Vulnerabilidad y pensamiento

La merma

María Moreno

Random House

Buenos Aires, 2025, , 160 pp.

AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Ahora todos han muerto y de mí queda solo la mitad.
María Moreno

En pleno covid, el 3 de julio de 2021, María Moreno cae al suelo por un accidente cerebrovascular que la dejó paralizada del lado derecho del cuerpo:

Cuando calculé cómo tirarme al piso sin lastimarme, me imaginaba que estaba haciendo tiempo. Caí lo más suavemente que pude, aunque con un ruido suficiente como para que los vecinos corrieran a golpear a mi puerta como lo hacían algunas noches en que hablaba y me reía con las ventanas abiertas al patio interior y un fondo de televisión a todo volumen (no nos queríamos y los mínimos incidentes eran meros pretextos para expresar nuestra mutua hostilidad).

Este libro es la historia de su recuperación, de reaprender a tener un cuerpo, a hablar, a comer, a moverse. De los kinesiólogos y sus metodologías, de pedir sexo a domicilio, de ser tratada como retrasada mental, de ser discapacitada, de no sentir ese cuerpo, de imaginar el cuerpo que no está, del uso y función de las prótesis, de las enfermeras, de los turnos en urgencias, de la mierda, de no poder hacer mierda: lo más básico de un cuerpo vivo. De estar ahí, a expensas del cuidado profesional de otros. Un cuerpo rodeado de otros cuerpos con sus propias desgracias. Moreno no escatima, es directa; a fin de cuentas, tiene solo un dedo izquierdo para contar este episodio. Un dedo en lugar de diez. Un dedo que alcanza a decirnos todo esto y debe apurarse porque el lenguaje no puede perder tiempo, no debe irse por las ramas como suele hacer, no puede ser barroco ni desperdiciar su poder: “He llegado a la síntesis por un déficit, no por voluntad. Y he ganado lectores: ahora soy transparente, mientras que mi habla se vuelve, a veces, infranqueable.”

En toda enfermedad prolongada en que el cuerpo deja de ser una evidencia y se convierte en un problema de interpretación, cada síntoma exige una traducción, cada mejoría parece una tregua y cada recaída, un idioma nuevo. La enfermedad obliga a aprender el propio cuerpo como si fuera un territorio extranjero. Esa es, quizá, una de las intuiciones más poderosas de La merma: el deterioro no solo disminuye fuerzas, memoria o movilidad; modifica la relación con el tiempo, con los otros y, sobre todo, con el lenguaje:

Yo que pronto estaré magníficamente muerta de muerte decidida por mí en eutanasia o natural, si me descuido dejo al pueblo la silla que llaman eléctrica, a la rara Argentina mis libros, mis plantas y mis gatos. Me fui temprano, es cierto, pisando los panfletos arrugados y húmedos de leídos, los carteles que cuando están frescos tatúan con consignas secretas, los tambores entre los brazos desnudos que tocan, con un ritmo inventado y dulce, la más maravillosa música, las palabras que aún no conocemos pero que ya recordamos guardar en la memoria. ¡Una paz, una felicidad, un sosiego! Y a lo lejos, la voz olvidada de mi madre.

La literatura ha encontrado en la enfermedad un espacio privilegiado para pensar la identidad. Sin embargo, no todos los libros sobre el tema parten del mismo lugar. Existen relatos escritos por médicos, por familiares, por testigos del sufrimiento ajeno y existen aquellos, mucho más incómodos, en los que quien escribe es también quien padece. Es en esa genealogía donde el libro de María Moreno adquiere una dimensión singular. No enseña cómo atravesar una crisis física ni ofrece una pedagogía de la resiliencia. No cede a la tentación de hacer una épica de la supervivencia. Pero convierte la vulnerabilidad en una forma de pensamiento.

Moreno ha hecho de la mezcla entre autobiografía, ensayo y crónica una de las marcas de su escritura. En libros anteriores, como Black out, el alcohol aparecía como un eje alrededor del cual giraban la memoria, la cultura y la vida intelectual argentina. En La merma, en cambio, el centro es un cuerpo que ya no responde con la obediencia de antes. El deterioro físico obliga a reorganizar la experiencia cotidiana, pero también el modo en que una escritora observa el mundo.

