La incondicional

Abril 2010 | Tags:

Parece mentira, sigues guapísimo a pesar de los años y la enfermedad. No te sonrojes, Saúl, lo digo en serio: ya quisieran muchos llegar a la vejez como tú. A los hombres las canas les sientan mejor que a nosotras, les dan un toque de distinción. A una mujer canosa ni quién la voltee a ver por la calle, en cambio tú eres uno de esos viejitos guapos que todavía pueden arrancarles suspiros a las señoras. ¿Estás cómodo o quieres que te suba la almohada? Mejor no trates de hablar hasta que te quiten el aspirador de la tráquea, ya lo dijo el médico, primero tienes que sacar todas esas flemas de los pulmones. Quién iba a pensarlo, nunca probaste un cigarro, en cambio yo fumé toda la vida y el que acabó con enfisema fuiste tú. Cáncer de fumador pasivo, válgame Dios. Perdóname, gordo, nunca me imaginé que estuvieras tan delicado del aparato respiratorio, te consta que siempre tuve mucho cuidado para no echarte el humo en la cara. ¿Verdad que sí me perdonas? Una sonrisita, por favor, una sonrisita para tu nena. Me la he ganado a pulso por todo el amor que te he dado en treinta y cinco años de matrimonio. ¿Quién te quiere más que yo, a ver? ¿Quién te ha dado comprensión y apoyo en los momentos difíciles? ¿Quién te levanta la moral cuando estás deprimido?

Malvado, ¿ni siquiera me vas a regalar una sonrisa? Eso quiere decir que estás enojado conmigo. No seas rencoroso, Saúl, llevo tres meses al pie de tu cama, oyendo tu tos de perro, lavándote las axilas con esponja, recogiendo el orinal con tus gargajos ensangrentados, y creo que merezco un poco de consideración. Has tenido suerte conmigo, admítelo.
No eres un hombre fácil, claro que no. Como todos los genios eres egoísta y huraño. Las relaciones públicas nunca fueron tu fuerte. Desde que te conozco vives encerrado en ti mismo, perdido en tu mundo interior de abstracciones y fórmulas matemáticas. La gente cree que eres un mamón engreído, pero en realidad eres tímido, un hombrecito inseguro que siempre tuvo flaca la autoestima y por eso se refugió en una ciencia impenetrable.

Confiesa, pillín, que al principio sólo me querías para una aventura. Eras un flamante graduado en física nuclear y yo una pobre secretaria de la división de estudios de posgrado. Eras arrogante, como todos los criollos de buena familia, y, aunque me trataras sin condescendencia, en el fondo sentías que ser blanco y rubio te daba una ventaja enorme sobre mí. Debiste pensar: a esta prieta chula me la cojo un rato y a volar, paloma. Pero yo apechugué con tus desprecios. No teníamos un noviazgo formal, porque nunca me declaraste tu amor, sólo íbamos de la cafetería al cine y del cine al hotel. Ni siquiera me presentaste a tu familia, claro, no querías formalizar nada, cuanta menos gente me conociera, mejor, y a los tres meses quisiste mandarme al carajo. “Mira, Evelia –me dijiste muy serio en el Toks de Copilco– eres una mujer adorable y una maravilla de persona, pero esto no puede seguir. Yo estoy muy joven para comprometerme en una relación seria y tú me llevas cinco años, pronto vas a querer tener hijos y no quiero defraudarte. Lo mejor para los dos es que partir de ahora cada quien vaya por su lado.” Jamás te hablé de tener hijos ni de planes matrimoniales, era un cuento que tú inventaste para deshacerte de mí, pues habías pedido una beca para hacer un doctorado en la Universidad de Michigan y no querías llevar torta al banquete. Mucho menos una torta proletaria como yo. Tu plan era pegar el chicle con alguna gringa. ¿Verdad, ingrato, que en ese momento yo te estorbaba?

