor de Czernowitz compartiera con su esposa, Beatrice Monti della Corte. (A mí, de hecho, la lectura de El contrabando ejemplar me ha recordado por momentos La muerte de mi hermano Abel, la biografía de una novela abortada desde sus inicios, una novela que no llega a escribirse nunca.) El propio planteamiento de partida, averiguar en qué momento “se jodió la Argentina”, es un claro homenaje a la legendaria frase que Vargas Llosa pone en boca de Zavalita en Conversación en La Catedral. El narrador Pablito, que por momentos adopta, a modo de parodia, el estilo de la tan llevada y traída autoficción, nos dice, tajante, que lo autobiográfico “es una rama de la pornografía”.

Todo lo anterior se combina de sabia manera para depararnos los placeres de una lectura deliciosa. No voy a hablar de su sorprendente final (de marcados visos maupassantianos) y baste con decir aquí que El contrabando ejemplar es uno de los mejores ejercicios de arqueología literaria leídos en los últimos años. Pablo Maurette (Buenos Aires, 1979) sabe ir levantando los estratos de olvido que cubren las historias para regalarnos un viaje fascinante a la idea misma de la literatura.

El autor ha obtenido por este libro el codiciado Premio Herralde de Novela, y con independencia de lo cuestionables que son en ocasiones los premios literarios en España, tan entreverados de deshonrosos cabildeos e intereses filibusteros, cabe afirmar que esta vez el contrabando, si lo hubo, ha acertado del todo al premiar una obra que, no tengo dudas, forma parte ya de la mejor literatura, no solo de la latinoamericana, sino de nuestra lengua. ~


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