Vainica Doble: un lujo que no merecíamos

La leyenda cuenta que viendo el bajísimo nivel de las canciones del Festival de Benidorm de 1966, fue Gloria Van Aerssen la que pensó que ella y su amiga Carmen Santonja podían hacerlo mejor.
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Uno de los versos dice “mucho hay que aprovechar de un cetáceo congelado”, cantar eso sin despeinarse solo está al alcance de unas elegidas; las mismas que hablaron de jarrones chinos de la mejor época Ming antes que Battiato. Vainica Doble, esas amigas que se habían conocido silbando el Tannhäuser –a la voz principal que estaba haciendo Carmen Santonja se unió la de Gloria Van Aersen con una segunda voz– y, según contaban los hijos de Van Aerssen, se hicieron inseparables desde entonces. Pero hay otra versión del primer encuentro. La dan ellas en una conversación con Fernando Márquez, “El Zurdo”: se conocieron jugando a baloncesto, en el campo de deportes de la Ciudad Universitaria. Santonja (Madrid, 1934 – 2000) y Van Aerssen (Dos Hermanas, 1932 – Cercedilla, 2015) formaban parte de un grupo de amigos entre los que estaban Chus Lampreave o Elena Santonja, y además de sus inquietudes musicales, las dos pintaban.

Van Aerssen había sido bailarina, ilustradora y también había escrito artículos de moda en clave cómica animada por Mingote, entre otros; pero se casó muy pronto y tuvo hijos (según su hermano, el bailarín Alberto Lorca, “ilustra libros para niños y después se concentra en parir niños para que lean esos libros”). Mientras tanto, Carmen Santonja pintaba y tenía trabajos como actriz en los programas de TVE de Jaime de Armiñán o haciendo de paralítica en El cochecito, de Azcona y Ferreri.

La leyenda cuenta que viendo el bajísimo nivel de las canciones del Festival de Benidorm de 1966, fue Gloria Van Aerssen la que pensó que ella y su amiga Carmen Santonja podían hacerlo mejor, “no en el escenario como artistas, cosa que nunca entró en nuestros planes, sino en la retaguardia como autoras”. El entrenamiento llegó pronto: Armiñán les encargó no solo la cabecera para Fábulas sino una canción para cada capítulo. De ahí colocaron cuatro singles, en dos tandas, a Pepe Nieto para que las interpretara un grupo que estaba preparando, Nuevos Horizontes.

Lo siguiente es que Iván Zulueta se fascina con una cinta que tiene tres de sus canciones, que son las que suenan en su película 1, 2, 3 al escondite inglés. Le sigue un EP con “La bruja” y “Un metro cuadrado”. Y, por fin, en 1971 el primer LP de Vainica Doble, que se llamó como ellas. El nombre vino sin avisar, mientras barajaban otros como Las alegres comadres de Aravaca, Pastel de fresa, Pastel de manzana, Helado de… hasta que llegaron a las labores.

En Vainica doble (Júcar, 1983; Libros Walden, 2018) escribe Fernando Márquez, “El Zurdo”: “El primer lp de Vainica doble es un disco fantasma por excelencia. La primera vez que lo tuve en mis manos fue en el 78, cuando Kaka de Luxe.” El disco que cumplió medio siglo en 2021 se abría con “Caramelo de limón”, una canción, explicaba Van Aerssen, “muy medieval. El ritmo es tan medieval, tan medieval que, a la hora de meterle el ritmo de verdad, el grupo no conseguía entenderlo…”

Y no sorprende: aún hoy basta con escuchar las primeras notas de la línea de guitarra para dar un respingo y saber que no estamos ante nada convencional. Se van añadiendo instrumentos, capas de rock, y de pronto saltan esas voces que parecen cantar otra canción solo con la batería. Pero de pronto todo encaja y va hacia el mismo sitio, que tal vez no distingamos del todo y que resulta a la vez familiar y extraño. La letra “es una dedicatoria al mar gris, al mar del norte, porque a nosotras los soles mediterráneos y todo eso nos espanta, por eso nuestro sol está envuelto, es como un caramelo, no quema”.

El disco incluye algunas canciones de Fábulas, como “La cigarra y la hormiga” o “La cotorra”. Años después, en 1982, cuando Márquez se reunió con las Vainica para mantener tres conversaciones en torno a su trabajo para el libro que le había encargado Júcar, Van Aerssen y Santonja aún discrepaban sobre “Mariluz”: para Van Aerssen era su “Dear Prudence”, pero le parecía exagerada, para Santonja era una cosa hecha con palabras decimonónicas. “La ballena azul” cuenta la caza de una ballena, con lamento del ballenato –al que le presta la voz una de las hijas de Gloria– incluido. ¿De dónde viene? No estaba de moda hablar de ecologismo todavía, pero Carmen, que se encargaba de las letras, había leído Moby Dick, relatos de ballenas y de balleneros; de ahí venía.

El disco es una perla detrás de otra: está la particularísima voz de Gloria Van Aerssen, esa manera de cantar diciendo todas las sílabas tan rara de encontrar, entre otras cosas porque sus canciones están medidas en el verso y el acento, la letra y la música están al servicio de lo mismo. Y no necesitan hacer trampas para encajar una palabra y se permiten rimas consonantes o versos larguísimos y aparentemente áridos como estos: “me seguía por la casa y me acompañaba cuando guisaba en la cocina / te despertaba a las ocho en punto para ir a la oficina”, todo esto hablando de un gato, al que un tal Félix mata de una patada en el segundo verso.

Hay un rock alegre completamente beatleano para romper con un pesado rico y coleccionista: “Tengo que dejarte / piensa que me he muerto / y ahí quedas Roberto / con tus obras de arte.” Hay una canción que Santonja explicaba que era como un cómic, Van Arseen creía que sería el éxito del disco, Márquez dice que fue “mi shock”: “Guru Zakun Kin Kon”, me recuerda al “Comic strip” de Gainsbourg y las primeras notas me llevan a “La chica que salió de la tarta” de El niño gusano de una manera tan clara que no puede no ser un homenaje a las Vainica. “Fulgencio Pimentel”, la triste historia de un tendero, también forma parte del disco, y “Quién le pone el cascabel al gato”, en la que la censura quiso ver una referencia a Franco y retrasó la salida del disco.

De ellas, con toda la razón, dijo Jaime de Armiñán que eran “algo así como un lujo que no nos merecemos”; Jaime Chávarri dijo: “Son todo eso que los demás corrompen intentando ser.” Guardo el libro de Fernando Márquez en la reedición ampliada de Libro Walden como un tesoro que acoge vivas y alegres a las Vainica contadas por ellas mismas. Decir su nombre es como abrir una ventana. ~

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