Pero no me hagas muecas de hartazgo. Ya sé que has oído mis reclamos un millón de veces, pero hay cosas que nunca te he dicho, y ahora las vas a saber. Te las digo porque ya tienes un pie en el estribo, y si no las saco del corazón, reviento. Necesito confesarme, pues, pero sin arrepentirme de mis pecados. Que se arrepientan quienes han obrado mal, yo gracias a Dios tengo la conciencia limpia. Tu rechazo fue una humillación atroz y esa noche volví destrozada a mi humilde cuarto de vecindad. Este güerito pendejo no se va a burlar de mí, pensé, y en vez de sucumbir al dolor o de regodearme en la pena, comencé a fraguar un plan de reconquista. Ya no debes acordarte, pero, desde nuestras primeras charlas en la coordinación académica, yo había descubierto la manera más eficaz de tomar por asalto tu corazón. El día que nos conocimos te comenté que había leído un artículo tuyo sobre termodinámica en una revista estudiantil de la facultad y estaba fascinada por la brillantez de tus argumentos. No entendí una palabra del artículo, para qué te voy a mentir, pero mi elogio te ruborizó de satisfacción y desde entonces comencé a ganarme tu simpatía. Estabas muy necesitado de elogios, quizá por tener un déficit afectivo, como todos los hijos de padres divorciados, y eso me abría una puerta para echarte el lazo. Esperé un par de meses con paciencia de ilusa que te retractaras de haberme cortado, y, al comprobar que eso nunca sucedería, recurrí a una táctica más audaz: me tomé la libertad de traspapelar la solicitud de tu beca en el archivo de la coordinación académica. Tú sólo recibiste un aviso con el anuncio de tu rechazo, pero nunca supiste el motivo. Ahora ya lo sabes: te negaron esa beca porque la solicitud firmada por el coordinador se quedó extraviada en un altero de papeles y llegó con retraso a Michigan. Pero no me mires feo, que te hice un favor. Las gringas son interesadas, dominantes, cabronas, y estaba segura de que ibas a ser muy desgraciado con ellas. Nada tiene de malo usar un poco de mano negra para garantizar la dicha del ser amado.

No refunfuñes, por Dios, que te vas a ahogar con las flemas. Lo que menos te conviene a estas alturas es un coraje, podrías tener un paro respiratorio. Te jugué rudo, es verdad, pero ya hice méritos de sobra para pagar mis culpas. Reconoce que sin mí tu vida hubiera sido una eterna lucha contra el desamor. Y al final del camino te hubieras sentido mutilado, roto, vacío, como toda la gente que llega a la vejez huérfana de afecto. La humanidad siempre fue hostil contigo en represalia por la mala cara que le ponías. Sólo en mí podías confiar a ciegas. Primero fui tu esposa, después tu hermana, ahora soy algo parecido a una madre y en mis tres personalidades te he colmado de ternura. Toma eso en cuenta a la hora de hacer el balance de nuestro amor, cuando ya no puedas jalar el aire con ese tubo. Recuerda, por ejemplo, mi compungida llamada de pésame por tu fracaso académico. “Me enteré de lo que pasó y estoy muy sorprendida, Saúl, porque todos los profesores de la división de posgrado tienen una excelente opinión de ti. Me consta que varios mandaron cartas a la Universidad de Michigan recomendándote para la beca. No entiendo cómo pudieron rechazar a nuestro candidato más talentoso, deben de tener el cupo muy limitado. Me imagino que estarás muy chípil con esta noticia. ¿Quieres que nos reunamos a tomar un café?” Cuando me propusiste que en vez del café fuéramos a un bar de Coyoacán, me sentí segura de la victoria: con los tragos ibas a ponerte sentimental. Llevaba un vestido azul de muselina muy entallado, tacones altos, un collar de carey que resplandecía entre mis senos y antes de entrar al bar me bajé el escote para lucirlos. Pero más que mi atuendo sexy te cautivó mi nobleza de buena perdedora. Ni un solo reproche a pesar de tu abandono. Estaba ahí en solidaridad contigo sin pedir nada a cambio. Al calor de los tequilas acabaste llorando en mi hombro, yo también lloré de emoción al beberme tus lágrimas, te disculpaste por haber terminado abruptamente con la única mujer que te comprendía, ven acá, preciosa, no entiendo cómo pude estar tan ciego, y acabamos cogiendo como fieras heridas en un hotel de Taxqueña.

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Comentarios (2)

Mostrando 2 comentarios.

Vaya! Me agrada mucho, sobre todo en lo que dice del mandar desde el piso, donde estaba a sus pies. Justamente hace poco leí un libro donde mencionaban algo similar, el hecho de que la falta de orgullo, permite que las personas no se cieguen a perder su meta, sin importar lo que los demás les digan, creo que aquí ella maneja algo similar, pues, ella tenía muy claro que se dejaba "humillar" para así controlarlo y tener lo que quería. 

Me gusta. Un buen relato 

Verdaderamente, son muy buenas las obras del maestre Enrique Serna. Este cuento me parece genial. La vejez, la charla entre dos personas mayores de edad, la cotidianidad. ¿Qué más puedo decir? Sin palabras. Es un gran novelista y cuentista mexicano. Mis mejores deseos para este maetro.

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