Ecología de la seriedad

En lo cotidiano, en el espacio público o en la política, es notoria la falta de seriedad. Cuando se miente con impunidad baja el nivel de la vida social.
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La falta de seriedad es contagiosa. Si una persona es impuntual, quienes la tratan tienden a relajar su propia puntualidad. Si sé que va a llegar tarde, no tengo por qué apurarme. Así se produce el contagio.

Otra falta de seriedad es la cancelación (aunque sea con aviso, y más aún sin avisar) de citas, vuelos, reuniones, medicamentos disponibles, atención en una ventanilla, temas en una agenda, productos en una promoción. Cancelar causa trastornos que cambian prioridades.

La corrupción es una falta de vergüenza, pero también de seriedad; y, desde luego, es un delito. Si quien persigue delincuentes recibe sus dádivas, ¿a qué está jugando?

Las interrupciones al que trabaja con seriedad son una falta de respeto.

La rotulación errónea es una falta de seriedad. Caso real: “Pase usted” –le dicen al visitante que titubea ante una puerta rotulada: “¡Peligro! No pasar”. El anfitrión le explica amablemente que no hay peligro, que el rótulo se puso cuando estaba ahí una subestación eléctrica. ¿Y por qué no lo han quitado? Por falta de seriedad.

En las calles hay baches, socavones y alcantarillas abiertas que no alertan del peligro. Hay letreros con el nombre de la calle que están escondidos y hacen perder el tiempo. Igual sucede con la numeración de las casas que no está a la vista.

Como si fuera poco, cientos de calles de la misma ciudad se llaman igual. Según el Catálogo de Vialidades del mapa digital de México (INEGI), en la Ciudad de México hay 220 calles con el nombre Hidalgo (incluyendo calle, callejón, cerrada, prolongación, avenida; Hidalgo, Miguel Hidalgo, Miguel Hidalgo y Costilla; pero excluyendo Luis Hidalgo Monroy, Ferrocarril Hidalgo y semejantes).

Las afirmaciones sin fundamento son una falta de seriedad que degrada la comunicación. Cuando la propaganda política y la publicidad comercial pueden mentir impunemente, baja el nivel de la vida social.

En su famoso discurso del 1 de septiembre de 1982, José López Portillo dijo: “México es un país serio”, “Defenderé al peso como un perro”; y, en el mismo discurso, anunció la desastrosa estatización bancaria. Fue objeto de burlas, pero no enjuiciado.

Un gran avance de las últimas décadas han sido el periodismo independiente y los organismos dedicados a tomar en serio las afirmaciones públicas. Reforma y El Universal exhiben con frecuencia las que son poco serias. El sitio digital Animal Político se concentra en eso. Su sección El Sabueso ha documentado y refutado un centenar de afirmaciones poco serias de Andrés Manuel López Obrador. El organismo SPIN, también digital, ha documentado las afirmaciones semejantes en las “mañaneras”, desde el sexenio pasado.

Cuando se busca un producto en Amazon, no atiende de inmediato. Aprovecha que tiene al cliente ahí para ofrecerle cosas que no pidió. Y su buscador de pedidos anteriores le dice que no ha comprado cosas que sí compró.

Lo mismo sucede en las consultas bancarias por teléfono. Antes de atender, obligan a escuchar publicidad.

Ni Sky ni Netflix tienen un buscador que permita localizar (por palabras significativas) si tienen una serie o película; de qué trata, a qué horas pasa, etcétera.

Afortunadamente, ahora existe Copilot, un recurso de inteligencia artificial, que ofrece “Pregúntame cualquier cosa” y, a veces, responde cualquier cosa, aunque no venga al caso. Hay que verificar sus afirmaciones. La inteligencia artificial no es garantía de seriedad.

Hay ambientes en los cuales la seriedad es imposible. ¿Qué hacer? Crear zonas parciales de seriedad. Si una persona seria tiene autoridad, puede imponer la seriedad en la zona que domina.

En un concierto, los que llegan tarde hacen ruido, perturban la audición y molestan a los puntuales, mientras pasan y se acomodan. Carlos Chávez acabó con eso en sus conciertos de Bellas Artes: cerró las puertas unos minutos antes de empezar. Los impuntuales tenían que esperar al intermedio para entrar.

Un ecosistema arruinado puede restaurarse, como lo demostró Gerardo Cruickshank en el Lago de Texcoco, con tesonera seriedad. Y cuando tuvo logros suficientes para ascender a un puesto más alto, prefirió quedarse ahí, para terminar el proyecto. ~


Publicado en Reforma el 29/III/26


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