La palabra “merma” es decisiva porque evita el dramatismo de otras expresiones como decadencia, agonía o derrota. Una merma puede ser casi imperceptible al comienzo: una reducción de la fuerza, de la velocidad, de la capacidad de concentración. Es una palabra económica antes que médica; habla de pérdidas graduales, de aquello que ya no está, aunque todavía no sepamos medir su ausencia. Moreno la convierte en una categoría existencial. Vivir es administrar pérdidas sucesivas.

Lo notable del libro es que nunca transforma esa constatación en sentimentalismo. La enfermedad aparece atravesada por el humor, la ironía y una lucidez que impide cualquier romantización del sufrimiento. Si el cuerpo falla, también fallan las ideas preconcebidas sobre la autonomía, el prestigio intelectual o la identidad. La enfermedad deja al descubierto una verdad incómoda: somos mucho más dependientes de los otros de lo que nuestra cultura individualista está dispuesta a admitir.

En este sentido, La merma dialoga con una tradición cada vez más amplia de escrituras del cuerpo enfermo. Uno de sus antecedentes inevitables es Los diarios del cáncer, libro de Audre Lorde, escritora estadounidense. Allí, la experiencia del cáncer de mama se convierte en una reflexión política sobre el cuerpo femenino, el miedo y la visibilidad. Lorde rechaza que la enfermedad sea reducida a un asunto privado: enfermar también revela las estructuras sociales que determinan quién recibe cuidados, quién puede hablar y quién permanece en silencio.

Estar enfermo, de Virginia Woolf, el ensayo donde lamentaba que la enfermedad hubiera ocupado un lugar tan secundario dentro de la literatura occidental. Woolf sostenía que enamorarse o ir a la guerra parecían experiencias más dignas de ser narradas que pasar semanas inmóvil en una cama, pese a que casi todos los seres humanos conocerían antes o después la enfermedad. La merma parece responder, un siglo después, a esa observación. La enfermedad ya no es un episodio accesorio: es un laboratorio de percepción.

En años recientes, la llamada “patografía” –el relato autobiográfico de la enfermedad– ha ganado un espacio central dentro de la literatura contemporánea. Desmorir, de Anne Boyer, muestra cómo el cáncer puede convertirse en una crítica del capitalismo, del sistema médico y de las desigualdades de género. Boyer insiste en que ninguna enfermedad es puramente biológica. Moreno, desde otro registro, también entiende que el cuerpo nunca existe aislado de la cultura: enferman los músculos, pero también las ideas sobre productividad, éxito e independencia.

Durante mucho tiempo la enfermedad fue narrada desde el heroísmo o desde el silencio. La literatura latino- americana privilegió la violencia política, la memoria histórica o la identidad nacional. El cuerpo vulnerable parecía un asunto menor. Sin embargo, textos recientes han demostrado que el de- terioro físico puede ser una extraordinaria herramienta de conocimiento.

Hay otra virtud en La merma: evita convertir el sufrimiento en un espectáculo. La enfermedad suele presentarse como una historia de superación o como una sucesión de imágenes destinadas a despertar empatía inmediata. Moreno elige otro camino. Escribe desde la complejidad, incluso desde la contradicción. Hay rabia, humor, miedo, hastío y una inteligencia deslumbrante. Nada se organiza para tranquilizar al lector.

Tal vez por eso el libro termina siendo menos una autobiografía que un ensayo sobre la fragilidad. La enfermedad aparece como una experiencia que democratiza la vulnerabilidad. Todos los cuerpos, incluso aquellos que parecen más fuertes, están destinados a experimentar alguna forma de merma. La diferencia consiste únicamente en el momento en que esa reducción se vuelve visible.

La merma recuerda que perder también produce conocimiento. No el conocimiento abstracto de los tratados médicos, sino el que nace de vivir dentro de un cuerpo que cambia sin pedir permiso. Ese saber, íntimo y a la vez profundamente político, convierte el libro de María Moreno en una de las reflexiones más lúcidas de la literatura contemporánea sobre lo que significa enfermar y seguir escribiendo, con lo poco que queda de nosotros: un dedo izquierdo en un cuerpo que era diestro. Una sinécdoque como iceberg de fuerza y paciencia. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: