Utilidad de los poetas muertos (con ejemplos)

Aunque ustedes piensen lo contrario,

los muertos son cada día más útiles.

Hernán Lavín Cerda

 

VIDA, MUERTE Y REEDICIÓN

De los poetas sabemos esencialmente pocas cosas, en especial que son proclives a morirse. De hecho, a muchos no los leemos hasta que los diarios los anuncian ya difuntos. Es de todos conocido que ninguna publicidad tiene tanto poder de venta como un obituario ni un libro tanta capacidad de admiración como un aniversario luctuoso.

Es quizás por esta relación con la muerte, que los poetas hablan tanto de ella o la buscan en lugares tan recurrentes como las botellas de alcohol o los prostíbulos. Y es quizás también por eso que los poetas llaman underground a lo que es simplemente insalubre. La muerte los ronda desde que se asumen como autores de versos, sobre todo porque la muerte es temáticamente más respetable y proporciona ese toque de infelicidad, siempre atractiva cuando te dedicas a la literatura. Es comprensible entonces que, por ejemplo, José Gorostiza (quien, un día como hoy, pero de 1973, dejó de ser en sentido estricto “nuestro contemporáneo”) se debatiera entre llamar a su poema más importante “Muerte sin fin” y “Vida sin fin”, y al final se decidiera por la muerte. (La explicación de su viuda, Josefina Ortega, es que Gorostiza era más bien “trágico”).

¿Significará esto que los poetas sirven más cuando ya fallecieron que estando vivos? A principio de cuentas se diría que sí. Pienso que quizás no se equivocó Luis Cernuda cuando dijo: “¿Qué país sobrelleva a gusto a sus poetas? A sus poetas vivos, quiero decir, pues a los muertos, ya sabemos que no hay país que no adore a los suyos”. Pocas cosas aseguran tanto la posteridad como hablar de la muerte, pero también pocas cosas reditúan tanto al mundo cultural como un poeta muerto. Uniendo ambas perspectivas tenemos que un poeta muerto que haya hablado de la muerte –admitamos que son pocos los que no lo han hecho– es una oportunidad de ensueño para el aparato cultural de una entidad.  

Lo anterior nos lleva a una cuestión aún más importante: ¿sirven de algo los poetas vivos? No para mucho. Por lo menos eso consideró el cónsul para el que José Gorostiza trabajó en Londres en 1928. Antes de la llegada del tabasqueño, su amigo Eduardo Luquín, empleado de la Legación de México, llevó a la oficina un ejemplar de Canciones para cantar en las barcas y recomendó al cónsul y a los otros empleados que lo leyeran. ¿Qué es lo que consiguió?: Que desde antes de su llegada, Gorostiza fuera marcado con el mote de “el Pueta” (así lo relata Guillermo Sheridan en un artículo de Lugar a dudas).

La anécdota es vergonzosa si atendemos al tono con el que Gorostiza admite que hubiera sido mejor que sus compañeros no supieran que escribía poesía, pero es reveladora si observamos la opinión del propio cónsul en el sentido de que un poeta no iba a servir de mucho en la oficina (y posiblemente en ningún otro lado).

Pero el tiempo y la muerte se han puesto del lado de Gorostiza.  Su poesía –y la poesía en general– han tenido muchas más aplicaciones prácticas que las que la gente práctica ha querido ver. Los expertos en marketing, los asesores, las consultorías, han obviado la manera en que los poetas mueven el mundo cultural, producen riqueza y dan empleo, sobre todo si su centro de operaciones está tres metros bajo tierra. Con los siguientes ejemplos esperamos componer esa miopía.

