Escribo este texto con cuidado deliberado. Conozco y admiro al periodista Jorge Fernández Menéndez. Tengo con él una relación cordial, distante, pero real. También sé que el libro que decidió escribir junto con Julio Scherer Ibarra, Ni venganza ni perdón, va a provocar incomodidad. Por razones obvias.
Primero, por el atrevimiento mismo de ser coautor con Scherer, uno de los hombres de mayor poder durante los primeros tres años del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Segundo, porque el libro funciona, en parte, como una defensa personal de Scherer tras su salida de la Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal en 2021 y las acusaciones que lo involucraron en conflictos de interés y pleitos de alto nivel, especialmente con el fiscal Alejandro Gertz Manero. Tercero, porque el tono es de lealtad hacia el presidente.
Todo eso generará comezón, claro. A mí también me la provocó. Y sin embargo, el libro tiene un valor periodístico e histórico que no puede negarse.
Conviene empezar por lo incómodo. El texto está atravesado por la autoafirmación. Hay múltiples pasajes donde Scherer detalla sus logros profesionales, su capacidad de interlocución, su pericia jurídica, su red de contactos heredada y cultivada al amparo del apellido paterno. Aparecen cenas, reuniones privadas, episodios íntimos con figuras centrales de la vida pública mexicana. El mensaje implícito es: pertenezco a este círculo por derecho propio. Y tiene razón, no miente ni exagera. Ese es un hecho y ese capital explica buena parte del poder que acumuló en el sexenio.
Esa dimensión puede resultar irritante para algunos lectores y generar conversación para rato pero lo sustantivo está en otro lado.
Lo que el libro ofrece es la versión del poder vista desde dentro. Sí, tal como Scherer quiere presentarla, pero eso es precisamente lo valioso. El libro es una crónica de gobierno con una perspectiva, diría yo, gerencial. No hay en sus páginas una transformación de régimen ni un deterioro institucional dramático. Tampoco aparecen la violencia estructural ni la erosión democrática. El sexenio se describe como un conjunto de esfuerzos gubernamentales: algunos acertados, otros fallidos por ineptitud o por perfiles mal elegidos. López Obrador aparece como un líder fuerte, convencido de su misión social, atento a los pobres y sorprendentemente experimentado en gastronomía de carretera.
Esa mirada contrasta con la que muchos analistas –me incluyo– documentamos durante esos mismos años. Cuando reviso mis propios artículos del periodo, encuentro: una voluntad concentradora de poder, una degradación de contrapesos, un uso intensivo del presidencialismo sin mecanismos de ajuste. En esos primeros tres años se militarizó la administración pública, se cerraron canales efectivos de transparencia y se erosionó el diálogo con otras fuerzas políticas. Nada de eso ocupa un lugar central en el libro. ¿Escribí “central”? Quise decir, nada de eso ocupa algún lugar, alguno pequeño siquiera, en el libro. Entiendo que no haya sido el objetivo pero me sorprende que las referencias a la democracia, cuando aparecen, son laterales. Se alude al cinismo electoral del viejo PRI; se reivindica la necesidad de una prensa fuerte; se critica la estrategia mediática oficial por dañar al sistema democrático; se lamenta que no se respetaran encuestas internas en Morena; se califica a la Ciudad de México como un espacio democrático y progresista. Pero no hay una preocupación estructural por el sistema de partidos, por la autonomía electoral o por el uso creciente de decretos presidenciales. Cuando Scherer habla de trabajo político se refiere a la operación partidista.
El mejor párrafo del libro, a mi juicio, es este: “Que el Ejecutivo tenga un control vertical de todo el gobierno es una de las grandes fallas del Estado mexicano. El presidente no puede estar todos los días revisando si la agricultura, si la educación, si la salud…”. Scherer tiene razón. La concentración absoluta es un problema. Pero no es sólo una cuestión de gabinete. El Estado mexicano no se agota en el Ejecutivo: incluye Corte, prensa, órganos autónomos, gobiernos estatales, fuerzas políticas. Cuando esas capacidades se debilitan o se subordinan, el resultado es la fragilidad porque sólo quedan el presidente y sus visires, disputándose influencia. En otras palabras: Jesús Ramírez contra otros.
¿Pudo el libro ser más crítico? Sin duda. ¿Habría sido mejor si desmontara al poder que describe? No necesariamente. Habríamos perdido lo esencial: el retrato de cómo uno de sus protagonistas entiende lo que ocurrió, o quizá mejor dicho, cómo uno de sus protagonistas quiere transmitir lo que ocurrió. Esa versión es un documento indispensable para reconstruir la historia reciente, porque las memorias parciales también son piezas del rompecabezas y los testimonios del poder también son ejercicios de poder. ~