Foto: Tania Victoria/ Secretaría de Cultura CDMX, CC BY 2.0

Las capas geológicas de Adolfo Castañón

Lo que más sorprende de En una nuez: guía de mis libros (1977-2022), catálogo de los libros publicados por Adolfo Castañón a lo largo de 45 años, es la lección moral de un autor y editor que sabe prestar atención a sí mismo y al prójimo, que sabe ver y verse a los ojos.
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Me he hecho amigo de la geognosis, impulsado por la explotación de minas.
Goethe

Hablar de “los libros de alguien” puede significar, naturalmente, hablar de los libros que posee. Estrabón, en el siglo I a. C., nos da noticia sobre la suerte de la biblioteca de Aristóteles, confiada a su discípulo Teofrasto y destinada a viajar, diseminarse y perderse al cabo por las cortes del Mediterráneo oriental y en algunos estantes selectos de Roma. Pero hablar de “los libros de alguien”, como genitivo subjetivo, quiere decir hablar de los libros escritos por alguien.

Un lugar clásico de este motivo literario ocurre cuando, al narrar precisamente la vida de Aristóteles, Diógenes Laercio ofrece el catálogo de los escritos del estagirita, que cuenta en 150 obras, dividas en esotéricas, exotéricas, correspondencia y dos poemas, sumando en total, como el propio historiador refiere con pasmosa devoción: 445,270 líneas. A partir de entonces se sienta el precedente de que la biografía de los escritores debe ir acompañada por la lista de sus obras, como si noticias biográficas, anécdotas y peripecias, por un lado, y títulos, reseñas o glosas de sus obras, por el otro, fueran las dos columnas dóricas y solidarias sobre las que se levanta el templo al espíritu y a la labor de los pensadores.

Planteo para empezar esta disyuntiva que peca de gramatical (“los libros de alguien” como complemento determinativo o como genitivo subjetivo) porque aunque hablar acerca de su más reciente libro nos lleva a privilegiar la producción de un autor, el otro sentido, sin embargo, no carece de interés cuando se trata de Adolfo Castañón, pues este autor es también el poseedor de una biblioteca (¿una?) que, para decirlo rápido, es axial en América Latina y que, intuyo, ocupa y debe ocupar las proyecciones y reflexiones de don Adolfo.

En una nuez: guía de mis libros (1977-2022) de Adolfo Castañón, bajo el sello de Bonilla Artigas,

{{Adolfo Castañón, En una nuez: guía de mis libros [1977-2022], Bonilla Artigas, México, 2022, 272 pp.}}

es una obra bibliográfica de consulta sobre la labor literaria del autor nacido en la Ciudad de México el 8 de agosto de 1952. Se trata del catálogo de sus títulos publicados a lo largo de 45 años, desde Fuera del aire (1977), a sus veinticinco años, a George Steiner: lectura y catarsis, en prensa y en vísperas de que Castañón celebre sus setenta. En total aparecen inventariados 145 libros (cuento reediciones), divididos en “Poesía, narración y aforismos”, “Ensayo”, “Traducciones” y “Antologías y ediciones”. Por regla general, de cada libro se informa: título, lugar de edición, editorial, editor responsable, año de edición, ISBN, género, idioma y una fotografía de la portada.

Antecede a la bibliografía castaniana una introducción llamada “Trasfondo” que indica, para los ojos atentos, el sentido de este volumen, que no deja por lo demás de ser elusivo o sugerente. ¿Se trata de un inusitado currículum de 271 páginas que un profesionista de la pluma pone en el mercado? ¿No parece esto el catálogo de una casa de subastas o bien un fichero museográfico? ¿Acaso una tomografía en caracteres latinos?

En realidad, bajo la especie del catálogo bibliográfico alienta un ejercicio de autoconocimiento o autoobservación –palabra que le es cara a nuestro autor–. Así, Diógenes Laercio de sí mismo, Castañón advierte en su prólogo que “la idea de armar este volumen responde a la necesidad personal de hacer una suerte de descripción editorial que funcionaría como un cimiento documental previo a lo que podría ser una autobiografía intelectual”. En una nuez no solo pone esos cimientos, sino que ya esboza los planos del edificio biográfico en las nueve páginas que ofrece al respecto y que dan cuenta del tránsito de Castañón desde la casa paterna hasta hoy, ya laureado en el foro de la patria, y, como diría La Boétie de Montaigne en cierto poema neolatino, “aplaudido cerca de la meta y con la autoridad de las canas”.

