Hay pocos cineastas que se expresan con tanta precisión como Werner Herzog. Acaso sea su espeso acento bávaro, su constante distancia irónica o la flamante manera en que articula y estructura sus pensamientos, pero el caso es que, desde los documentales donde su voz en off es la espina dorsal hasta sus charlas, entrevistas y presentaciones, escuchar hablar a Werner Herzog es siempre una empresa provechosa.
Me permito echar mano de una entrevista de hace más de cuarenta años como evidencia. A finales de 1982, Herzog se presentó por primera vez en un show nocturno de revista, Late show with David Letterman, durante la promoción de una de sus dos épicas ficciones amazónicas, Fitzcarraldo (1982). Entrevistador insidioso, chingaquedito, como decimos en mi tierra, Letterman asedió al director desde diversos flancos, incluyendo los numerosos contratiempos que enfrentó la producción –vueltos crónica en Burden of dreams (1982), de Les Blank, sobre la tortuosa producción de Fitzcarraldo–, los peligros a los que Herzog se expuso y expuso a sus colaboradores y la tensa relación con el actor Klaus Kinski, a quien, se rumoraba, Herzog había amenazado con un arma. El director aprovechó para matizar aquella maledicencia y aseguró que jamás apuntó a Kinski con una pistola cargada, nomás lo amenazó con vaciarle una pistola encima y utilizar la última bala en sí mismo si el actor se atrevía a abandonar el rodaje de su primera colaboración, Aguirre, la ira de Dios.
Es una charla agradable, por momentos hilarante, con un Herzog aún joven –tenía la tierna edad de cuarenta años– pero ya articulado hasta la brillantez. Hay un momento que atesoro en particular porque parece la enunciación de una ética que sirvió entonces como premonición de lo que hoy es el presente de su carrera y, en buena medida, del documental que nos ocupa, Ghost elephants, parte de la selección de Ambulante 2026. Dice así:
Letterman: En un momento de uno de estos monólogos de la película, usted dice: “Creo que ya no debería hacer más películas” […] Obviamente, así no era como se sentía realmente.
Herzog: Hay que entenderlo dentro de la situación en la que surgió. Por supuesto, seguiré por aquí. Voy a luchar y trataré de dar lo mejor de mí.
Letterman: Supongo que se mantendrá alejado de la selva por un tiempo.
Herzog: Supongo que tal vez la próxima vez iré al Sahara con unas diez mil personas.
Por un lado, Herzog sabía de lo que hablaba: él mismo ya había filmado en el Sahara, más de diez años antes, Fata Morgana (1971), una de sus películas más sui géneris; por el otro, también estaba hablando del porvenir: el cineasta volvería unos años después al Sahara a filmar Los pastores del sol (1989). Desde entonces, Herzog ha acometido esfuerzos igual de descomunales: su filmografía, compuesta por veinte largometrajes de ficción y 34 documentales, ha visitado el desierto de Kuwait para explorar los pozos petroleros tras la guerra del Golfo, el pabellón de sentenciados a muerte del sistema penitenciario texano, volcanes en activo alrededor del mundo y varios cráteres de asteroides. En años recientes, durante su octava década de vida, su labor documental, de por sí intensa, ha adquirido un ritmo vigoroso. Aquel cineasta joven e impetuoso que acometía gestas imposibles ha devenido un cineasta viejo e impetuoso que recibe financiamiento de grandes instituciones para atestiguar las gestas imposibles de otros. Ghost elephants, distribuido por National Geographic, es el más reciente trabajo de ese veterano cineasta.
