Hitler y la lógica del Holocausto

Para llevar a cabo la destrucción de los judíos europeos, el régimen nazi se convirtió en un empresario y un exportador de la violencia. Se aprovechó de las instituciones devastadas de los países que invadió, de prejuicios seculares, de la oscuridad de la guerra. En este ensayo, Timothy Snyder analiza la siniestra combinación de factores que condujo a la Shoah.

 

Jan Gross e Irena Grudzińska Gross concluyen Golden harvest: Events at the periphery of the Holocaust (Oxford University Press, 2008), su relato del robo de tumbas posterior al Holocausto, con una historia del pasado muy reciente. Un hombre de negocios polaco que regresaba de Berlín escapó por los pelos a la muerte en un accidente automovilístico. La noche siguiente, una niña judía se le apareció en sueños, lo llamó por su nombre de pila como si de otro niño o un amigo se tratase, y le pidió que le devolviera su anillo. El hombre tenía, en efecto, un anillo de oro que había recibido de sus abuelos, quienes vivían cerca de Bełżec, una de las principales fábricas de la muerte construidas por los alemanes en la Polonia ocupada.

En ocasiones, con la esperanza de salvarse a sí mismos o a sus familias, los judíos polacos que viajaban en los transportes de la muerte en 1942 entregaban a los lugareños polacos objetos valiosos que habían logrado llevar consigo a cambio de agua (o la promesa de agua), cuando los trenes se detenían poco antes de llegar a su destino. A los judíos les quitaban el resto de sus posesiones cuando los obligaban a desvestirse antes de encaminarlos a las cámaras de gas. Trabajadores esclavos judíos retiraban de los cadáveres los dientes de oro, que los alemanes conservaban. Esos trabajadores judíos escondían algunos de aquellos objetos y los intercambiaban después con los guardias del campo, que a menudo eran ciudadanos soviéticos prisioneros de los alemanes. Ellos, a su vez, intercambiaban los objetos por comida, alcohol y sexo en los pueblos polacos cercanos. Algunos objetos de valor se conservaron en las cámaras de gas cuando los alemanes emprendieron la retirada. Después de la guerra, los habitantes locales desenterraban los cadáveres en busca de oro.

El hombre de negocios devolvió el anillo de la mejor manera que pudo: lo entregó, junto con una nota, al museo de Bełżec. En cierto modo, su gesto y su historia reflejan las realidades de la Polonia actual. Cada detalle de su narración –el trato comercial con los alemanes, el viaje de negocios en un coche con chofer, incluso el trayecto por buenas carreteras– habla de una Polonia que es más próspera hoy que en ningún otro momento de su historia. Liberada en 1989 del comunismo que siguió a la ocupación alemana, aliada con Estados Unidos en la otan desde 1999, vinculada a sus vecinos de la Unión Europea desde 2004, Polonia se beneficia de la globalización de los años posteriores al comunismo.

Como sugiere Donald Bloxham en su libro The Final Solution: A genocide (Oxford University Press, 2008), el Holocausto puede considerarse, entre muchas otras cosas, la catástrofe final que acompañó al colapso de lo que algunos historiadores llaman la primera globalización, es decir, la expansión del comercio mundial a finales del siglo xix y principios del xx. Este colapso tuvo tres etapas: la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. El error fatal fue la dependencia del imperio europeo. El proceso de descolonización comenzó en la propia Europa, cuando los Estados nacionales balcánicos se liberaron, primero, del Imperio otomano y, más tarde, del dominio de sus patronos imperiales británicos, alemanes, austriacos o rusos. Los líderes de esos Estados nacionales pequeños, aislados y agrícolas encontraron una consonancia natural entre la ideología nacionalista y su desesperada situación económica: si liberamos del dominio extranjero a nuestros compatriotas que viven al otro lado del río o de la cordillera, podremos expandir nuestra estrecha base impositiva con sus tierras de cultivo.