Pero este libro no solo muestra el producto, sino el proceso. ¿Cómo trabaja un escritor? ¿Cómo hace sus libros? Revela Castañón que ha trabajado preferentemente con un método “de canteras”. Es decir, por acumulación y selección. El joven Castañón empezó publicando artículos de crítica literaria y creaciones poéticas en diversas revistas juveniles y subversivas; pronto, como corrector del Plural de Octavio Paz y colaborador de La Cultura en México de Carlos Monsiváis, dio noticia de las novedades literarias y de los libros que le interesaban, a veces de sus conocidos, amigos o maestros, a veces de autores de hace siglos. Después de algún tiempo de escritura se encuentra de frente a un material diverso, hecho al calor de las circunstancias y las afinidades. Ya Montaigne decía que solo leía lo que le interesaba leer. La crítica literaria de Castañón, por su mayor parte, es una de simpatías y gustos, aunque no falten valientes “diferencias”. Constituye una conversación, no un dictado o cátedra en sus sentidos más lúgubres. No ha sido pues su empresa una pesada labor impuesta por los criterios universitarios o teóricos, y aquí reside no poca de su virtud: su independencia.

Y así, a medida que seguía escribiendo en revistas y suplementos, amontonándose sus papeles en canteras de letras, aconteció el necesario momento heurístico: Castañón descubre un día (¡eureka!) que su material disperso tiene unidad. Forma entonces, y proyecta a un tiempo, su serie de “Paseos”, libros de crítica y ensayos agrupados en seis volúmenes coherentes.

 1. Arbitrario de la literatura mexicana (1993).

{{Indico el año de la primera edición.}}

Debe ser una cantera de obsidiana: abre el corazón, no de los presos de las guerras floridas mesoamericanas, sino de las obras literarias mexicanas. Sin crueldad pero incisivo, preciso sin ser farragoso, ingenioso y ágil, extrae el sentido aún tibio y chorreante, pero no se ensucia las manos, le basta con mostrarlo al pueblo y volver al interior de su pirámide de pájaros turquesas y azules; blande su cuchillo crítico con gracia y en la hoja afilada y negra se refleja la silueta de quien, al indagar sobre las letras de México, se revela a sí mismo.

2. La gruta tiene dos entradas (1994), que atraviesa la literatura europea. Es una cantera de granito gris como la escalinata de la catedral de Berlín, o granito rosa como el de las columnas de la catedral de Rhennes en Bretaña, ambas gruesas y firmes como los nombres de Voltaire y Goethe. Tiene modelo clásico, helénico, pero ya es renacentista, barroco y neoclásico al mismo tiempo, en una palabra, ecuménico. A Castañón, asiduo del Viejo Mundo en las lecturas y en boletos de avión, le interesa lo que de Europa sirve para sostener grandes trazos, esa Europa atlántica, es decir, que como Atlas puede levantar sobre sus hombros grandes aspiraciones.

3. El mito del editor y otros ensayos (1993), ulteriormente titulado Trópicos de Gutenberg (2012), donde el precoz y longevo editor del Fondo de Cultura Económica va vertiendo sus reflexiones sobre el arte de cuidar los libros de los otros. No se trata aquí de una cantera sino de una mina y un bosque: de la primera ha explotado el plomo y el estaño para forjar los tipos móviles entintados, y del segundo la madera para la imprenta, esa “maquina encantadora”, como la ha llamado recordando a un Don Quijote de visita en la imprenta de Barcelona que se encuentra, nada menos, que con el libro titulado El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

4. Lugares que pasan (1998). Colección de recuerdos y estampas de sus viajes desde Santo Domingo hasta Jerusalén. Es la cantera de las piedras imantadas por la historia y la vida misma latente en el silencio de los paisajes humanos y salvajes. Libro de piedras calizas talladas con inscripciones, linderos, señalamientos de un tránsito vital.