Por supuesto, la dimensión de la encomienda no decepciona. Como otras tantas veces, Herzog sigue a un hombre obsesionado: Steve Boyes, naturalista y conservacionista sudafricano. Boyes se encuentra en una búsqueda que parece a medio camino entre la fijación del capitán Ahab por cazar a Moby Dick y la de un criptozoólogo por encontrar al abominable hombre de las nieves. En específico, Boyes busca unos elefantes elusivos que supuestamente habitan –y se ocultan– en el altiplano de Angola. Hace setenta años un cazador húngaro, Josef J. Fénykövi, rastreó a un elefante en la región del río Kwando en Angola, hasta encontrarlo y matarlo. La criatura resultó el mamífero terrestre más grande jamás encontrado, de casi cuatro metros de altura y once mil kilogramos de peso. Sus restos se exhiben en el Museo Smithsoniano. Boyes está convencido de que los escurridizos elefantes de la meseta de Angola están emparentados con aquel coloso, y lleva una década tratando de hallarlos para comprobarlo, cruzando ríos y encontrándose con monarcas locales en la búsqueda de estos paquidermos espectrales.
Puesto así, digamos, el documental suena bien, pero tampoco demasiado bien. La historia de un hombre blanco que se interna en la indómita naturaleza africana para extraer de ella una maravilla nunca vista en Occidente es tan vieja como el colonialismo, y ha sido contada en múltiples ocasiones con resultados funestos. En manos de un director convencional, el fascinante Boyes podría convertirse en una figura casi hagiográfica, un innecesario salvador blanco encargado de develarnos el mundo.
Pero la mirada herzoguiana es todo menos convencional. Tiene, está más que claro, una fijación con humanos obsesionados, pero su alcance jamás se detiene ahí. Al contrario: como en su dilogía amazónica, donde el foco se aleja del protagonista para acercarse a los pobladores con interés y curiosidad, de igual manera Ghost elephants alcanza sus mejores momentos cuando se concentra en los rastreadores de animales, los músicos tradicionales o los monarcas locales angoleños. Esta visión abarca la gesta paquidérmica no como el esfuerzo de un solo hombre notable, sino como la suma de esfuerzos de una comunidad que lleva años creando vínculos y en la que palpita el deseo de combatir la devastación del ecosistema africano.
En el trayecto, Herzog encuentra imágenes memorables, como aquella en la que, mientras filma a un músico tradicional que afina su instrumento, la voz en off del cineasta apunta: “Sé que no debería idealizarlo, pero… rodeado de gallinas… ¡no se puede poner mejor que esto!” O como cuando nos presenta el número de Sports Illustrated en el que Josef J. Fénykövi presumió la cruel e idiota hazaña de asesinar al elefante más grande del que haya registro. O aquellas secuencias en las que la lente de Rafael Leyva, el cinematógrafo responsable, realiza tomas submarinas para mirar las patas de algunos elefantes –no son los elefantes fantasmas del título, pero no importa– que nadan en los ríos africanos. Hay en toda la película una constante de humor y hasta optimismo que se trasluce en una de las reflexiones finales, un pensamiento post-humano en el que vive el mejor Herzog documentalista, aquel que ensaya ideas mientras compone imágenes memorables: “los ancianos de las tribus creen que la desaparición de los elefantes sería el heraldo de la nuestra. La vida seguiría, pero sin nosotros”.
Como es natural y casi inevitable, Ghost elephants arriba a una conclusión. O más que a una conclusión: a un desenlace. Dicho de forma deliberada: el documental desata alguno de sus nudos centrales. Pero es casi imposible encontrar un final a esta colosal búsqueda, por lo que se avizora que hay, aún, mucho por saber acerca de estos secretistas paquidermos. Pienso en esas palabras de Steve Boyes, quien prefiere que los elefantes no aparezcan para que su búsqueda se prolongue indefinidamente, y pienso en aquellas líneas de las memorias de Herzog, Cada uno por su lado y Dios contra todos, que pueden leerse como una poética: “Nunca veo la verdad como una estrella fija en el horizonte, sino siempre como una actividad, una búsqueda, una aproximación.” A sus 83 años, tal y como muchos de sus personajes, Herzog aún encarna aquella consigna ética que le reveló a Letterman: sigue por aquí, luchando, tratando de dar lo mejor de sí mismo. Ghost elephants es una conmovedora materialización de esa ética y esa poética. ~