Vidal-Naquet: helenista y vigía del presente

AÑADIR A FAVORITOS

Toda vez que en el silencio de la abyección no se oye sino la cadena del esclavo y la voz del delator; toda vez que únicamente se tiembla ante el tirano y que resulta igual de peligroso exponerse a sus dádivas que merecer la
pérdida de su favor, el historiador aparece, cargado con la venganza de los pueblos.

Chateaubriand

 

Fuera de Francia, Pierre Vidal-Naquet (París, 1930 – Niza, 2006) es reconocido ante todo como el helenista que, al lado de Jean-Pierre Vernant y Marcel Detienne, renovó esta disciplina al promover una “antropología histórica” de la Antigüedad. Sus estudios sobre la tragedia ateniense, lo mismo que sus trabajos historiográficos sobre la representación de Grecia a partir de la Revolución francesa no solo constituyeron esclarecimientos mayores, sino que colocaron en el centro de la indagación misma un cuestionamiento ineludible sobre su pertinencia y sus límites en libros como Mito y tragedia en la Grecia antigua I y II, El cazador negro. Formas de pensamiento y formas de sociedad en el mundo griego y El mundo de Homero. “Vidal-Naquet –a decir de su biógrafo, François Dosse– desborda la exploración de la civilización griega. Abre sobre todo un campo de investigación, el de la historiografía, poco practicado hasta entonces, explorando los usos del pasado griego en épocas ulteriores” y descartando provechosamente “el corte intangible entre los cuatro períodos canónicos –antiguo, medieval, moderno y contemporáneo–, para demostrar que el grosor temporal no tiene que ver con un tiempo muerto, sino que el pasado, incluso el más lejano, es una fuente decisiva para definir la relación, en el presente, entre las sociedades y los individuos”.

((François Dosse, Pierre Vidal-Naquet. Une vie, La Découverte, París, 2020, p. 240.
))

Prueba de ello es que en el siglo XVIII Grecia fue el estandarte de los filósofos de la Ilustración para combatir a la Iglesia; que para los revolucionarios de 1789 (como después para los nazis), Esparta encarnó el modelo de una sociedad reunida alrededor de una fuerte cohesión política; y que una Atenas moderna, democrática y comercial sirvió en el siglo XIX como espejo o mapa de Ámsterdam, Londres o París, tal como era descrita en las obras clásicas de Fustel de Coulanges o de Benjamin Constant.

Sin embargo, es menos conocido el papel de Vidal-Naquet como representante de la conciencia crítica y de la honestidad intelectual en Francia de cara a su propio tiempo. Siguiendo deliberadamente el modelo de Zola, publica en 1958 su primer libro L’Affaire Audin, donde el helenista de veintiocho años despliega su rigor historiográfico y su astucia para dar cuenta de una tragedia del presente. Un año antes el matemático y activista Maurice Audin fue arrestado en Argelia por el ejército francés. Jamás volvió a saberse de él, al tiempo que la versión oficial sostenía que se había dado a la fuga. La noticia de la desaparición de este militante anticolonialista y ciudadano francés llegaría a la Sorbona, donde era tesista. Conformado entonces un comité de profesores, Vidal-Naquet documentó y reconstruyó el pasado inmediato para poner en evidencia que la suerte de Maurice Audin, en realidad torturado y asesinado por el ejército, era también la de muchos otros franceses y musulmanes en una Argelia sometida de facto a una dictadura militar después de la segunda guerra mundial. Voces cercanas al “Comité Audin” denunciaron la existencia en Argelia de campos de concentración, tortura y represión, “una vergüenza para el país de la Revolución francesa y del caso Dreyfus”. A raíz de estas revelaciones llegó a decirse en la prensa: “Es sin duda muy duro para la mayoría de los franceses decirse que puede existir una comparación entre los excesos cometidos en Argelia y los cometidos por los nazis. Hay que reconocer sin embargo que es así”.

((Idem, p. 88.
))

 

Con todo, la versión oficial que encubrió al ejército francés persistió hasta 2018, cuando el Estado en persona del presidente Macron pidió perdón a la viuda de Audin, quien sesenta años atrás recibiera esta carta de Vidal-Naquet, futuro garante de su causa: “¿Me otorgará su confianza para redactar la pequeña obra [L’Affaire Audin]? Creo que su confianza estará en buenas manos: soy historiador, hijo de deportados muertos en Auschwitz y fui educado en el recuerdo del caso Dreyfus”.

((Idem, p. 88.
))

 

El “drama fundador” de Vidal-Naquet, en efecto, es la deportación de sus padres al campo de exterminio cuando él tenía catorce años. Ello implicó aceptar su muerte sin posibilidad de ver o recuperar los despojos. “Con la confirmación de la muerte de sus padres comienza entonces para Vidal-Naquet un doloroso duelo, imposible por indefinido. La desaparición de los cuerpos y la ausencia de ritualización social conferirán a este trabajo de duelo una intensidad particular que él transferirá a su trabajo de historiador con la exigencia de una misión irrecusable: presentar la verdad para hacer un homenaje a sus padres muertos”.