5. América sintaxis. Algunos perfiles latinoamericanos (2000). Es la cantera de basalto, roca ígnea que vertebra la Cordillera de los Andes, ese largo brazo que sostiene y protege el sur de nuestro Continente. Ya Vinícius de Moraes decía que “o sul é meu norte” (el sur es mi norte). Es el volumen americano de Castañón, que se suma a una de las tradiciones más nobles y a veces olvidadas de México: su interés por el resto de Nuestra América.

6. De Babel a Papel (2006). El libro que recoge la inclinación mística y filosófica de Castañón, que sigue aquí los pasos de las viejas tradiciones que construyeron, como en el sur de Francia, en la ruta de los trovadores y los cátaros, sus monasterios con canteras de asperón ocre, descubiertas ya por los romanos. Lugares de sombra y silencio entre los olivares agrios. Aquí nuestro autor hace paradas en su peregrinaje silencioso. Escucha a las golondrinas y sale de nuevo con su sayal.

Entretanto, su libro Grano de sal (1996), dedicado a la cocina, hace homenaje al mineral que, con la luz, conforma el símbolo bíblico de la felicidad. Finalmente, su poesía completa, congregada en La campana en el tiempo (2022) es cantera de tezontle, porosa y habitable, y que sabe conservar el calor del sol sobre la piedra. Al lado de esta tipología geológica, asoman sus libros dedicados a un solo autor. Si México es tierra de volcanes, en la obra de Castañón, Alfonso Reyes y Octavio Paz son los dos colosos que le han merecido esos volúmenes llamados Alfonso Reyes: caballero de la voz errante (1988) y Tránsito de Octavio Paz (2014), que, en cada edición, crecen un promedio de doscientas páginas. Otros libros nominativos son los dedicados a Montaigne, Carlos Monsiváis, Alejandro Rossi, Juan José Arreola, María Zambrano y, convirtiéndolo en personaje, Viaje a México (2008, premio Xavier Villaurrutia), donde el país se reconoce en sus señas profundas.

En una nuez: guía de mis libros corrobora la intuición según la cual la memoria es madre de las artes. Esto implica que entre más fuerte sea la memoria, más fuertes serán también sus hijas. La escritura es, en esencia, el grabado de la memoria en el mundo de cuatro dimensiones. El cerebro, al confiar sus diseños al signo escrito, se alivia de un peso, como tratándose de un parto. No en balde se habla de espíritus fecundos. Dar a luz al movimiento del ánimo hecho signo –glifo, silabario, ideograma–, esto es, escribir, es una tarea ritual por excelencia. Como tal implica un poder, antes restringido a castas particulares en diversas culturas y aún veladamente en la nuestra.

Si las paredes del cerebro son el primigenio soporte del lenguaje, el hombre no tardará en tapizar de signos la superficie del planeta, del interior de las cuevas a la piedra tallada, estelas, fibras vegetales y animales, papiro, pergamino, papel, amate; pero también las ondas del aire en la era contemporánea, saturadas y preñadas de contenidos invisibles e inasibles como tratándose de deidades, que esto es el internet. Incluso la propia superficie del cuerpo, haciendo de su piel un pergamino para tatuajes y marcas, no es, y menos en América, una práctica olvidada. En una nuez es pues una estela y un tatuaje. Es también la constancia, a la vez probatoria e incansable, de una carrera.

Lo que más sorprende es la lección moral que de ella se desprende. La mayor parte de su obra, tratando de sí mismo, sus curiosidades e intereses, habla también de los demás. Adolfo Castañón sabe prestar atención a sí mismo y al prójimo, sabe ver y verse a los ojos. Como editor, se ha ocupado de las letras ajenas, también como ensayista y crítico. Incluso en su poesía parece que, como su amigo Eugenio Montejo, está escuchando a las aves y a los árboles. Un autor firma con su nombre, es un “yo”, pero esta primera persona de Castañón que se afirma tan rotundamente es, sin paradoja, una voz mansa puesto que habla, escribe y firma sin altivez, sin desaire, sin afán de poder, casi diría sin orgullo: sabe que la literatura y la vida son, en esencia, conversación. Su “yo”, pulcro y fresco, es también y ante todo un “nosotros”.     

Texto leído el 17 de junio de 2022 a las 19:00 hrs en la Capilla Alfonsina en compañía de Adolfo Castañón, Javier Garciadiego y Juan Luis Bonilla.

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