La huella del Andarríos

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Decir que ciertos libros pueden cambiar —y en efecto cambian— nuestras vidas es un lugar común aunque insoslayable. Para J.M. Coetzee, uno de esos libros fue Robinson Crusoe, la novela publicada en 1719 e inspirada en un personaje real: el marinero escocés Alexander Selkirk, que en 1704 fue abandonado a su suerte en una pequeña isla del archipiélago Juan Fernández, ubicado a setecientos kilómetros de la costa de Chile, donde tuvo que sobrevivir durante cuatro años. Según refiere el propio Coetzee, su primer contacto con este libro seminal ocurrió en 1948 o 1949, cuando tenía apenas ocho o nueve años: “Yo, o ese a quien llamo yo —dice, haciendo gala de la estrategia diseñada para Infancia y Juventud, tomos en los que da una vuelta de tuerca al género autobiográfico al reinventarse desde la lejanía de una tercera persona—, descubrí entonces y leí con la mayor atención aquella historia del hombre arrojado a una isla a la que convierte en su reino. Había alguien más en la historia, un tal Daniel Defoe. ¿Cuál era su papel? ¿Cómo encajaba él dentro? Decían que era el autor pero yo no lo entendía porque a mí, quien me estaba narrando el relato era Robinson Crusoe. Así que, ¿quién era Defoe? ¿Un apodo de Robinson Crusoe?” Con el tiempo, estas dudas se acendrarían y nutrirían una fascinación literaria que ha rendido frutos impecables: de Foe, novela en la que Coetzee lleva a buen puerto la reescritura o contraescritura del libro que lo imantó desde niño, al prólogo a la edición de Robinson Crusoe aparecida en 1999 en la colección World’s Classics de la Oxford University Press; de “Realismo”, primera de las ocho lecciones que integran Elizabeth Costello, a “Él y su hombre”, discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2003, donde el sudafricano trata de despejar las inquietudes que le fomentó —y todavía le fomenta— el clásico de Defoe.
     Detengámonos en los últimos dos textos. En “Realismo”, Coetzee pone en mente de su tocayo John, el hijo mayor de su alter ego Elizabeth Costello —creador y criatura son vegetarianos y viajan por el mundo dictando conferencias, luchando siempre por separar la vida pública de la vida privada—, esta reflexión:

Dar los detalles y permitir que el significado aflore por sí mismo: un procedimiento acuñado por Daniel Defoe. Robinson Crusoe, varado en una playa, busca a sus compañeros de tripulación. Pero no hay nadie. “Desde entonces nunca vi ni supe nada más de ellos, ni vi el menor signo —dice—, excepto tres de sus sombreros, una gorra y dos zapatos que no formaban pareja.” Dos zapatos desparejados […] cesan de ser calzado y se vuelven evidencias de muerte, arrancadas por el mar furioso de los pies de los ahogados y lanzadas a la costa. No hay palabras grandilocuentes, no hay desesperación: sólo sombreros y gorras y zapatos.

En “Él y su hombre”, por otra parte, el sudafricano imagina a un Crusoe que deambula por los muelles de Bristol evocando su experiencia como náufrago material y espiritual:

De repente, en su isla, se encontró un día con la huella de un hombre en la arena. Era una huella, y por tanto una señal: la señal de un pie, de un hombre. Pero también de muchas otras cosas. “No estás solo”, decía la señal. Y también: “No importa hasta dónde navegues, no importa dónde te escondas, serás encontrado.”