((Idem, p. 26.
))

Así, víctima él mismo del totalitarismo, no dudó en demostrar en su momento que Francia y por extensión los Estados liberales pueden conocer un “totalitarismo rampante” donde las prácticas de la tortura, la intimidación y el asesinato están institucionalizadas. Yendo más lejos, distinguió los dos argumentos socorridos para justificar estas prácticas: por un lado la conservación social o “seguridad”, comodín de cualquier expresión de odio de un grupo o burocracia contra otros, y en segundo lugar una concepción milenarista o mesiánica de la política, por la cual, en nombre de la “razón histórica”, al pretender abolir un Estado esencialmente malo por uno esencialmente bueno, el fin justificaría los medios.

((Les nuits de France Culture, «Pierre Vidal-Naquet : Dans la guerre d’Algérie la torture n’était pas un accident, il s’agissait d’un système », transmitido por primera vez en el programa radiofónico Notre temps, 2, 3, 4 de abril de 1972. Disponible en la red.
))

 

El autor de L’Affaire Audin entendió que el rechazo a toda forma de crimen de Estado es la única vía aceptable para las sociedades modernas de ser coherentes con el legado francés de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. De lo contrario, el sentido mismo de la modernidad colapsaría al actuar del mismo modo que las sociedades totalitarias. Por todo ello, el nombre de Vidal-Naquet se ha hecho indisociable de la causa contra la tortura. Ya el propio Camus, leído con entusiasmo por el historiador en su juventud, había escrito: “Acaso la tortura ha permitido hallar treinta bombas, al precio de un cierto honor, pero ella suscita inmediatamente cincuenta terroristas nuevos que, operando de otro modo y en otra parte, harán morir aún más de inocentes”.

((Camus. L’écriture. La révolte. La nostalgie, Le Figaro Hors-Série, (reedición actualizada de Figaro Hors-Série No 49, diciembre 2009), diciembre 2019, París, p. 85.
))

 

El segundo gran combate intelectual en la vida de Vidal-Naquet fue el que encabezó en contra del negacionismo del Holocausto, propiciado por “intelectuales” y universitarios. Francia no fue en absoluto ajena a esta corriente y demostró cómo la extrema derecha y la extrema izquierda se amalgamaron a la perfección en la infamia de justificar, tergiversar, negar o minimizar los campos de exterminio. A esta cuestión dedicó su libro Los asesinos de la memoria de 1987, donde confrontó a una intelligentsia sin escrúpulos. Si bien es fácil rastrear el antisemitismo tradicional de corte cristiano, el antisemitismo de izquierda, por otra parte, no es ninguna novedad y puede encontrarse, como ya advertía Kostas Papaioannou, en artículos de Marx como “Sobre la cuestión judía” de 1844. A su vez François Dosse recuerda que un panfleto antisemita de Robert Faurisson –caracterizado con precisión por Vidal-Naquet como “un Eichmann de papel”– circuló en Francia en 1980 con un prólogo de Noam Chomsky quien, cuestionado sobre ello, respondió que había escrito el prólogo sin haber leído el libro. Si Faurisson y otros eran “los asesinos de la memoria”, no han faltado, ayer como hoy, sus cómplices. El libro de Vidal-Naquet, calificado en su momento por la prensa como una “prueba para los nervios”, fue saludado por Pierre Nora: “No solamente ha tenido el coraje de infligirse el espantoso análisis de una literatura más bien desconsoladora, sino que en estos tiempos difíciles donde la Historia, sobre todo la nueva, corre el riesgo de perder su virtud por coquetear con la ficción, ha conservado como cosa propia el sentido exacto de lo real, y el culto raro, intransigente, de la compleja y sin embargo simple verdad”.

((François Dosse, op. cit., 418.
))

 

Por su parte, después de lidiar con tantas páginas sombrías, el propio Vidal-Naquet concluyó: “Si el discurso histórico no se relacionara, por tantos intermediarios como se quiera, con lo que llamaremos, a falta de algo mejor, lo real, estaríamos siempre en el discurso, pero este discurso dejaría de ser histórico”.

((Idem, p. 417.
))

Así fijaba su posición respecto a su disciplina, al valor de su palabra y en torno a problemas capitales de nuestro tiempo. El oficio del intelectual, asumido con la responsabilidad que conlleva tomar la palabra en una democracia, implica una vigilancia y una relación comprometida con la verdad, características más raras de lo que se creería. Acaso por ello mismo tampoco dudó en criticar al Estado de Israel tras la ocupación de territorios palestinos y, sosteniendo la poco popular postura de las dos legitimidades, hebrea y palestina, a tener cada una su nación, declaró: “Hay que haber visitado cualquier kibutz instalado en territorio ocupado desde 1967 y haber constatado la increíble inconciencia de aquellos que, recién llegados, practican el ‘socialismo’ de los conquistadores, para ver hasta dónde puede ir la ocultación de las realidades más evidentes por la ideología”.

((Idem, 377.
))

 

El mérito de la biografía que François Dosse acaba de consagrar a Pierre Vidal-Naquet es doble: le hace justicia al historiador de la Antigüedad, que se asumía a sí mismo como un “hombre-memoria”, y reaviva la siempre amenazada exigencia de verdad, a la que este vigía del presente honró tanto y tan bien en su recorrido. ~