Esta vez es distinto

La IA vive su momento nuclear, una mezcla de fascinación y miedo. Es una burbuja, pero también mucho más que una burbuja.
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En su célebre Esta vez es distinto. Ocho siglos de necedad financiera, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff decían que la frase del título de su libro era una de las más perniciosas de la historia de la economía: todas las veces que se había producido una burbuja, quienes estaban dentro de ella (salvo algunos visionarios) defendían que no se trataba de una burbuja. ¿Estamos ahora en una burbuja con la IA? Está claro que sí. Como escribe el novelista y ensayista John Lanchester, “El patrón histórico suele ser que se vislumbra en el horizonte una innovación grande y genuina. El dinero fluye para aprovecharla. Demasiado dinero. El flujo de capital es tan grande que resulta imposible asignarlo correctamente, y desaparecen las distinciones entre lo que es probable y lo que es imposible, lo que es prudente y lo que es imprudente, lo que podría suceder y lo que nunca podría suceder.”

Las cifras de la burbuja no tienen precedentes. De las cuatro compañías mundiales con una capitalización bursátil superior a un billón de dólares (trillion en inglés), solo una, la petrolera saudí Aramco, no es de IA. Nvidia, la empresa más valiosa del mundo y líder en machine learning e IA, está valorada en casi cinco billones. El PIB de España no llega a los dos billones de dólares. Las diez compañías más valiosas del mundo valen alrededor de 25,6 billones de dólares; de ellos, quince se han acumulado desde 2022 y tienen algo que ver con el auge de la inteligencia artificial.

Pero esta vez es distinto, en serio. Porque quienes están en la burbuja admiten que lo están. Nadie lo niega. Entonces, ¿por qué no la pinchan? Porque la burbuja de la IA no es solo una burbuja. No es solo fomo y especulación irracional (aunque tenga mucho de ello: si antes hasta la panadería del barrio debía tener una app, ahora debe tener algo con la IA), no es solo un montón de empresas mandándose dinero unas a otras para inflar sus valoraciones (algunas de las empresas de IA más rentables no consiguen tener beneficios). Hay algo que está cambiando de verdad y eso es algo que no solo proclaman los gurúes en X o LinkedIn, que escriben (con IA, claro) largos ensayos en los que pronostican el fin de los trabajos de cuello blanco en dieciocho meses.

Hace un par de meses, cuando la compañía de IA Anthropic, célebre por su chatbot Claude y ahora también famosa por enfrentarse a la administración Trump (se negó a colaborar con la Secretaría de Guerra en la creación de armas automatizadas y espionaje masivo), lanzó Claude Code y Claude Cowork, ni siquiera los más escépticos con la IA pudieron ocultar su estupor: en apenas unos meses, Claude había demostrado ser capaz de sustituir la mayoría de tareas de un programador. El riesgo también estaba en muchos trabajos modernos. Nunca he sabido usar bien Excel y ahora no lo necesitaré: la IA ya hará ese trabajo. El analista Dylan Patel describía este cambio en su blog SemiAnalysis de una manera abrupta: “Cualquier cosa que implique a un ser humano dando clics, recopilando información y reformateándola en otro medio (correo electrónico, gráfico, Excel, presentación) corre un peligro enorme. Los LLM [modelos extensos de lenguaje] prosperan exclusivamente en este tipo de intercambio de datos, cambiando sin esfuerzo el texto en audio, el inglés en chino y las palabras en imágenes.” Humanos dando clics. ¿No es eso lo que hacen la mayoría de trabajadores corporativos?

Y a veces esos clics no llevan a ninguna parte. Como no tengo un trabajo corporativo, me fascinan los trabajos corporativos. Pregunto a amigos a qué se dedican, en qué emplean el tiempo, cuál es el producto final que surge de su trabajo. Muchos me confiesan estar frustrados. Envían emails que no lee nadie, tienen reuniones que podrían ser emails, hacen Power Points y presentaciones ante personas que no atienden. Entonces simulan que trabajan. Es lo que algunos llaman the great pretending, la gran simulación. Lo explicaba así un vicepresidente de una firma tecnológica en el Substack Still wandering, del analista y bloguero británico Alex McCann: “Dirijo un equipo de doce personas que crean documentos para otros equipos que crean documentos para altos directivos que no leen documentos. Gano 150.000 libras al año. Es completamente absurdo, pero lo aprovecho como puedo y mientras construyo algo real por mi cuenta.”

El trabajo contemporáneo se ha reducido a su esqueleto. Es management sin producción. La IA va a acelerar eso radicalmente. Si hace unos años todos íbamos a ser nuestro propio jefe (en la fantasía primigenia de la gig economy), ahora todos vamos a ser mánagers, y daremos órdenes a muchos Claudes. Para el periodista Derek Thompson, autor junto con Ezra Klein del libro Abundancia, “La IA se convertirá en la pantalla de inicio [del ordenador] de un altísimo porcentaje de trabajadores de cuello blanco en los próximos dos años y se desplegarán agentes paralelos en el campo de batalla del trabajo intelectual a niveles francamente soviéticos.”

Tras el anuncio de Claude Code y Claude Cowork, muchos analistas comenzaron a hablar de un “momento pandemia”: Silicon Valley, escribían en X, parecía el mundo a finales de febrero de 2020. Algo estaba cambiando, pero no teníamos claro qué era. No es solo una cuestión laboral. A menudo se enmarcan los avances en la IA desde una perspectiva exclusivamente económica o de productividad. Pero el cambio es más profundo. Como escribe el analista Max Read, “¿Y si la IA se pareciera más a la ‘desindustrialización’ o a ‘internet’: un proceso indiscutiblemente transformador, que abarca varias décadas y cuyos efectos más evidentes y llamativos son sociales, políticos y cualitativos?” O existenciales.

Estamos en un momento nuclear. Si en la Guerra Fría había un miedo existencial hacia la energía atómica (que producía avances fantásticos y, a la vez, suponía una amenaza sin precedentes), hoy es la IA la que provoca una sensación similar de fascinación y miedo. Read dice que estamos ante un proceso como el desarrollo de internet, pero creo que este no nos hizo preguntarnos constantemente quiénes somos, cuál es nuestro papel en el mundo. Es fascinante escuchar a los directivos y analistas de Anthropic hablar con franqueza de sus descubrimientos, pero sobre todo de lo que todavía no saben: no saben qué es exactamente Claude, por qué actúa como actúa, si está ganando consciencia (o simulando tenerla). En una entrevista con el periodista del New York Times Ross Douthat, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, dijo: “No sabemos si los modelos son conscientes. Ni siquiera estamos seguros de saber qué significaría que un modelo fuera consciente o si un modelo puede ser consciente. Pero estamos abiertos a la idea de que podría serlo.”

La IA es una burbuja, sí, pero es también una tecnología de frontera: quizá muchos están metiendo dinero ahí porque quieren especular, pero también ese dinero se está usando para cambiar radicalmente el mundo (a veces para bien, a veces para mal). La IA es una burbuja y un hongo atómico. ~


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