Tras algunas falsas iniciativas que implicaron guerras entre sí, los Estados nacionales balcánicos se enfrentaron al Imperio otomano en 1912, en la Primera Guerra de los Balcanes, expulsaron al poder otomano de Europa y se repartieron el botín (no sin una Segunda Guerra de los Balcanes en 1913). El conflicto que recordamos como la Primera Guerra Mundial podría considerarse la Tercera Guerra de los Balcanes, puesto quealgunos elementos del gobierno serbio intentaron apoderarse de territorio austriaco, como poco antes habían hecho con territorio otomano. Con la llegada de la Primera Guerra Mundial, el modelo balcánico de fundación de Estados nacionales se expandió a Turquía (lo que acarreó el asesinato de más de un millón de armenios). Más adelante, ese modelo fue aceptado en Europa Central. La Primera Guerra Mundial también hizo añicos un sistema de comercio e inauguró una era de empobrecimiento europeo que duraría cerca de medio siglo.

Adolf Hitler fue un soldado austriaco que combatió en esa guerra, aunque por parte del ejército alemán. En The Final Solution, Bloxham interpreta su respuesta antisemita ante la derrota de Austria y Alemania –articulada en Mi lucha de 1925– como un intento, intelectualmente espurio pero políticamente poderoso, de sacar a Alemania de su destino de Estado nacional derrotado mediante la restauración de sus metas imperiales. La propia guerra había hecho relativamente poco daño a la patria alemana, ya que el país nunca fue ocupado. Pero Alemania, que pagó esa guerra con cerca de 2.5 millones de muertos, fue derrotada: un hecho que Hitler encontraba inexplicable. Si  era posible identificar una causa del fracaso alemán, sería posible llevar a cabo el programa para el regreso de Alemania al centro de la historia mundial.

Hitler responsabilizó falsamente a los judíos no solo de la derrota de 1918, sino también del acuerdo de posguerra. En Occidente los judíos eran la supuesta fuente principal del desalmado capitalismo financiero de Londres y Nueva York, que permitió el doloroso bloqueo alimentario a Alemania en 1918 y la hiperinflación de principios de la década de 1920. En el Este, los judíos eran los supuestos responsables del comunismo (“judeobolchevismo”) de la Unión Soviética. Los judíos del mundo, sostenía Hitler, eran responsables de los falsos universalismos del liberalismo y el socialismo, que impedían a los alemanes alcanzar su destino especial.

Hitler y la lógica del Holocausto 2
Luis Pombo

El programa de Hitler para el resurgimiento alemán era, en cierto nivel, una simple recreación de la mezcla balcánica de nacionalismo y agrarismo que había alabado en Mi lucha. Alemania debía pelear con sus vecinos por su “espacio vital” en el Este para lograr así la autosuficiencia agrícola. A diferencia de los Estados balcánicos, por supuesto, Alemania era una gran potencia capaz de proyectar no solo un aumento del territorio, sino un nuevo imperio, algo que parecía haber logrado Ucrania al final de la Primera Guerra Mundial. La obsesión de Hitler con el antisemitismo dotó a esa perspectiva de un carácter global, tanto en su simbolismo como en su ambición: invadir el Este significaría ocupar la parte del mundo donde vivía la mayoría de los judíos, la destrucción de la Unión Soviética y la conquista del poder a nivel mundial.

Para realizar el programa de Mi lucha, Hitler necesitaba obtener el poder en Alemania, destruir Alemania en tanto república y librar una guerra contra la urss. Como señala Edouard Husson en su libro sobre el lugarteniente de Heinrich Himmler, Heydrich et la Solution Finale (Perrin, 2008), la Gran Depresión posibilitó el triunfo de Hitler en las elecciones y el comienzo de su transformación de Alemania y del mundo. Después de 1933, en la Alemania de Hitler el Estado ya no era el monopolista de la violencia, según la conocida definición de Max Weber. En cambio, se convirtió en un empresario de la violencia y la utilizó en el extranjero –el terror en la Unión Soviética, los asesinatos de funcionarios alemanes a manos de judíos– para justificar la violencia doméstica, que en realidad organizaban las instituciones alemanas. Hitler recurrió entonces a la supuesta amenaza de inestabilidad interna para justificar la creación de instituciones cada vez más represivas.[1]

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