Aunque en un primer instante así se antoja verlo, esa huella no la pudo estampar ninguno de los zapatos desparejados que Crusoe localiza al principio de su aventura. Acudiendo a la alegoría, un temblor que recorre su obra de punta a punta —”Como internarse en una alegoría”, piensa Elizabeth Costello en “Cuando una mujer envejece”, colofón de las ocho lecciones publicado por The New York Review of Books—, esa huella no es otra que la que Coetzee ha dejado en la vasta playa de la literatura moderna y que en su título más reciente, un híbrido hermoso que fusiona la narrativa y el ensayo, gana nitidez y profundidad.
     Y a todo esto, ¿quién es el espejo femenino en el que el sudafricano ha decidido reflejarse desde 1997, año en que la revista Salmagundi acogió una versión inicial de “Realismo”? Sabemos que Costello nació en Melbourne en 1928, doce años antes que su creador, y que es autora de dos tomos de poesía, un libro de corte ornitológico, un considerable corpus periodístico y nueve novelas, la más famosa de las cuales (La casa en Eccles Street) rescata a Marion, la mujer de Leopold Bloom. (La literatura dentro de la literatura: puesta en abismo que Coetzee practica con pericia. Lo demuestra “Carta de Elizabeth, lady Chandos”, epílogo que dialoga con la célebre misiva de 1902 que Hugo von Hofmannstahl atribuye a Philip, lord Chandos, hijo menor del conde de Bath, quien se disculpa ante su amigo Francis Bacon por “su renuncia total a la actividad literaria”. Von Hofmannstahl fecha su texto el 22 de agosto de 1603; Coetzee, el 11 de septiembre del mismo año, día simbólico como pocos: la “Carta de Elizabeth” apareció originalmente en 2002, en el centenario de la misiva de Von Hofmannstahl, meses después de los atentados terroristas en Nueva York y Washington.) Sabemos también que Costello vivió en Francia e Inglaterra entre 1951 y 1963; que tiene una hermana misionera en territorio zulú, Blanche, quien se hace llamar Sor Bridget y ayuda a niños infectados de sida (nos lo informa “Las humanidades en África”, quinta lección del volumen); que se ha casado dos veces y tiene dos hijos, uno de cada matrimonio: John, maestro de astronomía y física en un instituto de Massachusetts, y Helen o Hélène, encargada de una galería de arte en Niza que conocemos en “Cuando una mujer envejece”. Pero estos datos carecerían de relevancia si no supiéramos además que la autora australiana se asume como secretaria de lo invisible, magnífico concepto de Czeslaw Milosz, y que, así como Crusoe al cabo de salir de su isla, tiene la impresión —compartida por Coetzee— de que en el mundo se habla demasiado. Que la obsesiona el lado oscuro de la historia, o lo que es igual, la enfermedad y la frivolidad de Clío, obsesión que su creador ha logrado traducir al idioma novelístico. Que admira a pie juntillas a Franz Kafka, ese gran héroe que “permanece despierto durante los lapsos en que nosotros dormimos” y que ella usa de ejemplo en varias lecciones: “Realismo”, “La vida de los animales I. Los filósofos y los animales” y “En la puerta”, fábula kafkiana donde las haya. Que su posición frente a la escritura se sintetiza del siguiente modo: “El desafío es la otredad. Crear a alguien distinto a uno mismo. Crear un universo donde pueda moverse a sus anchas.” Y que, para acabar, admite que “ha vivido de la ambivalencia. ¿Dónde estaría el arte de la ficción si no existiera el doble sentido? ¿Qué sería la vida misma si sólo hubiera águila o sol y nada en medio?”
     Ese justo medio es la zona que Coetzee ha elegido, sí, para moverse a sus anchas. Una zona en la que la mezcla de materialidad y espiritualidad —la pugna entre vida exterior y vida interior— experimentada por Crusoe en su exilio insular adquiere nuevos visos merced a Elizabeth Costello, quien luego de meditar sobre el mal o la tensión erótica entre humanos y dioses se nos ofrecerá roncando en un avión rumbo a Los Ángeles (“Realismo”), o evocando el affaire con un poeta nigeriano durante un viaje a Kuala Lumpur (“La novela en África”), o llorando desconsolada en el auto de su hijo John (“Los filósofos y los animales”), o recordando la ocasión en que modeló con los pechos desnudos para un acuarelista recién sometido a una laringectomía (“Las humanidades en África”), o conversando con su hija Helen sobre un insecto acuático (“Cuando una mujer envejece”):

—El andarríos o mosca de patas largas […] cree que sólo busca comida cuando de hecho sus movimientos trazan en la superficie del estanque, una y otra vez, la más bella de las palabras, el nombre de Dios. Los movimientos de la pluma sobre el papel trazan el nombre de Dios, algo que tú, desde la distancia, puedes apreciar. Yo no puedo verlo.
     —Sí, como quieras [responde Helen]. Pero más que eso. Tú enseñas a la gente cómo sentir. A fuerza de gracia. La gracia de la pluma que sigue las evoluciones del pensamiento.

La gracia, añadamos, con que cada libro de J.M. Coetzee imprime una huella indeleble, no en la superficie, sino en el alma del lector. Y Elizabeth Costello no es la excepción. ~

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