Pablo Casado: El líder y el equipo

El PP es un partido dividido en el que varias figuras compiten no por derrotar a Sánchez sino por heredar el mando de un líder del que se aguarda su caída.
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Quizá sea este un análisis a la contra de los sondeos, pero creo que, si la convención del Partido Popular buscaba lanzar a Casado como el candidato llamado a desalojar a Sánchez de Moncloa, el resultado ha sido discreto. El líder popular no parece hoy menos cuestionado que ayer. Sus críticos apuntan a los atributos personales del candidato: que no tiene el arrojo de Ayuso, ni la naturalidad instruida de Almeida, que no puede presumir de gestión y experiencia como Feijóo, que ni siquiera tiene la retranca campechana de Rajoy.

Pero no es esto. Si las flaquezas del líder asoman por comparación, entonces había una forma de darles la vuelta para tornarlas fortaleza: presumir de equipo. La convención era el escenario propicio para lanzar el mensaje de que quizá Casado no sea el líder arrollador que algunos esperaban, pero sí el capitán del mejor conjunto para gobernar España. En cada fotografía, Casado podría haber enseñando músculo sentando a Ayuso a su derecha, a Almeida a su izquierda, y a Feijóo, a Moreno, a Mañueco. En cada imagen, el PP podría haber exhibido poder territorial, gestión y un liderazgo último robustecido en la suma de los muchos liderazgos regionales.

No se hizo así, en parte porque el cuestionado Casado quiso reafirmar su autoridad, apartando del foco a cuantos pudieran hacerle sombra, lo cual, claro, solo podía tener el efecto contrario al deseado. Las cámaras persiguieron a Ayuso, sobreinterpretaron cualquier gesto del líder como escaramuza de la guerra entre Génova y la Puerta del Sol, y la coronación soñada perdió la batalla de las portadas, querenciosas siempre del morbo de la división. Eso es lo que ha quedado de la convención del PP: un partido dividido en el que varias figuras compiten no tanto por derrotar a Sánchez en las urnas como por heredar el mando de un líder del que se aguarda su caída. La peor encuesta electoral para el PP no es la cocina del CIS de Tezanos, es la que puede leerse en los rostros de las segundas espadas del partido.

Pareciera que, en la derecha, solo Casado quiere que el PP gane las próximas elecciones. Y la empresa es colosal, porque el reto de competir con un PSOE que reúne apoyos en torno a dos ejes, el ideológico y el territorial, donde los populares solo suman a su derecha, aumenta sin compañeros que remen hacia una orilla compartida.

En defensa de Casado cabe alegar que su tarea de oposición no ha sido sencilla. Confinado en un Congreso silenciado por una pandemia que dio protagonismo a los poderes ejecutivos e impuso un estado de alarma que mermó la capacidad de control del Legislativo, el líder del PP lleva un año tratando de recuperar espacios. A estas dificultades se suma una estrategia titubeante, que por momentos zozobra. Las tertulias del día después de la convención nacional discutían si Casado acababa de operar un giro al centro o, por el contrario, se había lanzado sin complejos a competir con Vox.

Los discursos son a menudo contradictorios: unos días se nos ofrece un PP como la gran casa del centro-derecha liberal, y hasta de los socialdemócratas desencantados, y otros nos habla un partido guardián de las esencias, reaccionario por momentos: “Dicen que las vacas contaminan, ¿y el Falcon? Dicen que tiene mucha proteína la quinoa, ¿y el barco que la trae de Perú, va a pilas o qué?”, dijo hace unos días Casado, casi en la estela de aquel Aznar que reivindicaba su derecho a beber y conducir. No había necesidad de ser bruto. Cabía argumentar que la protección del medio ambiente es un objetivo compartido y valioso, pero que no debemos olvidar a los perdedores de las políticas de transición ecológica, que son a menudo las clases más vulnerables. Sin embargo, no hay matices para un partido que ha olvidado a Talleyrand (“Todo lo exagerado es insignificante”) y que ha decidido hacer algo más que oposición: hacer oposición frontal.

Como con la nueva ley de vivienda, contra la que el PP ha anunciado un recurso ante el Tribunal Constitucional. Dado que la vivienda es una preocupación importante para los españoles (¡no digamos ya para los jóvenes!), qué gran ocasión se presentaba para demostrar que la empatía y la vocación social no están reñidas con las políticas públicas serias. Pero no hubo caso. Así, escuchando a Casado, es fácil hacerse cargo de las cosas de las que está en contra: son casi todas. Cuestión más difícil es saber a favor de qué está. Y harto estéril se anuncia esa carrera de vasos comunicantes entre el PP y Vox: lo crucial no es cómo se reparten los sumandos de la operación, sino cómo consiguen aumentar el resultado de la suma; y eso no se consigue creciendo solo a costa del otro sumando, sino creciendo por el centro.

Parte del problema es que el PP no ha comprendido que el “momento Madrid” ha pasado. De aquellas elecciones que encumbraron a Ayuso y que se celebraron entre envíos de balas y dicotomías descacharrantes (“comunismo o libertad”, “democracia o fascismo”) queda poco. España es un país que por fin trata de recuperar la normalidad y aguarda la recuperación económica, con permiso de la inflación y la energía. También es un país en el que Pablo Iglesias está jubilado, y en el que la oposición haría bien en no esperar que su sustituta despierte las mismas pasiones a la contra. Yolanda Díaz es hoy la ministra mejor valorada del Gobierno, y los votantes del PSOE la ubican ideológicamente al nivel de Sánchez. Tiene una imagen moderada, por más que esté afiliada al Partido Comunista, y al electorado socialdemócrata no le genera ninguna incomodidad. ¿Por qué da por hecho el PP que el binomio Sánchez-Díaz causa más rechazo a los españoles que la futurible dupla Casado-Abascal?

Al contrario, son muchos los que creen que con Díaz pueda estar forjándose una gran líder a la izquierda. Y quizá llegue a ser un dolor de cabeza para Sánchez, pero, por ahora, parece que su tirón refuerza más al Ejecutivo que a Podemos. Al fin y al cabo se trata de una figura que ha emergido al frente de un ministerio, y no de un partido. Por otro lado, su situación es opuesta a la de Casado: donde el primero necesita un equipo que apuntale su liderazgo, Díaz hará bien en poner su liderazgo a salvo de un equipo que hace aguas.

Finalmente, Pedro Sánchez escapa a la clasificación de lo que son un líder y un equipo. El abrazo entre el presidente y su eminente crítico Felipe González, en el último Congreso del PSOE, con la fotografía de fondo de un Rubalcaba al que consideró su enemigo, es el retrato más elocuente de lo que significa tener poder. Ganarle será muy difícil.