John Womack y el excepcionalismo revolucionario

Cuadernos para la historia de América Latina, 1750-2008 / Cuadernos para la historia de Cuba

John Womack, Jr.

ITAM / Fundación Ortega-Marañón

Ciudad de México, 2024 / 2025, 724 pp. / 312 pp.

AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

En el “Cuaderno 19” de las conferencias universitarias de John Womack, editadas por el ITAM y la Fundación Ortega-Marañón en 2024, se introduce el periodo de 1880 a 1914 en la historia de América Latina. Como Tulio Halperin Donghi, Womack no duda de que hay una trama histórica común en la región y que, en aquellas últimas décadas del siglo XIX, que fueron las de las repúblicas oligárquicas o específicamente de las dictaduras de orden y progreso, dicha trama está ligada a un contexto internacional marcado por la expansión imperialista.

El reparto de África, la Conferencia de Berlín y las guerras franco-prusiana, sino-japonesa, hispano-cubana-norteamericana y ruso-japonesa fueron pruebas de fuego de aquella carrera imperial. Para 1914, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, que tanto John A. Hobson como Vladímir I. Lenin entendieron como conflagración típicamente imperialista, Gran Bretaña, Alemania, Estados Unidos, Francia y los Países Bajos controlaban más del 60% del comercio mundial.

En aquellas décadas, las repúblicas de orden y progreso de América Latina, entre las que el porfiriato circulaba como una especie de modelo regional, se abrieron a aquella expansión imperialista por medio de la inversión extranjera. En los cuadernos siguientes, Womack observa cómo aquella modernización capitalista alteró las relaciones sociales, la composición de clases de cada sociedad, las estructuras formales e informales del poder político, la cultura y las mentalidades y la separación entre el mundo rural y el urbano.

Al llegar al “Cuaderno 24”, las conferencias de Womack dan un giro sorprendente. Luego de describir ese orden republicano y oligárquico, asegura que hubo dos excepciones entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Dos excepciones o dos “desviaciones”, dice el historiador, que fueron México y Cuba. En estos dos países se produjeron revoluciones populares, en las que “elementos del pueblo en cantidades impresionantes actuaron por la fuerza, por y para sí mismos, en movimientos tan masivos y tan asertivos que sus intereses colectivos y definiciones de las cosas públicas se volvieron nacionales”.

No dice Womack que solo en México y en Cuba se produjeran revoluciones o movimientos revolucionarios en la América Latina de aquellas décadas. A tono con estudios sobre la tradición revolucionaria latinoamericana del siglo XX, como los de E. P. Thompson o Josep Fontana, Womack encuentra acercamientos a situaciones revolucionarias en el Chile de José Manuel Balmaceda, en la Unión Cívica Radical en Argentina o en el Partido Colorado de José Batlle y Ordóñez en Uruguay. De hecho, líderes como Balmaceda, Batlle, Yrigoyen o el colombiano Carlos Eugenio Restrepo, como hemos anotado en otro lugar, tuvieron más de un rasgo en común con Francisco I. Madero y José Martí.

Lo cierto es que, más allá de esos movimientos minoritarios, solo en México y en Cuba se produjeron procesos de cambios social y político profundos, de gran arraigo popular. En el caso de México, Womack se refiere por supuesto a la Revolución mexicana, a la que dedicó su legendario estudio sobre Emiliano Zapata y la revuelta campesina de Morelos. Pero en este cuaderno, también se detiene en el “apoyo impresionante que logró el grupo reyista” entre 1908 y 1910, en la gran movilización nacional maderista y en las insurrecciones de Pascual Orozco y Pancho Villa en el norte.

La otra gran revolución popular, a la que se refiere el historiador, no es la de Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba a partir de 1959, sino la de José Martí y Antonio Maceo en 1895. Aquel proyecto separatista, dice Womack, siguiendo la mejor historiografía cubana del siglo XX, fue muy diferente al de los plantadores de 1868, encabezados por Carlos Manuel de Céspedes. La del 95 fue una “lucha por la independencia pura y completamente nacional: ninguna otra nación, España, Estados Unidos o cualquier otra, tenía derecho a inmiscuirse en los asuntos del pueblo cubano: todos los nativos, cualquiera que fuera el color de su piel, eran miembros iguales de la nación y serían iguales en ciudadanía en el nuevo Estado cubano”.

En otros Cuadernos de Womack, también editados por el ITAM y la Fundación Ortega-Marañón, dedicados a la historia de Cuba, se desarrolla el singular y frustrante desenlace de aquella revolución de 1895, con la intervención de Estados Unidos en la isla en 1898. Sin embargo, el historiador advierte que el legado de la Revolución cubana de 1895 estuvo muy presente en la cultura política de la isla durante toda la primera mitad del siglo XX, especialmente a través de las corrientes soberanistas, contrarias a la dictadura de Gerardo Machado, en la Constitución de 1940, en los partidos auténticos y ortodoxos y los movimientos antibatistianos de los años cincuenta.

En la segunda parte de sus Cuadernos latinoamericanos, Womack desarrolló la tesis, explorada también por colegas como Pablo Yankelevich y Cecilia Zuleta, de que la Revolución mexicana se volvió un referente constitucional y político central para América Latina en la primera mitad del siglo XX. En las revoluciones centroamericanas de los años veinte y treinta, en los populismos clásicos varguista y peronista en los años cuarenta y cincuenta y en las revoluciones boliviana, guatemalteca y cubana, entre 1952 y 1959, es posible advertir aquella poderosa influencia.

Menos relevancia concede Womack, en estos Cuadernos, aunque sí, desde luego, en los cubanos, a la Revolución socialista de la isla en los años sesenta. Su visión de aquellas décadas en la historia de América Latina, en cambio, parece moldeada por una idea de la Guerra Fría en la región, que tiene la peculiaridad de conceder una gran importancia a la Iglesia católica. La nueva historiografía sobre la Guerra Fría latinoamericana (Greg Grandin, Tanya Harmer, Vanni Pettinà, Renata Keller, Patrick Iber…) entiende el fenómeno más a partir del eje de tensión Washington-Moscú o Norte-Sur, es decir, entre el primero, el segundo y el tercer mundos. Womack, por su parte, insiste en que no se entiende la Guerra Fría latinoamericana sin las cruzadas del anticomunismo cristiano, el Concilio Vaticano II y la Teología de la Liberación.

La Santa Sede, entre Pío XII y Juan Pablo II, sostiene Womack, fue un actor tan decisivo de la Guerra Fría latinoamericana como Estados Unidos y la Unión Soviética, Cuba, México, las guerrillas marxistas o las dictaduras militares. Esta última observación, que vuelve a conectar la obra de Womack con la de otros grandes historiadores de la Revolución mexicana, como Luis González y González, Jean Meyer o François-Xavier Guerra, nos persuade, por si hiciera falta otra prueba, además de la inagotable sugestión que todavía produce el clásico Zapata y la Revolución mexicana (1969), de la pertinencia de estos Cuadernos para el debate historiográfico contemporáneo sobre América Latina y el Caribe. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: