Disparos en el Báltico

Marzo 1999 | Tags:
Victor Serge, El caso Tuláyev, Ediciones El Equilibrista, México, 1993.   1. El fantasma de Kirov El asesinato de Serguei Mirónovich Kirov en las oficinas de Leningrado del Partido Comunista de la Unión Soviética, el 1 de diciembre de 1934, nunca fue aclarado de modo convincente. Aun así, o quizá gracias a ello, le sirvió a José Stalin para desencadenar el proceso de exterminio sistemático -ejecución, exilio interior, exilio exterior, diferentes tipos de confinamientos- de los viejos militantes de la guardia bolchevique. Las purgas o Procesos de Moscú constituyeron el punto culminante del irresistible ascenso del líder georgiano rumbo a la dictadura personal. Fueron el escalón decisivo que condujo al culto soviético y mundial, en su investidura semidivina como Padre de los Pueblos, del sucesor de Lenin.
     Al margen de los tres juicios públicos (1936, 1937 y 1938), Stalin armó juicios a puerta cerrada. Las víctimas fueron los principales generales y altos oficiales del Ejército Rojo. A sus ejecuciones se debe, entre otras cosas, que la Luftwaffe haya destruido en tierra, antes siquiera de que pudiesen prepararse para despegar, una porción importante -probablemente dos tercios- de la fuerza aérea soviética. El pobre desempeño militar de las divisiones a las órdenes de José Stalin en los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial se debió a la ausencia de comandantes capaces: éstos habían sido exterminados a raíz de aquel asesinato de 1934. No es ninguna exageración afirmar que el desarrollo de la guerra en territorio soviético, a partir de 1941, estuvo determinado por el heroísmo de los soldados del Ejército Rojo; de ningún modo por la "lucidez visionaria" del estratega Stalin, culpable y responsable directo del desastre inicial. 2. Un oscuro asesino Serguei M. Kirov, jefe del Partido en Leningrado, uno de los principales lugartenientes de Stalin, acaso su Delfín, fue ultimado a tiros, en el corazón comunista del Báltico, por un tal Nikolaiev, oscuro lumpenproletario de 30 años de edad. Enterado Stalin por teléfono, emitió en las horas siguientes un decreto donde establecía la inmediata aplicación de la pena de muerte, sin posibilidad de perdón, en actos de terrorismo como el asesinato de Kirov. El sobrino del dictador, Vladimir Aliluyev, afirma que nunca se vio a su tío en tal estado de alteración como cuando se enteró de aquella muerte: en el XVII Congreso del Partido, en febrero de 1934, Kirov había sido ovacionado por su política relativamente conciliadora y, según su sobrino, a Stalin "le preocupaba" que se relacionara el crimen con
su nombre.
     Nikolaiev fue llevado a la presencia de Stalin. Cayó de rodillas y confesó que había actuado "bajo órdenes y en nombre del Partido". Las turbias relaciones del asesino Nikolaiev con la nkvd fueron investigadas y revelaron la errática conducta de ese hombre: expulsado del Partido, aparentemente había sido entrenado en prácticas de tiro por la nkvd y comisionado para el magnicidio. Nikolaiev dejó incluso testimonio escrito de todo eso: "Ahora estoy listo para lo que sea. Odio a Kirov." El guardaespaldas de Kirov fue muerto a golpes por agentes de Yagoda (cabeza de la NKVD en los años treinta y posteriormente víctima de las purgas) al día siguiente del crimen; estos agentes fueron enviados después a los campos de trabajos forzados, donde murieron... Alexander Orlov, antiguo miembro de la NKVD, recuerda que en esos días sus camaradas le decían: "Todo el asunto es tan peligroso que lo más sano es no saber demasiado." 3. El Delfín y la novela      En 1932, Serguei M. Kirov se opuso, con éxito, a la voluntad de Stalin de ejecutar a Martemyan Riutin, viejo bolchevique y opositor decidido a las políticas cada día más violentamente represivas del dictador. Se conjetura que Riutin y su grupo consideraron seriamente la posibilidad del magnicidio para liberar a la Unión Soviética del yugo de Stalin. Aprehendido y juzgado junto con sus colegas conspiradores, Riutin fue sentenciado por fin al exilio interior, lejos de Moscú. El Caso Riutin fue la primera chispa de los acontecimientos de los años treinta en la Unión Soviética.
     Después de la muerte de Stalin el 5 de marzo de 1953, el sucesor del dictador, Nikita Jruchov, ordenó en 1956 una investigación a fondo acerca del asesinato de Kirov. Pero cuando leyó los informes de la comisión -refiere Roy Medvedev- se limitó a decir: "Mientras exista el imperialismo en el mundo, no seremos capaces de publicar este documento." En julio de 1989, sin embargo, la revista soviética Ogonyok publicó un extracto de las memorias de Jruchov en las que afirmaba lo siguiente acerca del Caso Kirov: "Este asesinato fue organizado desde arriba. Considero que fue organizado por Yagoda, que sólo pudo actuar por instrucciones secretas de Stalin, recibidas, como se dice, cara a cara."
     El escritor Victor Serge recreó el Caso Kirov en la novela titulada El caso Tuláyev, que apareció en 1993 en México dentro de la colección Las Islas Afortunadas -animada por Álvaro Mutis- en las Ediciones del Equilibrista. Yo hice esa traducción, que concluí en la ciudad de Santo Domingo en el primer semestre de 1992. Por ahí, por esa misma ciudad de la antigua Española, había pasado Serge en compañía de su hijo Vladimir Kibalchich -el futuro pintor Vlady- en una peregrinación desde Orenburgo (el exilio interior al que lo había condenado Stalin) hasta la Ciudad de México, donde murió en 1947, a los 57 años de edad. Ironías de los nómadas políticos intransigentes como Serge: la penúltima etapa de su errancia por el mundo fue una isla dominada con mano de hierro por otro dictador, el Tigre Rafael Leónidas Trujillo.
     Desde una trinchera diferente, Arthur Koestler noveló algunos episodios de los Procesos de Moscú en las espeluncas policiacas del régimen soviético: los calabozos de la Lubianka al mando de Yagoda y más tarde administrados por el siniestro Lavrenti Beria. 4. Anticomunismo y socialismo La novela de Koestler, Darkness at Noon (1940; en español, El cero y el infinito), tuvo más resonancia que la de Victor Serge. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que Victor Serge siguió siendo hasta su muerte un socialista convencido y Koestler, en cambio, se subió a la cresta del anticomunismo militante, en otra clase de viaje ideológico que él mismo describió en su autobiografía (publicada en español, en cinco tomitos, con el sello de Alianza Editorial), por lo demás una lectura fascinante.
     Arthur Koestler -sobre cuya conducta personal ha habido hace poco un escándalo mayúsculo: al parecer era un violador contumaz- se convirtió al paso de los años, en compañía de Alexander Solyenitzin y Arthur London, entre muchos otros, en un abanderado notable de ese anticomunismo que tuvo tantas caras o facetas como pueda imaginarse, debido a la fragmentación de la izquierda mundial: desde los "renegados" como Koestler y London -la palabra "renegado", de origen estalinista, equivalía a "traidor"-, hasta los legítimos herederos de la mejor tradición socialista, como el propio Victor Serge, no anticomunistas sino antiestalinistas. 5. Las máquinas: transparencia y tinieblas En uno de los pasajes de El caso Tuláyev, un personaje discurre sobre el presente y el futuro del socialismo, así como acerca de aquello que el escritor italiano Leonardo Sciascia denomina "el engranaje" y otros llaman sencillamente el Sistema:
"-La máquina -dijo Filatov- debe funcionar irreprochablemente. Que aplaste a los que se atraviesan en el camino es inhumano, pero esa es la ley universal. El obrero debe conocer las entrañas de la máquina. En el futuro habrá máquinas luminosas y transparentes que la mirada del hombre atravesará de un lado a otro. Eso será la inocencia de las máquinas, semejante a la inocencia del cielo. La ley humana será pura como la ley de la astrofísica. Nadie será entonces aplastado. Nadie tendrá ya necesidad de piedad. Pero ahora, camarada Romáshkin, hace falta la piedad todavía. Las máquinas están llenas de tinieblas; nosotros no sabemos nunca qué pasa. No me gustan las sentencias secretas, las ejecuciones en los sótanos, la mecánica de los complots. Tú entiendes: siempre hay dos complots, el positivo y el negativo. ¿Cómo saber cuál es el de los justos, cuál es el de los culpables? ¿Cómo saber si hay que tener piedad, si hay que ser despiadado? ¿Cómo lo sabremos nosotros, entonces, cuando los hombres del poder pierden ellos mismos la cabeza, como es evidente?"
Máquinas transparentes, máquinas tenebrosas: en las primeras hay un engranaje llamado piedad; en la oscuras máquinas del Sistema actual -actual en 1934; en 1940-1942, cuando Serge escribía su novela; en 1999...- las máquinas están llenas de sentencias secretas, ejecuciones en sótanos, complots: una telaraña hecha de sangre, metal y fuego. 6. El iluminado solitario El secreto de la conspiración para asesinar a Serguei M. Kirov sigue aparentemente hundido en las tinieblas bien engranadas de las máquinas estatales. Sin embargo, hay quienes piensan de una manera diferente. Por ejemplo, François Furet se refiere en una nota de su libro El pasado de una ilusión (fce, 1995) a Alla Kirilina, autora de L'Assassinat de Kirov (Seuil, 1965). "Según la autora de este libro -explica Furet-, ni la NKVD local ni la NKVD nacional estuvieron implicadas en el asesinato de Kirov, que fue cometido por un iluminado." Es decir que, ante la tesis de la conspiración de Stalin, se levanta la posibilidad de otro engranaje imprevisto, ingrávido, literalmente imponderable: el acto de un hombre solitario, fulminado por una iluminación redentorista.
     Esta tesis recorre de punta a punta la novela de Victor Serge. El novelista no olvida nunca, sin embargo, el sangriento botín que Stalin se allegó manipulando la muerte de Kirov en su beneficio. 7. Una nota mexicana Quiero concluir estos renglones acerca de aquel asesinato en Leningrado con una nota mexicana. Sé de buena fuente que el fiscal Miguel Montes leyó El caso Tuláyev en 1994, en los meses en los que estuvo a la cabeza de las indagaciones del caso Colosio. Sin aventurarme demasiado en una conjetura que no me está permitida, puedo decir que el cambio de su actitud como investigador reprodujo exactamente los cambios que ocurren en la novela de Victor Serge: de la hipótesis de la conjura a la tesis del asesino solitario. -

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