APLICACIONES PRÁCTICAS DE JOSÉ GOROSTIZA (DESPUÉS DE MUERTO)

“Muerte sin fin” es el producto más importante del siglo XX mexicano en el rubro de “Poemas para elogiar”. Es el único texto con el que podríamos tener afirmaciones contundentes que lleguen hasta la Colonia. Ejemplo: “Desde el Primero sueño de sor Juana no teníamos en México, un poema que…” y aquí se pone alguna aseveración de ésas que tanto nos gustaría escuchar sobre nosotros. Por tanto su capacidad de mover dinero es notable y pongo sobre la mesa apenas tres propuestas:   

Los Congresos. Gorostiza no solo cabría en los encuentros dedicados a los grandes poemas de la literatura mexicana, en los coloquios sobre los Contemporáneos, en las reuniones internacionales sobre “El Poeta y la Muerte”, sino también en los homenajes institucionales a la literatura de Tabasco, en los encuentros regionales de escritores o en las pequeñas semanas que las universidades públicas y privadas dedican al tema de la muerte. Es decir, Gorostiza se adapta a todos los presupuestos. Es tabasqueño y universal y “Muerte sin fin” se moldea a cualquier interpretación, homenaje o suplemento de periódico como el agua se amolda a la forma de un vaso.

EJEMPLO 1

Digamos que una eminencia noruega va a presentar un estudio sobre la influencia del Eclesiastés en “Muerte sin fin” durante el Congreso Internacional sobre José Gorostiza. Así las cosas, tendríamos que la sola imagen del sueño como mentira y reflejo provocaría ingresos en una aerolínea, en un hotel, en un restaurante y en al menos seis artesanos. Si añadiéramos los ingresos de autobuses por una oncena de poetas de la Península de Yucatán, a quienes no les quedó otra más que releer –que es la forma que en el sureste le decimos a “leer por primera vez”- “Muerte sin fin” para debatir su influencia, tendríamos que José Gorostiza estaría moviendo solo en transporte una cantidad comparable a un equipo de futbol.  

La labor editorial. Fue Jorge Cuesta quien afirmó que los clásicos de la poesía llegan a serlo porque evitan el regionalismo. Pero un clásico se define también por la cantidad de tesis que puede soportar. “Muerte sin fin” es clásica en ambas vertientes: por sortear su localismo y por ser lo suficientemente críptica para tener exegetas en cada generación que egresa de Filosofía y Letras.                                                                                                                         

EJEMPLO 2

“En la obra de Gorostiza existe un significado unívoco, aunque cambiante; expresa, en términos generales, la estancia de la divinidad en la Tierra, expresada a través de la evolución e involución de la forma, hasta llegar a la substancia última, al espíritu de Dios, 'donde nada ni nadie está muriendo', donde el espíritu de la deidad flota, 'se ahoga y sucumbe a su palabra sangrienta'".  [El equipo de este blog conjetura que este párrafo pudo haberse expresado de modo más claro en la frase: “¿No les ha pasado que un día leen a Gorostiza y no lo entienden?”]

Lo bueno de los poemas de difícil lectura es que producen estudios cuya lectura se antoja todavía más difícil. Pero lo mejor de estos análisis es que nunca se agotan. Eso garantiza otra veintena de coediciones críticas de “Muerte sin fin”, con dinero del Estado. Además, en el terreno editorial, Gorostiza posee, como Rulfo, la ventaja una obra breve, de modo que para un rescate de sus papeles perdidos podremos presupuestar un proyecto que incluya a paleógrafos,  expertos en su obra y, por supuesto, programadores que se encarguen de hacer de todo eso un App.  Si fue el mismo Gorostiza quien definió la publicación de su primer libro como una especie de “liquidación espiritual” no temamos entonces ofrecer al por mayor sus saldos de bodega.

Pienso que quizás no se equivocó Luis Cernuda cuando dijo: “¿Qué país sobrelleva a gusto a sus poetas? A sus poetas vivos, quiero decir, pues a los muertos, ya sabemos que no hay país que no adore a los suyos”

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Comentarios (1)

Mostrando 1 comentarios.

También habría que pensar qué hacer con una cosa como la Muerte sin fin de Gerhart Muench (Münch) y cómo insertarla en toda esa parafernalia circense, e hipótetica, en torno al Goros de la que aquí se habla.

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